Katherine estaba a punto de casarse con el hombre que amaba… hasta que lo encontró en la cama con su propia hermana.
Con el corazón destrozado y sedienta de venganza, decide devolverles el golpe de la manera más cruel: contratará a un hombre para fingir ser su novio.
Pero no elige a cualquiera.
Leonardo es peligroso, misterioso y demasiado atractivo. Un hombre con un pasado que nadie conoce y secretos que podrían destruirlo todo.
Lo que Katherine no sabe es que su falso novio también está jugando con ella.
Porque Leonardo no necesita su dinero.
No necesita su contrato.
Y definitivamente no necesita enamorarse de ella.
Entonces, ¿por qué está dispuesto a hacer cualquier cosa para protegerla?
La venganza era el plan.
El amor no estaba incluido.
Y descubrir quién es realmente Leonardo podría ser más peligroso que la traición que los unió.
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Capítulo 18
EL FUEGO Y EL ABISMO
El aire se detuvo en la habitación. El pequeño frasco en la mano de la mujer brillaba con un líquido oscuro, amenazante, y su sonrisa era la de alguien que ya no tiene nada que perder. Leonardo mantuvo a Katherine pegada a su espalda, un brazo rígido protegiéndola, los ojos fijos en aquel objeto.
—Suéltalo —dijo él, con voz baja y peligrosa—. No cometas una locura.
—¿Locura? —Ella soltó una risa aguda, que rebotó en las paredes desnudas—. Llevo años escuchando cómo me llaman loca, mala, mentirosa. ¿Crees que me importa lo que digas tú? Me arrebataron todo. Y ahora… si no puedo tenerlo yo, nadie lo tendrá.
—No te arrebataron nada —respondió Katherine, asomándose por el hombro de Leonardo, con la voz temblorosa pero firme—. Tú lo robaste. Y lo destruiste. Incluso a tu propia hija.
La expresión de la mujer cambió. Sus ojos se entrecerraron, oscurecidos por el rencor.
—¿Hablas tú de destruir? Tienes todo: amor, familia, un futuro… Ni siquiera sabes lo que es luchar por un lugar en el mundo. Leonardo te dio su corazón sin que tuvieras que pedirlo. A mí me lo negaron toda la vida.
—Eso no te da derecho a hacer daño —intervino Leonardo, dando un paso lento hacia adelante—. Mi padre te amó. Yo también lo hice, al principio. Tú elegiste el odio. No culpes a los demás por tus decisiones.
Ella apretó el frasco con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
—¡Cállate! No sabes nada. Y no me vengas con sermones. Tú… tú eres la causa de todo. Si hubieras aceptado estar conmigo, nada de esto habría pasado.
Katherine contuvo el aliento. La obsesión era clara, desnuda, hablando por sí misma. No era justicia. Era deseo posesivo, envenenado, que no conocía límites.
—Estás herida —dijo ella, suavemente—. Pero puedes detenerte ahora. Entrégate. Paga lo que debes. Y empieza de nuevo.
La mujer la miró, y por un instante, la furia se quebró, dejando ver un vacío inmenso. Luego, se recomponió, más fría que antes.
—Empezar de nuevo? No. Ya quemé mis puentes. Y los suyos también.
Levantó el brazo. Leonardo reaccionó en el mismo instante: se lanzó hacia adelante, apartando a Katherine de un empujón, y se abalanzó sobre ella. El choque fue brutal. El frasco se escapó de las manos y se hizo añicos contra el suelo de piedra. Un humo tenue y acre se elevó entre los trozos de cristal.
—¡Sal de aquí! —gritó Leonardo, sin soltarla—. ¡Corre!
—No sin ti —respondió ella, aferrándose a su brazo.
La mujer se debatía, desesperada, entre las manos de él.
—Lo has arruinado todo —escupió, con los ojos llenos de lágrimas de rabia—. Los dos son iguales. Me quitan lo que me pertenece.
—Nada te pertenece —dijo Leonardo, con firmeza—. Y el daño termina hoy.
La sujetó con fuerza, pero sin hacerle daño, mientras ella luchaba, gritaba, lo insultaba con palabras que no debían oírse. Katherine corrió hacia la puerta y llamó a las autoridades que habían quedado esperando a cierta distancia. Cuando entraron, la mujer se quedó inmóvil, mirando a Leonardo con una expresión que heló la sangre de todos: no era derrota, era promesa.
—Esto no ha terminado —susurró, mientras la escoltaban hacia afuera—. La semilla ya está sembrada. Y crecerá entre ustedes. Lo verán.
Se fue con la cabeza alta, y el silencio que dejó a su paso fue inquietante. Katherine miró a Leonardo. Él estaba de pie, inmóvil, con la mirada perdida en el suelo donde se había roto el frasco. Se acercó y le tomó la mano. Sus dedos estaban fríos, temblorosos.
—¿Estás bien? —le preguntó suavemente.
Leonardo asintió lentamente, aunque no la miró.
—Lo estoy. Pero ella… dejó algo dicho que me preocupa.
—¿Qué?
—Que la semilla ya está sembrada —repitió él, frunciendo el ceño—. No sé a qué se refería. Pero no me gusta.
Salieron de la casa juntos. El aire fresco de la montaña los recibió, limpiando el olor a polvo y miedo. Leonardo la abrazó con fuerza, escondiendo el rostro en su cuello, y por primera vez en mucho tiempo, soltó un suspiro que sonó a alivio profundo.
—Casi te pierdo —murmuró—. Si algo te hubiera pasado…
—Estoy aquí —le recordó ella, acariciando su espalda—. Estoy bien. Y tú también. Ya no hay que esconderse.
Lo besó despacio, con ternura, saboreando el momento, la certeza de que habían sobrevivido. Él respondió con la misma suavidad, agradecido, desbordante de amor.
—Eres mi valor —dijo, separándose apenas—. Sin ti no lo habría logrado.
Bajaron la montaña bajo un cielo que empezaba a despejarse. Pero la inquietud no abandonó a Leonardo. Las palabras de ella resonaban una y otra vez. La semilla ya está sembrada. ¿Qué significaba? ¿Algo que habían pasado por alto? ¿Alguien más que no habían descubierto?
Llegaron a la ciudad al atardecer. En la entrada de la casa, los esperaba un sobre, puesto con cuidado sobre la mesa. No tenía remite. Leonardo lo abrió con precaución. Solo había una nota, escrita con letra temblorosa, distinta a la de la mujer:
“No todo se ha ido. Hay algo que no saben. Algo que cambiará todo. Pregunten por el testamento verdadero de su padre. La verdad duele más que la mentira”.
Leonardo apretó el papel entre los dedos. Su expresión se oscureció.
—¿Quién envió esto? —preguntó Katherine, sintiendo cómo el nudo regresaba a su estómago.
—No lo sé —respondió él—. Pero quien lo hizo… tiene miedo. Y sabe algo que nosotros ignoramos.
Se miraron. Sabían que la batalla no había terminado. Habían capturado a la mente tras todo el mal, pero la verdad completa seguía oculta. Y cuando saliera a la luz, podría separarlos más profundamente que cualquier mentira.
—Lo averiguaremos —dijo Katherine, tomándole la mano—. Juntos.
Leonardo la miró, y en sus ojos brilló gratitud y determinación.
—Juntos —repitió—. Pase lo que pase.