Su matrimonio era falso. La traición, no.
Durante dos años, Camila Rivas lo dio todo por Daniel: sostuvo su empresa, soportó los desprecios de su familia y crió al niño que habían «adoptado» porque, según él, ella no podía tener hijos.
Hasta que descubre que su acta de matrimonio es falsa.
Daniel lleva cinco años casado con otra mujer. Y el niño que Camila ha cuidado como suyo es hijo de los dos.
Nunca fue su esposa. Fue la coartada perfecta para esconder a su verdadera familia.
Ese mismo día, una llamada lo cambia todo: Camila acaba de heredar más de cien mil millones de pesos.
—Soltera. Sin hijos. La herencia es solo mía.
Daniel está convencido de que volverá. Una mujer sola, sin dinero ni familia, no puede vivir sin él.
Pero mientras espera que regrese a suplicarle, el país entero descubre a la prometida de Gabriel Alcázar, uno de los hombres más poderosos de México.
Es Camila.
Dueña de una fortuna. Con la cabeza en alto. Junto a un hombre que no está dispuesto a dejarla en segundo lugar.
Lo suyo debía ser una alianza por conveniencia. Pero cada promesa cumplida, cada roce y cada mirada hacen más difícil mantener el corazón al margen.
Y cuando Daniel comprende lo que perdió, ya hay otro hombre sosteniendo la mano que él soltó.
Esta vez, quien va a suplicar no será ella.
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Capítulo 9
Capítulo 9. ¿Qué harían sin Camila?
—¡Con todo lo que hemos hecho por ella, ahora resulta que puede tratarnos como quiera! —se lamentó Victoria—. ¿Quién se cree que es? Si no hubieras insistido en casarte con ella, jamás la habríamos aceptado.
Como su hijo no reaccionaba, se volvió y rompió a llorar, apretándose una mano contra el pecho.
Daniel terminó cediendo. Prometió hablar seriamente con Camila y llevarla para que se disculpara con Paula.
En cuanto salió, la llamó.
Ella tardó en contestar.
—¿Ya llegaste a casa? —preguntó él, molesto.
—No. Sigo con un cliente. ¿Qué pasó?
Camila estaba cenando con Mauricio en un salón privado de su restaurante giratorio. Desde allí podían contemplar toda la ciudad. A su lado, una empleada terminaba de cortar un filete de excelente calidad.
No se apartó para hablar. Mauricio hizo una seña y el personal se retiró en silencio.
—Mi madre y Paula te llamaron hoy. ¿Por qué no fuiste?
Camila sonrió apenas.
—Porque estaba ocupada.
—Cami, mi madre se toma todo como un ataque personal. Tenle un poco de paciencia. Y Paula acaba de dar a luz. Está sensible. No tienes que tomarte todo tan a pecho.
La voz seguía siendo suave. El reproche, no.
Daniel no creía todas las acusaciones de su familia, pero el conflicto había crecido demasiado. Su hermana hablaba de divorciarse. Si su padre se enteraba, acabaría culpándolo a él.
Además, la empresa estaba llena de problemas. No tenía paciencia para otro más.
Ni siquiera le preguntó a Camila qué había pasado.
—Dime dónde estás. Voy por ti cuando termines y hablamos con ellas. Lo mejor es aclararlo y dejar todo en paz.
Estaba convencido de que así la ayudaba. Si su madre y su hermana seguían enfadadas, iban a buscar la manera de hacérselo pagar.
A ella casi se le escapó una carcajada.
Pensó un momento y le envió una dirección muy lejos de donde estaba.
Después colgó, dejó los cubiertos y se limpió los labios. Ya había terminado de cenar.
—¿Tienes algún problema? —preguntó Mauricio—. Puedo ayudarte.
Hizo girar el vino en la copa, con un gesto desdeñoso hacia quien hubiera molestado a su sobrina.
No acostumbraba investigar los asuntos privados de los demás. Pero, por experiencia, sospechaba que detrás de aquella llamada había un conflicto sentimental.
—Gracias, tío. Es algo pequeño. Puedo resolverlo.
Camila agradeció la cena y se levantó.
Mauricio la acompañó al garaje y le recordó el compromiso de la noche siguiente.
Acababa de heredar una parte importante del grupo y debía presentarse ante los accionistas. La familia organizaba una pequeña cena de negocios. Era una buena oportunidad.
Ella confirmó que iría.
—Por cierto —añadió él—, ¿has vuelto a hablar con Gabriel?
—Ya intercambiamos números y estamos en contacto.
Si su tío no lo mencionaba, casi se le habría olvidado.
Después de la cena había buscado el perfil de Gabriel. No encontró una sola publicación. Por un momento se preguntó si le habría ocultado todo.
Pensó en saludarlo, pero no quiso interrumpirlo y dejó la conversación vacía.
Si él terminaba de organizar el compromiso, seguramente le avisaría.
—Tú también puedes dar el primer paso —comentó Mauricio—. Sé que puede intimidar un poco. Está acostumbrado a que los demás lo busquen.
Camila veía la alianza como un asunto práctico. Su tío, en cambio, esperaba que llegara a nacer algo entre ellos.
Ella asintió sin prometer nada.
***
Daniel tardó dos horas en llegar a la dirección que Camila le había enviado.
Ya era de noche, pero las calles de la zona comercial seguían llenas de gente.
Ella solo había indicado el sector, no un negocio concreto. Daniel estacionó en un garaje cercano y le mandó un mensaje.
No obtuvo respuesta.
Supuso que la reunión seguía en curso y se recostó en el asiento a esperar.
Había pasado el día acompañando a Beatriz y resolviendo problemas de la empresa por teléfono. Ahora también tenía que arreglar el conflicto familiar. Estaba agotado.
Pensó que Camila debía de sentirse igual. Había ido hasta allí para conseguir clientes y ayudarlo.
Si por cansancio se había mostrado impaciente con su madre y su hermana, quizá debía comprenderla.
Se dio cuenta de que le había hablado con demasiada dureza.
Cuando la viera, intentaría calmarla primero.
No supo cuánto tiempo pasó antes de que lo despertara el celular.
Contestó enseguida, creyendo que era Camila.
—Daniel, ¿por qué no has vuelto? ¿Pasó algo?
Era Beatriz.
Él se incorporó y se frotó el entrecejo. Se había quedado dormido.
—No. Estoy resolviendo unas cosas del trabajo.
No quería contarle que había ido a buscar a Camila ni meterla en los problemas con su madre. Prefería ahorrarle la preocupación.
—¿A las dos de la mañana?
Daniel miró la hora.
Había llegado a las ocho. ¿Cómo podían haber pasado seis horas?
Respondió cualquier cosa y colgó.
Camila no había contestado sus mensajes. Cuando intentó llamarla, el teléfono estaba apagado.
La preocupación se convirtió en rabia.
Volvió a casa a toda prisa.
Beatriz seguía despierta. La puerta de la habitación de Camila estaba cerrada y no se veía luz por debajo.
¿Lo había dejado esperando casi toda la noche?
Daniel se aflojó la corbata y fue directamente hacia el cuarto de Camila. Estaba por abrir cuando Beatriz lo sujetó de la muñeca.
—¿Qué haces? Esa es su habitación.
Camila y él siempre habían dormido separados. ¿Ahora iba a entrar en su cuarto a esas horas, delante de ella?
La mirada de Beatriz lo hizo detenerse.
Era cierto. Camila debía de estar dormida. Si tenía que discutir con ella, podía esperar hasta la mañana.
Respiró hondo y siguió a Beatriz a su dormitorio.
Una vez dentro, acabó contándole todo.
Ella había temido que Daniel fuera a buscar a Camila por otros motivos. Escucharlo la tranquilizó un poco.
—Nunca me había hecho algo así —murmuró él.
Le costaba aceptar lo frustrado que se sentía.
Jamás había pensado que una mujer pudiera alterarlo de esa manera. Incluso cuando perseguía a Beatriz, siempre se había sentido seguro de conquistarla.
—¿Ya ves? La has consentido demasiado —dijo ella, acercándole un vaso de agua—. Se acostumbró a que le dieras todo. Ahora cree que puede tratar a tu familia como se le antoje.
Se sentó a su lado y empezó a masajearle los hombros.
Daniel le acarició una mano, pensativo.
—Camila no es así.
A pesar de lo ocurrido, no lograba verla como una mala persona.
Tal vez solo estaba celosa. Desde que Beatriz se había instalado en la casa, le dedicaba menos atención. Y aquella noche le había hablado con impaciencia por culpa del problema con Paula.
Beatriz sintió una punzada al oírlo defenderla otra vez.
—¿Te estás enamorando de ella?
—¿Por qué vuelves con eso?
Daniel la atrajo hacia él.
—Si quisiera a Camila, no me habría casado contigo ni tendríamos un hijo. Pero necesito que siga tranquila. Ahora no podemos permitirnos más problemas.
Beatriz no insistió.
Sabía que Daniel estaba bajo mucha presión. Incluso si estaba empezando a sentir algo por Camila, ella tenía que conservar la calma.
***
Daniel se levantó al amanecer. Casi no había dormido.
Iba a buscar a Camila cuando sonó su teléfono.
Era ella.
—¿Anoche no volviste? —preguntó, con la voz tensa.
—Tomé de más con el cliente y me quedé en un hotel.
No sonaba arrepentida. Parecía recién despierta.
—¿Esperaste mucho?
Daniel se quedó sin palabras un instante. Había pasado la noche preocupado y ella hablaba como si nada.
—¿Me dejaste plantado por eso?
—Además, voy a pedir unos días de descanso.
—¿Descanso? ¿Ahora? Acabamos de perder varios proyectos. Tenemos que recuperar esas pérdidas. No puedes...
—Estoy agotada y no me siento bien. ¿O la empresa no puede funcionar sin mí?
Camila lo interrumpió con una frialdad apenas disimulada.
—Ayer estaba negociando una compensación con un cliente. No tenía tiempo ni de respirar. Tu madre no dejaba de llamarme para que fuera a cocinarle a Paula.
Hizo una pausa.
—Dime algo, Daniel. ¿Te parece razonable abandonar una negociación de varios millones porque tu hermana quiere que le prepare el almuerzo?
Él no encontró una respuesta.
Sabía lo importante que era aquel cliente. También sabía cuánto se esforzaba Camila por sacar adelante los proyectos.
—Entiendo que no quieras pelearte con tu familia —continuó ella—. Pero no pueden seguir estorbando. No soy la cocinera de los Ferrer. Tu madre me llamó desobediente. Paula dijo que me creía importante por mi puesto. ¿Eso te lo contaron?
Daniel frunció el ceño.
—Estoy intentando sostener la empresa y ellas no dejan de interrumpirme.
Camila cambió de tono, como si acabara de encontrar una solución.
—Podemos hacer algo. Dile a tu madre que voy a renunciar. Así me quedo en casa preparando las comidas de Paula. Total, no sirve de mucho que yo sola intente salvar los negocios.
—¿Estás loca? ¿Renunciar ahora? ¿Qué va a pasar con la empresa?
—Eso te pregunto yo. O tu madre y tu hermana se disculpan y prometen no volver a interrumpirme mientras trabajo, o me quedo de criada en tu casa. Pero de la empresa no vuelvo a ocuparme.
Dejó que él escuchara cada palabra.
—Decide, Daniel. ¿Quieres que negocie con los clientes o que le cocine a tu hermana?
El silencio fue absoluto.
Daniel conocía demasiado bien el peso del trabajo de Camila. Sin ella, no tenía a nadie capaz de arreglar todos los problemas que se acumulaban.
—Cami, mi madre y Paula...
—No necesito excusas. Necesito que entiendan que estoy aquí para trabajar, no para ser su criada. Si no puedes garantizarme eso, no tengo por qué seguir.
Por primera vez, Daniel comprendió que unas cuantas palabras dulces ya no bastaban para hacerla ceder.