Él tenía el poder. Ella solo quería hacer bien su trabajo.
Maximiliano Blackwood, el poderoso CEO de una de las empresas más importantes de Medellín, jamás imaginó que su nueva asistente personal se convertiría en la única mujer capaz de desestabilizarlo.
Valentina no llegó a su vida buscando amor, mucho menos a su jefe. Pero entre miradas, deseo, celos y una química imposible de ignorar, las reglas comienzan a romperse.
Porque cuando un hombre acostumbrado a tenerlo todo descubre que puede perder el control por una mujer…
ella deja de ser su asistente para convertirse en su mayor debilidad.
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CAPÍTULO 21: YA NO HAY NADA QUE ESCONDER
La mañana siguiente comenzó diferente.
Valentina apenas había entrado al edificio de Grupo Blackwood cuando notó que algunas personas la miraban.
No era una mirada cualquiera.
Era curiosidad.
Dos empleados dejaron de hablar cuando ella pasó cerca.
Una mujer de recepción le sonrió de una manera extraña.
Valentina frunció el ceño.
—¿Qué está pasando?
Laura apareció a su lado.
—¿No has visto el teléfono?
—No.
Laura le mostró la pantalla.
Había una fotografía.
Maximiliano y Valentina saliendo juntos de la empresa.
Él sostenía su mano.
Ella sonreía.
La imagen era clara.
Demasiado clara.
Debajo había un titular de una página de noticias empresariales:
“¿Nuevo romance en Grupo Blackwood? El CEO fue visto de la mano con una de sus ejecutivas.”
Valentina sintió que el estómago se le apretaba.
—No puede ser.
Laura guardó el teléfono.
—Lo siento.
—No es culpa tuya.
Valentina respiró profundamente.
—¿Maximiliano ya lo sabe?
—Imagino que sí.
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En el último piso, Maximiliano estaba frente a la ventana cuando Santiago entró.
—Ya lo viste.
—Sí.
—¿Y?
Maximiliano giró lentamente.
—No pienso esconderme.
Santiago lo miró sorprendido.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
—Entonces prepárate.
—¿Para qué?
—Para las preguntas. Los comentarios. La prensa. Los accionistas.
Maximiliano permaneció tranquilo.
—Puedo manejarlo.
—¿Y Valentina?
Esa pregunta sí lo hizo detenerse.
—Ella no tiene por qué pagar el precio de mi apellido.
Santiago asintió.
—Entonces asegúrate de protegerla sin decidir por ella.
Maximiliano sonrió.
—Mi madre dijo exactamente lo mismo.
—Tu madre es bastante sabia.
—Demasiado.
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Valentina recibió un mensaje.
Maximiliano: Ven a mi oficina cuando puedas.
Ella respiró profundamente y subió.
Al entrar, encontró a Maximiliano esperándola.
—¿Estás bien?
—No lo sé.
Él se acercó.
—¿Te arrepientes?
—No.
—Entonces estamos bien.
Valentina lo miró.
—La gente va a hablar.
—Lo sé.
—Y van a decir que estoy contigo por tu dinero.
—También lo sé.
—Y que conseguí mi puesto por ti.
La expresión de Maximiliano se endureció.
—Eso no lo voy a permitir.
Valentina negó suavemente.
—No puedes controlar lo que todos piensan.
—No.
Se acercó a ella.
—Pero puedo asegurarme de que nadie tenga motivos para cuestionar tu trabajo.
Valentina bajó la mirada.
—Tengo miedo de perder lo que he construido.
Maximiliano tomó sus manos.
—No lo vas a perder.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Porque no pienso dejar que mi apellido borre todo lo que tú has conseguido.
Ella levantó los ojos.
—¿Y qué hacemos?
Maximiliano respiró.
—Lo hablamos juntos.
Valentina asintió.
—Juntos.
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A media mañana, el director de comunicaciones pidió hablar con Maximiliano.
—Tenemos que preparar una respuesta.
—No quiero una campaña de prensa.
—No estamos hablando de una campaña. Solo de una posición oficial.
Maximiliano se quedó pensativo.
—No voy a negar la relación.
—¿Quiere confirmarla?
—Sí.
El director lo miró sorprendido.
—¿Está seguro?
—Completamente.
—Entonces necesitamos preparar una declaración.
Maximiliano asintió.
—Pero quiero que quede claro algo.
—¿Qué?
—Valentina no será presentada como “la novia del CEO”.
El hombre tomó nota.
—¿Entonces?
—Es una profesional. Tiene un cargo propio. Tiene méritos propios. Quiero que eso quede claro.
---
Al mediodía, la empresa publicó una breve declaración.
No había fotografías románticas.
No había detalles personales.
Solo una frase:
“Grupo Blackwood respeta la vida privada de sus colaboradores y confirma que la relación personal entre Maximiliano Blackwood y Valentina se desarrolla de manera independiente a sus funciones profesionales, bajo una estructura laboral previamente reorganizada.”
Valentina leyó el comunicado.
Sonrió.
Maximiliano había pensado en todo.
Pero entonces recibió otro mensaje.
Maximiliano: ¿Podemos almorzar?
Ella respondió:
Valentina: Solo si prometes no inventar otra reunión.
Maximiliano: Prometido.
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Se encontraron en un restaurante tranquilo de El Poblado.
Al sentarse, Valentina lo miró.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por no esconderme.
Maximiliano tomó su mano.
—No quiero esconderte.
—Pero tampoco quiero que toda mi vida cambie.
—No tiene que cambiar.
—Ya cambió.
—¿Para bien?
Valentina sonrió.
—Muchísimo.
Él sonrió.
—Entonces me quedo tranquilo.
Durante el almuerzo hablaron de cosas sencillas.
Películas.
Viajes.
La posibilidad de pasar un fin de semana fuera de Medellín.
Valentina quería conocer el mar.
Maximiliano propuso Cartagena.
—¿No tienes miedo de que nos reconozcan?
—Probablemente.
—¿Y eso no te molesta?
—No.
—¿Por qué?
Él la miró.
—Porque quiero empezar a vivir contigo cosas que no tengan nada que ver con contratos, reuniones o juntas directivas.
Valentina sonrió.
—Eso me gusta.
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Al regresar a la empresa, Valentina recibió una llamada.
Era su madre.
—¿Ya viste las noticias?
Valentina cerró los ojos.
—Sí.
—¿Es verdad?
Ella sonrió.
—Sí.
Hubo un breve silencio.
—¿Estás feliz?
Valentina miró hacia el despacho de Maximiliano.
Él estaba al otro lado del cristal, hablando por teléfono.
Como si sintiera su mirada, levantó los ojos.
Sus miradas se encontraron.
Valentina sonrió.
—Sí, mamá.
—Entonces eso es lo único que me importa.
Al terminar la llamada, Valentina respiró profundamente.
Ya no tenía miedo.
---
Esa noche, Maximiliano la llevó hasta su apartamento.
Antes de que ella bajara del automóvil, él la tomó de la mano.
—¿Quieres subir?
Valentina lo miró.
—Sí.
Subieron juntos.
El apartamento estaba iluminado con las luces de Medellín entrando por los grandes ventanales.
Valentina caminó hasta el balcón.
—Nunca me voy a cansar de esta vista.
Maximiliano se colocó detrás de ella.
—Yo tampoco.
—¿Sabes qué es lo raro?
—¿Qué?
—Antes pensaba que eras un hombre que tenía absolutamente todo.
—¿Y ahora?
Valentina se giró hacia él.
—Ahora sé que no.
—¿Qué me falta?
Ella sonrió.
—Tiempo.
—¿Tiempo?
—Sí. Tiempo para vivir.
Maximiliano la miró durante unos segundos.
—Entonces ayúdame.
—¿A qué?
—A aprender.
Valentina acarició su rostro.
—Lo haré.
Él la besó.
Un beso lento, lleno de ternura.
Después se quedaron abrazados frente a la ciudad.
No necesitaban decir nada.
Pero en algún lugar de Medellín, una noticia comenzaba a circular.
Una importante empresa había confirmado una relación entre uno de sus principales ejecutivos y una mujer que acababa de asumir un nuevo cargo.
Y no todos estaban felices con aquello.
Al día siguiente, Maximiliano recibiría una llamada de uno de los principales accionistas de Grupo Blackwood.
Y esta vez, el problema no sería la prensa.
Sería el futuro de la empresa.