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Cien millones por un heredero

Cien millones por un heredero

Status: En proceso
Genre:CEO / Doctor / Embarazo no planeado / Amante arrepentido
Popularitas:47
Nilai: 5
nombre de autor: Ruby_Blair

Elena Salazar aceptó someterse a una fecundación in vitro cuando su prometido quedó al borde de la muerte. Pero un error de la clínica la dejó embarazada de otro hombre: Alejandro Montenegro, el magnate más poderoso de Atelán.
Su oferta fue directa:
—Da a luz a mi hijo y los cien millones de dólares serán tuyos.
Elena se negó. Su amor no tenía precio… hasta que encontró a su prometido, recién salido de cuidados intensivos, besando a su hermanastra.
Entonces firmó el contrato y se casó con Alejandro.
Quienes la humillaban se rieron de su elección: un simple guardaespaldas, guapo y sin dinero. Creían que había cambiado un buen matrimonio por una vida miserable.
No sabían quién era su marido. Y tampoco sabían de lo que ella era capaz.
Cuando sus investigaciones revolucionen la medicina y la verdadera identidad de Alejandro salga a la luz, su ex ya no podrá burlarse de ella.
Estará de rodillas, suplicándole una oportunidad de hacer negocios.

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Capítulo 8

Capítulo 8. Toda su familia quería quedarse con el niño y deshacerse de ella

Elena apretó el libro entre los dedos. El corazón le golpeaba como un tambor.

Justo antes de quedarse sin aire, oyó su voz grave:

—Ya sanaron las heridas. Vienes conmigo a la residencia familiar. Vas a conocer a mi abuela.

A Elena le temblaron las pestañas.

Así que... ¿solo estaba revisándole las heridas?

Y ella había pensado que iba a...

—Voy a buscar mis cosas.

Habló con la voz tensa, giró la cara para apartarse de sus dedos y subió deprisa.

Diez minutos después, salió con la maleta y se sentó en el coche de Alejandro.

—Apréndetelo antes de bajar.

Desconcertada por aquel tono de mando, Elena tomó la tableta que él le ofrecía.

En la pantalla había información sobre todos los miembros de la familia Montenegro.

La revisó por encima y descubrió que convivían cuatro generaciones.

La primera era la anciana matriarca.

La segunda la formaban los padres de Alejandro y su tío mayor con su esposa.

La tercera estaba compuesta por Alejandro y los hermanos y primos de su generación.

La cuarta, por sus sobrinos.

Era una familia enorme.

Pensar que tendría que enfrentarse a todos dentro de poco la llenó de nervios y preocupación.

Para no equivocarse, comparó cuidadosamente cada nombre con su fotografía. Después cerró los ojos e intentó emparejarlos uno por uno de memoria.

—Llegamos.

Al oír a Alejandro, abrió los ojos de golpe. El coche ya se había detenido.

Bajó y se encontró con una larga alfombra roja.

A ambos lados había más de una docena de empleadas alineadas. Todas los saludaron al unísono, con una formalidad impecable.

—¡Bienvenidos a casa, señor y señora Montenegro!

Elena apretó la mano sobre su mochila. Levantó la vista hacia la imponente casa de tres pisos y después hacia los terrenos de la propiedad barroca, cuyo final no alcanzaba a ver. Aspiró hondo, sobrecogida.

Desde que descubrió que Alejandro dirigía el Grupo Zeus, sabía que tenía una fortuna. Aun así, la magnificencia que tenía delante la dejó sin habla.

Cuando reaccionó, él ya se había alejado unos pasos. Tuvo que apresurarse para alcanzarlo.

El interior era todavía más suntuoso. Bajo sus pies brillaba el mármol negro con vetas doradas; sobre su cabeza, las lámparas de cristal relucían como glaciares; en las paredes colgaban óleos abstractos. Todo exhibía riqueza y lujo. Era un mundo por completo distinto al que ella había conocido.

No se atrevió a mirar demasiado. Siguió muy cerca de Alejandro.

Poco después vio a varias personas en los sofás, vestidas con la elegancia de la alta sociedad.

Reconoció enseguida a los padres y a los tíos de Alejandro, y a su abuela.

Alejandro se detuvo con ella frente a todos.

—Ella es mi esposa, Elena Salazar.

Las miradas recorrieron su camiseta blanca, los jeans gastados y los tenis. El desprecio fue abierto, sin disimulo. Era evidente que no la consideraban a su altura, pero Elena se dispuso a saludarlos por educación.

—Buenas...

Una voz anciana y autoritaria la interrumpió en cuanto abrió la boca.

—Puede tener a tu hijo. Pero no puedes casarte con ella.

Doña Mercedes ocupaba el asiento principal. Miraba a Alejandro sin dignarse siquiera a dirigirle una mirada de reojo a Elena.

—Ya estamos casados —respondió él con calma.

—¡Entonces te divorcias! —replicó la anciana sin vacilar—. Nadie sabe que te casaste, salvo los que estamos aquí.

—Alejandro, eres el heredero de los Montenegro y el director general del Grupo Zeus. Una mujer que dejó de estudiar después de la preparatoria no está a tu altura. Hazle caso a tu abuela. Quédate con el niño y deshazte de la madre.

Isabel Vidal, la esposa de su tío Ernesto, hablaba como si quisiera aconsejarlo. Sin embargo, la burla y el desprecio le brillaban en los ojos.

—Permitir que una mujer como esta tenga a tu hijo ya es la mayor concesión que podemos hacer —añadió Ernesto Montenegro con una sonrisa fría—. Jamás vamos a aceptarla en esta familia.

Patricia Torres se acercó rápidamente a su hijo y lo reprendió en voz baja:

—Alejandro, hazle caso a tu abuela. No dejes a tu padre y a mí en ridículo delante de tus tíos.

Él ignoró a los demás y siguió mirando a doña Mercedes.

—Abuela, no tengo intención de divorciarme.

—¡Alejandro! ¡Basta de insolencias! ¿También vas a desobedecer a tu abuela?

Jorge Montenegro se levantó, alterado, y lo señaló con el dedo.

—Si soy quien está al frente de esta familia, tengo derecho a decidir con quién me caso.

Alejandro habló con serenidad, pero su voz imponía la autoridad de quien daba órdenes desde lo más alto.

La anciana soltó una risita desdeñosa.

—En esta casa, el que menos derecho tiene a decidir su matrimonio es precisamente quien la encabeza.

—¿Y si insisto?

—¡Entonces renuncia a estar al frente de la familia! —rugió ella, poniéndose de pie.

Un silencio absoluto cayó sobre la sala. Se habría oído caer un alfiler.

Isabel y Ernesto intercambiaron una mirada. Las comisuras se les levantaron solas y sus rostros revelaron el cálculo que estaban haciendo.

Jorge se acercó a toda prisa y apartó de un empujón a Elena, que estaba junto a Alejandro.

—¿Qué estás diciendo? ¡Pídele perdón a tu abuela ahora mismo!

Patricia insistió:

—¿Qué esperas, Alejandro? ¡Hazlo!

Elena estuvo a punto de caer. Recuperó el equilibrio y miró a Alejandro.

Lo atacaban por todos lados, pero su rostro atractivo permanecía inmutable. Era imposible saber qué estaba pensando.

Había aceptado casarse con ella para que tuviera al niño.

¡Pero no iba a renunciar por eso a dirigir su familia!

El puesto era único. Si perdía al bebé, siempre podía buscar a otra mujer para que le diera un hijo.

Apenas terminó de pensarlo, lo oyó responder:

—Está bien. Renuncio.

Su voz sonó tan tranquila como antes. A todos los demás se les llenó el rostro de asombro e incredulidad.

Elena lo miró sin comprender. Había aceptado. ¿Por... por qué?

—¡Alejandro! ¿Qué tonterías estás diciendo? ¡Pídele perdón a tu abuela!

Patricia todavía no terminaba de reprenderlo cuando doña Mercedes se llevó de pronto una mano al pecho, soltó un gemido de dolor y cayó hacia atrás.

—¡Mamá!

El grito de Isabel desgarró el aire.

El rostro de Alejandro cambió. Corrió hacia la anciana. Patricia y Jorge también se apresuraron a rodearla. En un instante, todo se convirtió en caos.

Solo Elena permaneció en su sitio, inmóvil.

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