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Nunca fui tu esposa

Nunca fui tu esposa

Status: En proceso
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Traiciones y engaños / Juego de roles / Riqueza en una noche / Mujer despreciada / Triángulo amoroso / Amante arrepentido
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Su matrimonio era falso. La traición, no.
Durante dos años, Camila Rivas lo dio todo por Daniel: sostuvo su empresa, soportó los desprecios de su familia y crió al niño que habían «adoptado» porque, según él, ella no podía tener hijos.
Hasta que descubre que su acta de matrimonio es falsa.
Daniel lleva cinco años casado con otra mujer. Y el niño que Camila ha cuidado como suyo es hijo de los dos.
Nunca fue su esposa. Fue la coartada perfecta para esconder a su verdadera familia.
Ese mismo día, una llamada lo cambia todo: Camila acaba de heredar más de cien mil millones de pesos.
—Soltera. Sin hijos. La herencia es solo mía.
Daniel está convencido de que volverá. Una mujer sola, sin dinero ni familia, no puede vivir sin él.
Pero mientras espera que regrese a suplicarle, el país entero descubre a la prometida de Gabriel Alcázar, uno de los hombres más poderosos de México.
Es Camila.
Dueña de una fortuna. Con la cabeza en alto. Junto a un hombre que no está dispuesto a dejarla en segundo lugar.
Lo suyo debía ser una alianza por conveniencia. Pero cada promesa cumplida, cada roce y cada mirada hacen más difícil mantener el corazón al margen.
Y cuando Daniel comprende lo que perdió, ya hay otro hombre sosteniendo la mano que él soltó.
Esta vez, quien va a suplicar no será ella.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5

Capítulo 5. Daniel empezaba a perder

Mauricio detuvo el auto y abrió la puerta.

—Sube. Te lo explico en el camino.

Camila dudó unos segundos antes de aceptar.

Así supo que los hombres que habían intervenido en la casa trabajaban para los Alcázar, una de las familias empresarias más poderosas del país.

Tenían intereses en las finanzas, la tecnología y la energía. Su influencia llegaba mucho más allá de Puerto Claro.

Gabriel Alcázar, el heredero, tenía veintiocho años. Desde que asumió la dirección había ampliado el imperio familiar y se había convertido en uno de los empresarios jóvenes más influyentes de México.

La noche anterior, los Alcázar habían llamado al abuelo de Camila para proponer una alianza matrimonial. La elegida era ella.

Muchas familias querían emparentar con ellos. Los Montenegro también. Por eso su abuelo le había pedido a Mauricio que hablara con Camila.

—Entonces, ¿los Alcázar tienen más poder que los Montenegro? —preguntó ella, yendo al punto.

—Ni siquiera están en la misma categoría. Nosotros somos la familia más rica de Puerto Claro. A ellos los toman en cuenta en todo el país.

—¿Y cómo es Gabriel?

Mauricio se tocó la nariz.

—Es conocido en el extranjero, pero aquí casi no aparece en público. Nunca lo he tratado. Por lo que dicen...

Venía a convencerla de que aceptara la propuesta. Tenía que elegir bien las palabras.

—¿Qué dicen?

—Que puede ser un poco difícil.

Camila lo miró, esperando.

Si Gabriel solo fuera un poco difícil, seguramente tendría una fila de candidatas frente a su puerta.

—¿Difícil en qué sentido?

Mauricio sonrió, incómodo.

—Algo frío. Exigente. No suele interesarse en las mujeres. Pero viene de una familia seria. Supongo que será una buena persona.

¿Suponía?

Aquello no sonaba muy tranquilizador.

Camila siguió mirándolo hasta que Mauricio cedió.

—Está bien. Dicen que es solitario, duro y despiadado en los negocios. Que solo le importan los resultados. La gente que se enfrenta a él termina mal.

Era mejor que lo supiera antes de conocerlo.

—Pero estamos hablando de una alianza —añadió enseguida—. Hay muchos matrimonios sin amor entre familias como estas. Y tú tienes una fortuna que proteger. Teresa y Sebastián no son los únicos que van a intentar aprovecharse. Necesitas a alguien de tu lado.

—Acepto.

—No te apresures a rechazar... ¿Cómo?

Mauricio se quedó mirándola. Había preparado varios argumentos y acababa de quedarse sin oportunidad de usarlos.

—¿Vas a aceptar?

—Sí.

Camila nunca había estado casada de verdad. No tenía un matrimonio que proteger.

Por lo que acababa de escuchar, Gabriel superaba a Daniel tanto en capacidad como en influencia. Si lograba convertirlo en aliado, podría salir de la situación en la que Daniel la había metido.

Además, estaba lo que acababa de pasar en casa de los Montenegro.

El testamento le daba derechos, pero no impedía que Teresa y Sebastián la rodearan de guardaespaldas para obligarla a renunciar.

Para tomar el control de sus empresas necesitaba algo más que documentos.

No estaba buscando amor. Era un trato. Una alianza.

Miró por la ventana.

—Antes que dejar que me devoren por estar sola, prefiero buscar un aliado de verdad. Los Alcázar me eligieron. No tengo por qué rechazar la oportunidad.

***

Camila regresó a casa de Daniel al atardecer.

Él no estaba. Tampoco Beatriz ni Nicolás.

Una empleada le explicó que los tres habían ido a una exposición en una ciudad cercana y que pasarían la noche fuera.

Camila revisó el celular. Tenía varias llamadas y un mensaje de Daniel.

«Nico quiso ir a la exposición con Beatriz. Como queda lejos, voy a acompañarlos».

Qué considerado. La verdadera familia había salido de paseo y hasta le avisaba.

Mejor así. Podría hacer lo que necesitaba sin interrupciones.

Pidió a varias empleadas que la ayudaran a empacar.

—¿Va a salir de viaje, señora?

Les llamó la atención que guardara todas sus pertenencias en cajas.

—Sí —contestó Camila, mientras revisaba los documentos de un cajón—. No hace falta molestar a Daniel con esto. Está muy ocupado.

Ocupado con su esposa y su hijo.

Que disfrutara mientras pudiera.

Cuando el personal se retiró a descansar, Camila llamó a una empresa de mudanzas. Esa misma noche se llevó sus cosas.

Solo faltaban dos trabajos importantes.

El primero era el conjunto de estudios que había desarrollado desde que se graduó. Incluía datos de varios años de investigación financiera. Lo guardaba bajo llave y ahora había desaparecido. Daniel debía de haberlo tomado.

El segundo era la información central de los proyectos que había creado para la empresa. Estaba en los sistemas internos y ella no tenía autorización para recuperarla.

Ambos eran fruto de su esfuerzo. No pensaba dejárselos.

A primera hora del día siguiente llamó Daniel. Se oía ruido de tránsito al otro lado; probablemente seguían en la carretera.

—Cami, ¿viste mi mensaje de ayer?

—Sí.

Ella removía su café sin la menor prisa.

—Perdón por salir sin consultarte. Fue una decisión de último momento. Beatriz es nuestra invitada; no podía dejarla hacer el viaje sola con Nico.

—No tienes que disculparte. Es natural que la acompañes.

Daniel se quedó callado un instante.

Había pensado que Camila no contestaba porque estaba molesta. La noche anterior, junto a Beatriz, tampoco había podido insistir demasiado.

Pero ahora ella parecía completamente tranquila.

—Como no me respondiste, creí que...

—Ayer no paré. Después de ver la casa tuve una reunión de negocios. No me dio tiempo de contestar.

El tono ligero de Camila lo tranquilizó.

—Sabía que estabas ocupada. No trabajes tanto. Me preocupa verte agotada.

Camila frunció el ceño. Ya tenía poco apetito y aquellas palabras terminaron de quitárselo.

—¡Papá, no hables con la bruja!

La voz de Nicolás se coló en la llamada. Beatriz intentó hacerlo callar.

—Luego hablamos. Voy a manejar. Nos vemos en la noche.

Daniel colgó antes de que Camila respondiera.

Aprovechando su ausencia, ella fue a la empresa y entró en su oficina para buscar los documentos. Revisó los cajones y la computadora. No encontró nada.

Todavía estaba pensando qué hacer cuando alguien llegó a buscarla.

—Señora Rivas, necesitamos su firma en unas autorizaciones de pago. El señor Ferrer no vino.

Camila revisó las carpetas.

Ella había conseguido aquellos contratos después de mucho trabajo. Los socios eran empresas que normalmente ni siquiera habrían considerado colaborar con los Ferrer.

Si los pagos se retrasaban, varios proyectos podían perderse.

—¿Ya hablaron con Daniel?

—Sí. Dijo que estaba ocupado y que lo resolviéramos con usted.

Camila sonrió apenas.

Siempre había sido la persona más comprometida con la empresa. Cuando Daniel no podía atender algo, le dejaba a ella todas las decisiones.

Solo de palabra.

Su puesto no le daba autoridad para firmar por él. Había mandos menores con acciones de la compañía; ella no tenía una sola.

Y después de cada decisión que tomaba en su nombre, Daniel la reprendía delante de los accionistas y los empleados. Necesitaba que pareciera que ella se había excedido.

Le decía que era mejor mantener en secreto su relación para evitar problemas en la oficina.

—Déjelas aquí. Tengo que salir. Cuando vuelva las reviso.

—Está bien.

En cuanto quedó sola, Camila apartó las carpetas y se fue.

Esa noche cenaría con Gabriel Alcázar. Quería arreglarse para conocerlo.

Fue a un salón de belleza. Cuando salió, cerca de las cinco, entró a una tienda de su marca favorita en un centro comercial y eligió un vestido.

—¡Le queda increíble! —exclamó la vendedora—. Es un diseño difícil de llevar y a usted le luce mejor que a la modelo.

Camila se miró al espejo.

El vestido largo, de un solo hombro, seguía la línea de su cuerpo. Era lila, con pliegues, una capa ligera de tul y destellos discretos. El corte dejaba ver la piel justa y resultaba elegante sin ser recargado.

Su rostro y su cabello oscuro destacaban sobre la tela suave.

—Me lo llevo.

Giró un poco frente al espejo.

Llevaba tanto tiempo pensando únicamente en el trabajo y en Daniel que casi había olvidado cuánto le gustaba arreglarse para ella misma.

Se quedó mirándose un rato más antes de acercarse a pagar.

La vendedora le explicó que alguien había llamado para cubrir la cuenta. También le había comprado un bolso, zapatos y un juego de joyas que combinaban con el vestido.

—¿Dejó su nombre?

—Dijo que se apellidaba Alcázar.

Camila miró alrededor. No vio a nadie que pareciera estar pendiente de ella.

¿No había dicho Mauricio que Gabriel era frío y poco considerado?

Al salir del centro comercial encontró un auto esperándola. Se parecía a los de la caravana que había visto frente a la casa Montenegro: oscuro, discreto, sin emblemas visibles.

El hombre que le había entregado la tarjeta la saludó.

—Señorita Rivas, ya nos conocemos. El señor Alcázar la está esperando. ¿Me acompaña?

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