Mariana De Santis es la única heredera de una familia adinerada, acostumbrada a tener todo lo que desea al instante. Con diecisiete años, está convencida de que puede valerse por sí misma, pero sus padres la ven aún como una niña indefensa.
Cuando deben viajar a Estados Unidos por negocios, ella sueña con quedarse sola y disfrutar de libertad… hasta que le anuncian que quien la cuidará será Valentino Vivaldi, hijo de sus mejores amigos y socios. Mariana se enfurece y decide hacerle la vida imposible desde el primer día: se escapa, cambia horarios, inventa excusas y lo desafía en todo.
Sin embargo, entre discusiones y encuentros inesperados, la hostilidad se transforma lentamente en un amor profundo y recíproco.
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Capitulo 14
El teléfono de Mariana vibró varias veces seguidas mientras desayunaba. Sonrió al ver el nombre de Lucía en la pantalla y se apartó un poco para contestar en voz baja. Pero conforme escuchaba, su sonrisa se transformó en emoción pura.
—¿En serio? ¿Vamos todos juntos? —exclamó, sin poder contenerse—. ¡Qué increíble! Claro que sí quiero ir.
Colgó unos minutos después, con el corazón latiéndole rápido. Era una fiesta en una casa de campo, a unas dos horas de la ciudad, organizada por el hermano mayor de una de sus mejores amigas. Iban a pasar toda la noche allá, con música, hogueras y gente que conocía. Sonaba perfecto. Casi demasiado perfecto.
Y entonces la realidad le cayó encima. Valentino. Sabía exactamente qué iba a pasar: le preguntaría dónde, con quién, a qué hora volverían… y cuando supiera que era fuera de la ciudad y que no regresarían hasta la madrugada, diría que no. Sin dudarlo.
Se quedó mirando su plato, inquieta. No quería pelear con él. No quería volver a los días de gritos y silencios. Pero tampoco quería perderse esa fiesta. Se mordió el labio inferior, pensando. Y entonces una idea cruzó su mente. Una mentira pequeña, sin consecuencias, se dijo a sí misma. Nadie saldría herido. Solo diría que se quedaría a dormir en casa de Lucía, como otras veces. Nada más.
Respiró hondo, se acercó a donde él estaba recogiendo la mesa e intentó sonar lo más natural posible.
—Oye, Valentino… Lucía me llamó. Su abuela le regaló unas entradas para un concierto mañana por la tarde y me invitó a ir con ella. Como empieza temprano y termina tarde… me dijo que podría quedarme a dormir en su casa para no volver tan tarde.
Valentino se detuvo, mirándola con calma.
—¿Un concierto? ¿Y tus padres lo saben? —preguntó con suavidad, sin sospechar todavía.
—Sí, ya les mandé un mensaje —se apresuró a decir ella, sintiendo cómo se le aceleraba el pulso—. Me dijeron que no había problema si tú estabas de acuerdo también.
Él la miró un instante más de lo que le resultaba cómodo.
—¿Y solo van ustedes dos? ¿A qué hora regresan al día siguiente?
—Sí, solo nosotras dos —dijo ella, mirando hacia la ventana para no encontrarse con sus ojos—. Y volveremos al mediodía. Lucía te mandará un mensaje si quieres, para que estés tranquilo.
Valentino asintió lentamente, pero no sonrió.
—Te creo, Mariana. Solo te pido algo: mantén el teléfono encendido. Avísame cuando llegues y cuando salgas. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —respondió ella rápidamente, sintiendo alivio pero también una punzada de culpa—. Gracias, Valentino. No te preocupes, todo saldrá bien.
—No es que no confíe en ti —dijo él con sinceridad—. Es que me preocupo. Siempre.
Mariana asintió y salió de la cocina lo antes posible. Al llegar a su habitación, cerró la puerta y se dejó caer contra ella. Se sentía mal. Muy mal. Es solo esta vez, se dijo a sí misma. No es gran cosa. Volveré antes de que note nada. Pero por más que intentó calmarse, esa sensación de culpa no se iba. Sabía que le había roto la confianza que él poco a poco le estaba dando. Y eso le dolía más de lo que quería admitir.
Mariana se detuvo antes de entrar a su cuarto y volvió sobre sus pasos, indecisa.
—Valentino… —lo llamó en voz baja—. ¿De verdad estás de acuerdo? No quiero que pienses que me aprovecho.
Él levantó la vista y le sonrió con suavidad:
—Te creo, Mariana. Si dices que estarás bien, entonces confío en ti. Solo cuídate mucho, ¿de acuerdo?
Ella sintió un nudo en la garganta. Quería confesarle la verdad ahí mismo, pero las palabras se quedaron atrapadas.
—Gracias —murmuró, bajando la mirada—. Te… te mandaré mensajes. Lo prometo.
—No hace falta que me mandes muchos —dijo él con ternura—. Solo uno al llegar y otro al volver. Con eso me basta.
—Sí… solo eso —susurró ella, sintiéndose cada vez peor por dentro.
Cerró la puerta y se dejó caer contra ella, pensando: No debí hacerlo. No debí mentirle. Pero ya es tarde.