Mónica Morgan lo perdió todo cuando descubrió que el hombre que amaba siempre había preferido a su propia hermana. Con el corazón destrozado y después de perder al hijo que esperaba, decidió alejarse de aquella vida y comenzar de nuevo.
Nunca imaginó que encontraría una nueva oportunidad en los brazos de Cristopher Sinclair, un hombre poderoso, distante y completamente ajeno a los sentimientos. Él le propone un trato: fingir ser su pareja a cambio de setenta mil dólares. Para Mónica, solo sería un acuerdo; para Cristopher, una forma de demostrarle algo a su abuelo.
Pero fingir estar enamorados resulta más difícil de lo esperado. Las miradas comienzan a durar demasiado, la cercanía deja de sentirse incómoda y los celos aparecen donde no deberían existir.
Mónica sabe que aquello tiene una fecha de finalización. Cristopher insiste en que entre ellos no hay nada real.
Sin embargo, si todo comenzó como una mentira… ¿qué ocurrirá cuando alguno de los dos termine enamorándose de verdad?
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Capítulo 1
Mónica se sentó en su sillón favorito, aquel donde tantas veces había esperado a que su esposo cruzara la puerta. Sin embargo, esta vez todo era distinto. Sobre la mesa, los papeles de divorcio aguardaban, inquietándola más de lo que jamás habría imaginado. Un suspiro escapó de sus labios, reflejando el agotamiento que la embargaba. Sabía perfectamente dónde estaba él, pues ella misma había estado en ese mismo lugar.
Leandro se encontraba con el amor de su vida, su hermana Alejandra. Siempre le había dejado claro que si Mónica no estuviera, ese espacio lo ocuparía la persona que realmente le correspondía. Durante años, había sido solo una sombra, un reemplazo, y aunque en algún momento lo creyó, había llegado al límite. Estaba cansada de vivir una vida que no le pertenecía, que tampoco le había pertenecido a su bebé y, mucho menos, a ella.
La puerta se abrió, y por última vez para ella, vio entrar a Leandro. Su sola presencia imponía respeto y autoridad, pero su mirada era fría y cortante, casi asesina. Sin detenerse, pasó de largo con la intención de subir las escaleras hacia su habitación.
Antes de que desapareciera de su vista, Mónica reunió el poco valor que le quedaba y, con voz temblorosa, le llamó:
—Espera, Leandro. Quiero hablar contigo antes de que te vayas. Te prometo que no te quitaré mucho tiempo, seré breve.
Él detuvo su andar, pero ni siquiera se giró para verla.
—Mónica, ya tuve suficiente con lo que causaste ayer. Alejandra está hospitalizada y me necesita. En cambio, a ti te veo perfectamente bien —respondió con indiferencia.
Las lágrimas nublaron la vista de Mónica, pero no dejó que su voz temblara esta vez.
—¿Cómo puedes ser tan frío y cruel conmigo? Acabo de perder a nuestro hijo, Leandro… a tu hijo.
La respuesta de Leandro fue como un puñal directo al corazón:
—Me alegra que ese feto haya desaparecido. Después de todo, nunca lo consideré mi hijo, ya que fue mi madre quien me presión para tener un bebe contigo. El único niño que me importa es el que tendré con Alejandra. Ese bebé nunca habría tenido un padre de todas formas.
Las palabras de Leandro fueron la estocada final. Mónica sintió cómo su alma se rompía en mil pedazos. Su hijo se había ido sin recibir ni una pizca de amor de su propio padre. Peor aún, había sido rechazado incluso antes de nacer, solo porque ella era su madre y no Alejandra.
Las lágrimas cayeron libremente por su rostro, pero no de tristeza… sino de indignación.
—Eres un monstruo, Leandro. Un ser despreciable. Mi bebe no tenía culpa de nada, pero tú lo desechaste como si no valiera nada solo porque no fui Alejandra. Me enferma haber llegado a amarte alguna vez.
Con manos temblorosas, tomó los papeles de divorcio de la mesa, agarró un bolígrafo y, con pasos lentos pero firmes, se los extendió a Leandro.
—Estos son los papeles del divorcio —dijo, su voz reflejando el dolor de una mujer completamente destruida.
—¿Cuándo dejarás de decir estupideces? —espetó Leonardo con evidente fastidio.
Tomó los papeles de divorcio con brusquedad, sin siquiera mirarlos, convencido de que se trataba de una amenaza vacía por parte de Mónica. Sin pensarlo dos veces, firmó cada hoja con rapidez y, al terminar, los arrojó al suelo con indiferencia, harto de toda la situación.
Sin más, subió apresuradamente las escaleras hasta llegar a su habitación. Necesitaba darse una ducha y prepararse; Alejandra lo esperaba en el hospital, y no podía hacerla esperar demasiado.
Mónica se quedó en el mismo lugar, observando los papeles esparcidos en el suelo. Por un instante, pensó que quizá el poco afecto que alguna vez creyó que Leonardo le tenía lo haría detenerse, dudar… Pero no fue así.
Al verlo firmar sin titubeos, sin vacilación alguna, solo pudo esbozar una sonrisa amarga. Las lágrimas resbalaron silenciosas por su rostro mientras sus piernas temblaban, amenazando con ceder. Sin embargo, no se permitió caer.
Esa casa, que alguna vez soñó con llenar de amor y felicidad, ya no era su hogar.