Renata Solis tenía la vida que siempre soñó: un matrimonio estable de veinticinco años con Fernando Lavallée, un próspero ejecutivo, y dos hijos a los que adoraba. Ella era la esposa abnegada que cuidaba del hogar mientras su marido aseguraba el futuro familiar. Sin embargo, una llamada a la una de la madrugada destruye su mundo para siempre.
Tras correr al hospital, Renata no solo recibe la devastadora noticia de que Fernando ha muerto en un accidente de tránsito, sino que descubre que no iba solo: la mujer que viajaba a su lado en el copiloto tampoco sobrevivió. El día del entierro, la verdad sale a la luz de la forma más cruel cuando una compañera de trabajo le confiesa la pesadilla: Fernando llevaba más de tres años manteniéndole una doble vida a su amante, con quien además tenía una hija de año y medio.
Por si la traición no fuera suficiente, Renata descubre que su esposo hipotecó la casa familiar y entregó todo a su amante.
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Capítulo 20: Belleza Absoluta
El viernes llego, Ricardo le había dado el día libre a Renata.
El sol apenas amanecía cuando el timbre del departamento de Renata resonó en la entrada, rompiendo la calma de la mañana. Sorprendida por la hora y sin esperar a nadie, se envolvió en su bata de casa y caminó despacio hacia la puerta. Al abrir, se encontró con el chofer personal de Ricardo, un hombre impecablemente uniformado y de rostro sereno, que sostenía en los brazos varias bolsas de marcas exclusivas de alta costura, acompañadas por un joyero de terciopelo oscuro y una elegante caja para calzado.
—Buenos días, señorita Renata —saludó el chofer con una leve inclinación de cabeza—. El señor Ricardo me ha pedido que le entregue esto de inmediato.
Renata parpadeó, desconcertada, sosteniendo la manija de la puerta con fuerza.
—¿De qué se trata todo esto? Debe haber un error…
—No hay ningún error, señorita. Instrucciones directas del señor Ricardo. Que tenga un buen día.
Antes de que pudiera formular otra pregunta o rechazar los paquetes, el chofer dejó con sumo cuidado cada una de las bolsas sobre la mesa del recibidor, hizo un cordial gesto de despedida y se retiró por el pasillo.
Renata cerró la puerta despacio, mirando el cargamento como si se tratara de algo peligroso. Sosteniendo la respiración, se acercó a la mesa y desató los lazos de la bolsa principal. Al retirar los suaves papeles de seda, sus ojos se agrandaron. Frente a ella descansaba un vestido sencillamente espectacular, confeccionado en una tela fluida y fina que brillaba sutilmente bajo la luz de la mañana, de un corte sofisticado que combinaba la elegancia pura con un toque de sensualidad contenida. Al lado, la caja de zapatos albergaba un par de tacones a juego, de líneas delicadas pero firmes, y el joyero guardaba piezas exquisitas que destilaban lujo sin caer en la ostentación.
Justo encima del envoltorio, descansaba un sobre de papel grueso con el sello personal del hombre. Renata lo tomó con dedos temblorosos y extrajo la nota escrita con la firma y la caligrafía firme y tajante de Ricardo:
«Ni se le ocurra devolverlo, es una orden que los use esta noche.»
Renata dejó escapar un suspiro entrecortado, sintiendo cómo un escalofrío le recorría la espalda. Conocía lo suficiente a Ricardo como para saber que desafiar una orden directa solo provocaría una tormenta aún mayor. Aunque su orgullo le pedía rechazar el gesto y vestir algo propio, la realidad era implacable: no tenía nada en su armario que estuviera a la altura del evento de esa noche, y enfrentarse a la terquedad de su jefe era una batalla perdida desde el inicio. No tuvo más opción que ceder.
El día transcurrió en un abrir y cerrar de ojos, entre la ansiedad y los preparativos. Cuando la noche finalmente cayó sobre la ciudad, Renata terminó de arreglarse frente al espejo de su habitación.
El resultado era deslumbrante. El vestido parecía haber sido diseñado a la medida exacta de sus curvas, amoldándose con una perfección pulcra y favorecedora. Para completar el conjunto, había recogido su cabello en una cola de caballo alta y pulida, dejando al descubierto el estilizado contorno de su cuello y sus hombros, lo que acentuaba el brillo discreto de los pendientes que Ricardo le había enviado. Se veía hermosa, impecable y absolutamente elegante; una versión de sí misma que imponía presencia sin perder la delicadeza.
A la hora pactada, el timbre volvió a sonar. El mismo chofer la esperaba al pie del edificio con la puerta del vehículo ejecutiva ya abierta. Durante todo el trayecto, el corazón de Renata batió con fuerza contra su pecho, atormentada por la incertidumbre de lo que significaría esa velada y la razón detrás de semejante despliegue por parte de Ricardo.
Minutos más tarde, el lujoso automóvil se detuvo frente a la entrada principal del evento. Las luces cálidas del recinto iluminaban la alfombra, por donde desfilaban invitados vestidos con las etiquetas más rigurosas de la alta sociedad.
Al descender del coche, Renata ajustó la postura y dio un paso al frente. Y ahí estaba él.
Ricardo aguardaba afuera, apartado levemente del flujo de invitados. Llevaba un esmoquin de corte perfecto que acentuaba su porte imponente y varonil, pero su mirada no estaba atenta a la fiesta ni a las personas que lo saludaban al pasar. Sus ojos oscuros estaban fijos únicamente en la portezuela del vehículo.
Cuando Renata se detuvo en la acera y la luz nocturna cayó de lleno sobre ella, la reacción de Ricardo fue inmediata. El aire pareció abandonar sus pulmones en un instante. Quedó atónito, helado en su sitio, impactado por la imagen que tenía enfrente.
Acostumbrado a verla en la oficina con atuendos formales y discretos, jamás imaginó la magnitud de la belleza que ella escondía. La cola de caballo que resaltaba sus facciones, la caída perfecta del vestido sobre su figura y la gracia natural con la que caminaba lo dejaron completamente desarmado. Era una visión cautivadora, elegante y deslumbrante que eclipsaba a cualquiera a su alrededor.
Renata caminó con paso firme pero con el pulso acelerado, reduciendo la distancia entre ambos hasta quedar justo frente a él, a menos de un metro de distancia. El silencio entre los dos se volvió denso, casi palpable, silenciando el murmullo de la multitud y la música de fondo que salía del gran salón.
Ella lo miró fijamente a los ojos, esperando sus palabras, un comentario mordaz o la habitual frialdad con la que solía dirigirse a ella.
Sin embargo, Ricardo no pudo decir nada.
El hombre dominante, frío y de palabras certeras que siempre tenía el control absoluto de cada situación se había quedado totalmente mudo. Sus labios se mantuvieron entreabiertos por un segundo antes de cerrarse de nuevo, incapaz de articular una sola frase mientras sus ojos recorrían cada detalle de la mujer que tenía enfrente, atrapado por completo en el magnetismo de su presencia.
Definitivamente no se que haría con Sergio porque es un rebelde sin causa que provoca sacarlo de la casa y dejarlo pasar carencias en la calle para que aprenda a ser más humilde, valorar a su madre y hermano que están haciendo lo imposible para que el pueda seguir estudiando mal agradecido.