Me llamo Marisol Quintana. Tenía diecinueve años, estudiaba Historia del Arte en la UNAM y creía que mi peor problema era un examen pendiente.
Entonces mi propio tío me vendió.
En Tierra Bruma no existe la ley. Solo existen los hombres que mandan y quienes sobreviven obedeciéndolos. Lucio Salvatierra es el más temido de todos: el Lobo, dueño de las rutas, las fronteras y los secretos capaces de destruir países.
Él no compra mujeres. No trafica con ellas. Ni siquiera debía mirarme.
Pero lo hizo.
—Esa muchacha es mía.
Lucio me arrancó de un infierno para encerrarme en otro. Me dio una habitación, reglas imposibles y una advertencia: fuera de sus dominios solo me esperaba la muerte. Yo debía obedecerlo. Agradecerle. Dejar de pensar en escapar.
El problema es que cada vez que lo desafío, él me hace rendir cuentas… y mi cuerpo traiciona todo lo que mi boca intenta negar.
Debería odiarlo por sus órdenes, por sus castigos y por esa forma de tocarme como si ya conociera cada secreto de mi piel. Pero también fue él quien salvó a mis padres, puso un arma en mis manos y me enseñó a sobrevivir entre lobos.
Cuando sus enemigos me secuestran, descubren demasiado tarde que ya no soy la muchacha indefensa que Lucio llevó a su casa.
—¡Soy la mujer del Lobo y sí sé disparar!
Entré en Tierra Bruma como una cautiva. Ahora todos se levantan cuando me ven pasar.
Lucio cree que me encerró en su mundo. Lo que todavía no entiende es que una jaula puede cerrarse desde ambos lados… y que, cuando uno de los dos termine de rodillas, no seré yo.
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Capítulo 17
Capítulo 17: La bóveda y la primera bala
El piso era de un material gris que no devolvía el sonido de los pasos, y el aire estaba tan frío y tan seco que sentí que los labios se me apretaban solos. A los dos lados subían anaqueles de acero hasta el techo, con cajas selladas con cinta negra y vitrinas con luz propia. Y en la pared del primer cruce, en letras de metal, sin adornos: Lobo Negro — Custodia y Logística de Alto Valor.
Custodia. Eso era la montaña vaciada. Una caja fuerte del tamaño de un pueblo.
—Es… enorme —se me salió.
—¿Enorme?
Lo dijo sin cambiar de tono, caminando a mi lado, y tardé un segundo en oír lo que había oído. Se me subió la sangre a las orejas. Él no sonrió; no hacía falta.
Seguimos. Un pasillo de cuadros al óleo apoyados en caballetes de fieltro, con marcos dorados que pesaban más que yo. Retratos de señoras con cuello de encaje, un paisaje con un volcán, un santo con la cara oscurecida por dos siglos de humo de vela. Después, vitrinas: candeleros de plata, bandejas, un cáliz con la base abollada, todo con esa pátina gris azulada que la plata colonial tiene cuando nadie la ha pulido con químicos.
Me detuve frente al cáliz sin querer.
Mi papá me llevaba a la Lagunilla los domingos. Se paraba media hora frente a un cuadro roto que no íbamos a comprar, con las manos en los bolsillos, y me decía "mira la firma, mija, mira cómo pinta la luz". Y yo miraba. Ahí aprendí a mirar, antes que en la UNAM.
Se me nubló todo.
Él me estaba viendo. Y ahí, con los ojos llenos, con el lobo en el pecho, se me ocurrió que si alguna vez iba a preguntar era ahora, cuando él acababa de enseñarme algo suyo.
—¿Puedo preguntar algo… sin que cuente como incumplimiento?
Me tomó de la barbilla. No fuerte. Lo justo para que mirara hacia arriba y no hacia el cáliz.
—Alguien todavía me debe una cuenta, ¿no?
—Ya no pregunto —dije, tan rápido que se me juntaron las palabras—. Ya no pregunto nada.
Me soltó. Se quedó un momento mirándome, y después, con la misma voz con que me había dicho "camina":
—Tus papás cruzaron ayer. Están en México. —Una pausa—. ¿Contenta?
No lloré con ruido. Las lágrimas nada más se cayeron, y yo no las detuve, y no me limpié la cara porque las manos no sabían qué hacer. Ayer. Mientras yo me ponía un listón rojo en el cuello, mis papás estaban cruzando.
—Gracias, señor Salvatierra.
Me salió entero, sin puntos suspensivos, por primera vez.
Él ya iba caminando.
Lo alcancé entre dos filas de cajas de madera con estampados de números y una franja roja. Más adelante, un cuarto de cristal con manómetros y una pantalla de temperaturas: dieciocho grados, cuarenta y cinco por ciento de humedad. La alumna que llevaba dentro se despertó antes que yo.
—¿Y no se les vence nada aquí? —pregunté—. La cinta, los sellos, la humedad… todo tiene fecha.
Se detuvo.
Y se rio. No la risa corta por la nariz; una risa de verdad, de garganta, que en ese pasillo helado sonó como si alguien hubiera dejado caer una charola.
—Treinta y dos años —dijo, todavía con eso en la voz—, y es la primera vez que alguien me pregunta si se me vence algo. —Movió la cabeza—. Estas cosas llevan aquí menos tiempo que tú.
No entendí. Me quedé con el número: treinta y dos. Trece años más que yo. Lo guardé como se guarda una ficha.
Las cajas con franja roja iban a salir, dijo. Esta semana, con escolta doble. Por aquí, últimamente, no estaba tranquilo.
—¿Y no puede ser… un poco más bueno? —Me oí y no me detuve—. Con la gente, digo. Para que no… para que no haya que…
Se paró en seco. Se dio la vuelta.
—La bondad no es una virtud. —No levantó la voz; la bajó—. Es un privilegio del que manda. Sin algo con qué asustar al otro, la bondad es arrodillarse a pedir que sean buenos contigo.
Me quedé donde estaba.
Vi a mi papá de rodillas en el lodo con la mano envuelta en un trapo. Vi una fila de muchachas con vestidos blancos y a un hombre gordo señalando con el dedo. Vi diecinueve años de mi vida, en los que había creído que ser buena era una manera de estar en el mundo, y los vi caerse como un anaquel mal atornillado.
Él ya caminaba otra vez. Lo seguí.
Al final del último pasillo había una puerta sin manija. Puso el ojo frente a un lente y la mano sobre una placa, y la puerta se abrió con un chasquido de aire. Adentro, un cuarto pequeño, de madera oscura, con luz baja. Vitrinas. Menos cosas, y mejores.
Sacó de una de ellas un reloj de bolsillo y me lo puso en la mano sin decir nada. Oro, del que amarillea; esmeraldas alrededor de la tapa, chicas, de un verde que se movía. Lo abrí. Adentro, el mecanismo trabajaba con un sonido de insecto.
—Suizo. Siglo diecinueve —dije, mirando la curva de la tapa del amortiguador—. Este arco… lo vi en un catálogo de subasta. El del amortiguador con forma de ancla. Entre mil ochocientos setenta y ochenta, por ahí.
Me miró un segundo más de lo normal.
—Buena memoria.
Dos palabras. Las guardé también.
El polígono estaba en la misma montaña, dos niveles abajo, y se anunció antes de que lo viera: un olor a pólvora y a aceite que me entró por la nariz y se me quedó en la lengua. Una puerta doble. Del otro lado, un espacio largo como una nave, con carriles, y hombres.
Sonó un silbato. Todos se pusieron de pie a la vez.
—¡Patrón!
Fue una sola voz hecha de treinta. Él levantó la mano, apenas, y en veinte segundos no quedó nadie. Un hombre de barba, el instructor, fue el último; dejó un estuche sobre el mostrador y salió sin mirarme.
Yo miré. Al fondo, las siluetas de cartón con forma de hombre, y en el pecho de una de ellas una mancha oscura, casi negra, que no era pintura, y en el piso de concreto debajo de otra un manchón parecido, más viejo, y…
Una mano me tomó por detrás de la cabeza y me giró la cara hacia el mostrador.
—No te distraigas.
No pregunté. No expliqué. Miré el estuche.
Adentro, sobre terciopelo negro, una pistola pequeña, plana, con cachas de nácar que cambiaban de color con la luz. La levantó y la puso en mi mano, y era más pesada de lo que parecía, y más fría.
—Pies al ancho de los hombros.
Me acomodé. Un golpe seco en la pantorrilla, con una vara delgada que no había visto que trajera.
—Más. —Otro golpe, la otra pierna—. Muñeca firme. Si no, te la parte.
Levanté el arma. Me temblaba. Se puso detrás de mí y me rodeó entera, sus brazos por fuera de los míos, su pecho contra mi espalda, la barbilla por encima de mi cabeza, y sentí el calor de todo él a través de la tela verde. Una mano se me plantó en el estómago.
—Mete el abdomen. No la cadera.
Metí el abdomen. Se me fue el aire y se me subió el color hasta el pelo. Estábamos solos en una nave de concreto con un olor a pólvora y él me estaba corrigiendo la postura como se corrige a un recluta, y a la vez no, porque ningún recluta tiene la espalda pegada a ese pecho.
Su palma se cerró sobre el dorso de mi mano derecha, cubriéndola entera.
—Tres puntos, una línea. La mira de atrás, la de adelante, el blanco. —Su voz me llegó por la nuca—. Aguanta el aire.
Aguanté.
Y entonces pasó algo que conocía. Lo mismo que me pasa frente a una hoja de papel cuando voy a trazar la primera línea de un dibujo y el resto del cuarto se apaga. La mancha del fondo se apagó. Sus brazos se apagaron. Quedó una silueta a cincuenta metros con un círculo en el pecho, y una línea, y mi dedo.
Disparé.
El retroceso me subió por el brazo como un golpe de puerta. El sonido fue después.
En la pantalla del carril, al lado del blanco, apareció un número. Diez.
Me volteé sin bajar la pistola, y él me la bajó con dos dedos, hacia el piso, sin comentario.
—¿Fui yo? —No me reconocí la voz—. ¿Sí le di? ¿Le di al diez?
—Suerte.
Me miraba de una manera que no supe leer. No era burla. Era como si estuviera comparando algo con algo.
Extendió la mano. Le di la pistola. La giró, apretó un botón, y el cargador cayó en su palma con un clic. Tiró de la corredera y una bala saltó al aire y él la atrapó sin mirarla. Revisó la recámara, vacía, dos veces. Y me la volvió a poner en la mano, así, sin nada adentro, con las cachas de nácar hacia arriba.
—Tienes talento —dijo—. No lo desperdicies.
Cerré los dedos sobre la culata tan fuerte que me dolieron los nudillos. Por si se arrepentía. Por si era otra de sus pruebas. No se arrepintió. Se guardó el cargador en el bolsillo del pantalón, y las balas con él, y dio media vuelta.
En la camioneta la llevé en el regazo, con las dos manos, como se lleva un pájaro caído. Era mía. En veintitrés días, la primera cosa que alguien me daba y que no era ropa para que me la quitaran después. Sabía que no tenía balas. Sabía que él tenía las balas en el bolsillo. Y aun así me sorprendí sonriendo, con la frente contra la ventana, viendo pasar la alambrada bajo un cielo que se ponía morado.
Él manejaba con una mano y no dijo nada en todo el camino.
En la puerta de la Casona estaba Teo, con el celular en la mano y la cara de siempre.
—Patrón. Lo del norte.
Lucio bajó, tomó el celular, leyó. Le cambió algo en la mandíbula, muy poco. Se lo devolvió a Teo sin mirarme y ya iba hacia la otra camioneta, la negra, con el motor encendido, cuando se detuvo con la mano en la puerta.
—¿Te acuerdas de lo que te enseñé hoy?
Asentí, abrazando la pistola.
—Espérame en tu cuarto. —Abrió la puerta—. Vamos a repasar la postura.
Se me fue la sangre de la cara.