Renata Solis tenía la vida que siempre soñó: un matrimonio estable de veinticinco años con Fernando Lavallée, un próspero ejecutivo, y dos hijos a los que adoraba. Ella era la esposa abnegada que cuidaba del hogar mientras su marido aseguraba el futuro familiar. Sin embargo, una llamada a la una de la madrugada destruye su mundo para siempre.
Tras correr al hospital, Renata no solo recibe la devastadora noticia de que Fernando ha muerto en un accidente de tránsito, sino que descubre que no iba solo: la mujer que viajaba a su lado en el copiloto tampoco sobrevivió. El día del entierro, la verdad sale a la luz de la forma más cruel cuando una compañera de trabajo le confiesa la pesadilla: Fernando llevaba más de tres años manteniéndole una doble vida a su amante, con quien además tenía una hija de año y medio.
Por si la traición no fuera suficiente, Renata descubre que su esposo hipotecó la casa familiar y entregó todo a su amante.
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Capítulo 22: Lo Que sienten
El beso se extendió bajo el cielo estrellado, profundo y pausado, fundiendo los miedos de Renata en la tibieza del abrazo de Ricardo. Cuando sus labios finalmente se separaron, ninguno de los dos se alejó del todo. Ricardo mantuvo sus manos rodeándole el rostro, apoyando su frente contra la de ella mientras ambos intentaban recuperar el aliento.
—No sabe cuánto tiempo llevo deseando esto, Renata —murmuró él con la voz enronquecida por la emoción, acariciándole el pómulo con el pulgar.
Renata abrió los ojos despacio, sintiendo el corazón desbocado. Una mezcla de dicha y vértigo la invadió por completo. La calidez de Ricardo la envolvía, pero el fantasma de su pasado y la realidad de sus mundos tan distintos volvieron a llamar a la puerta de su mente.
—Señor... esto... esto no debió pasar —susurró ella, dando un leve paso hacia atrás para romper el contacto, aunque sus manos aún temblaban—. Yo soy su asistente. Usted es mi jefe... Y además, todo esto es tan rápido.
Ricardo la miró con absoluta seriedad, pero sin perder la ternura en los ojos.
—No vuelva a decir que es solo mi asistente. Lo que siento por usted no tiene nada que ver con un contrato laboral, Renata. Sé que tiene miedo, sé todo lo que ha sufrido por las mentiras de un hombre que no la merecía... pero yo no soy Fernando. Jamás jugaría con sus sentimientos.
Las palabras de Ricardo cayeron como un bálsamo sobre las heridas de Renata. Sin embargo, abrumada por la intensidad del momento y temerosa de que las emociones la rebasaran, bajó la vista con timidez.
—Por favor... prefiero que nos retiremos —pidió en voz muy baja—. Ha sido una noche maravillosa, pero necesito digerir todo esto.
—Lo entiendo perfectamente —asintió Ricardo, tomándole la mano con suma delicadeza para besarle el dorso—. La llevo a su casa.
El viaje de regreso en el automóvil ejecutivo transcurrió en un silencio íntimo y cargado de complicidad. Ricardo no soltó la mano de Renata durante todo el trayecto; sus dedos entrelazados transmitían una firmeza que a ella le devolvía la paz. Cada tanto, él la miraba de reojo, dedicándole sonrisas breves pero profundas que hacían que a Renata le diera un vuelco el pecho.
Cuando el vehículo finalmente se detuvo frente al edificio de Renata, las luces del vecindario iluminaban tenuemente la entrada. El chofer se dispuso a bajar, pero Ricardo le hizo una ligera seña con la mano indicándole que se quedara en su lugar. Él mismo abrió la portezuela, bajó primero y le ofreció la mano a Renata para ayudarla a descender.
Caminaron juntos hasta el pequeño marco de la puerta principal del edificio, resguardados de la brisa nocturna.
—Gracias por acompañarme esta noche, Renata —dijo Ricardo, acortando la distancia entre ambos y mirándola con absoluta devoción—. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan vivo.
—Gracias a usted, Señor ... por todo —respondió ella, sintiendo cómo el rubor volvía a apoderarse de sus mejillas al usar su nombre de pila sin el formalismo habitual—. Por el vestido, por defender a mi familia y... por hacerme sentir especial otra vez.
Ricardo sonrió con calidez, se inclinó despacio y le plantó un suave beso en la mejilla, rozando con sus labios la comisura de la boca de Renata, lo que le provocó a ella un leve estremecimiento.
—Que descanse.El lunes pasará el chofer por usted para llevarla a la oficina.
—No es necesario, de verdad... Yo me voy como siempre.
—Considérelo un privilegio que me quiero tomar —la interrumpió él con una guiño pícaro antes de dar media vuelta hacia el auto.
Renata se quedó en el umbral de la puerta, tocándose la mejilla donde aún sentía el calor de sus labios. Contempló cómo el vehículo de Ricardo se alejaba en la penumbra de la noche, sabiendo en lo más profundo de su corazón que, a partir de este momento, sus vidas habían cambiado para siempre.
Renata en este momento camina entre nubes y es muy feliz.
Ricardo con fuegos artificiales hizo su propuesta de pedirle matrimonio a Renata y por supuesto fue un si rotundo.
Todo muy bien Ricardo pero ya tu familia y tu hija lo saben 🤔🤔🤔❓❓❓❓❓❓
Definitivamente no se que haría con Sergio porque es un rebelde sin causa que provoca sacarlo de la casa y dejarlo pasar carencias en la calle para que aprenda a ser más humilde, valorar a su madre y hermano que están haciendo lo imposible para que el pueda seguir estudiando mal agradecido.