Alex siempre creyó que obedecer a su Alfa era su deber. Entregado al Clan Sabio para pagar una deuda, soportó humillaciones, desprecios y castigos, convencido de que algún día Fernando comprendería su valor. Pero después de recibir un golpe injusto, algo cambia.
Una voz aparece en su mente.
La Diosa Lectora conoce sus secretos, revela las mentiras del clan y le muestra futuros que podrían convertirse en realidad. Por primera vez, Alex descubre que su sufrimiento no fue casualidad y que su origen guarda un secreto capaz de cambiarlo todo.
Con cada verdad, el Omega deja atrás al joven sumiso que todos podían pisotear. Ya no obedecerá ciegamente, ni permitirá que otros decidan su destino.
Mientras Fernando descubre demasiado tarde lo que perdió y Alejandro le ofrece un camino diferente, Alex deberá elegir entre la venganza, el amor y la libertad.
Porque esta vez, el Omega elegirá su propio futuro.
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La confrontación en el Salón Dorado
El atardecer teñía de un rojo sanguinolento las vidrieras del Salón Dorado, el recinto más imponente del pabellón central de la Casa González. El despido fulminante de la nodriza de los herederos y la pérdida de control sobre los tres niños habían sido el golpe definitivo para la paciencia de Doña Matilde. Apoyada en su pesado bastón de empuñadura de oro y rodeada por cuatro de sus guardias personales de mayor confianza, la matriarca aguardaba en el centro de la estancia con el rostro desencajado por una furia contenida durante días.
Frente a ella, Alex ingresó al salón con paso medido. Vestía una túnica de seda azul oscuro —rescatada de los baúles de su dote que él mismo había exigido abrir esa misma mañana— y llevaba sobre el hombro una carpeta de cuero sellada con la insignia del Consejo Neutral. Su presencia emanaba una serenidad tan aplastante que los guardias de la matriarca, acostumbrados a ver al "omega dócil" temblar ante el menor reproche, bajaron la mirada por instinto.
—Has cruzado todas las líneas, muchacho —siseó Doña Matilde, golpeando el bastón contra las losas de mármol con un sonido seco que resonó en las paredes—. Primeramente atacaste a la servidumbre de la cocina, humillaste a la señorita Beatriz frente a la guardia, y ahora te atreves a meterte con los hijos de la Primera Luna y expulsar a mi gente del pabellón infantil. ¿Crees que porque rompiiste tu marca y Fernando te tiene una lástima ciega te has convertido en el dueño de esta casa?
Alex se detuvo a tres pasos de la matriarca, mirándola desde su altura con una frialdad desprovista de cualquier emoción.
«Analizando el estado biológico y emocional de Doña Matilde», resonó la voz del Sistema en la mente de Alex, cargada de una vibrante satisfacción. «Frecuencia cardíaca: 128 pulsaciones por minuto. Nivel de pánico oculto: 85%. Se detecta que el mensajero que envió al Clan Alba fue interceptado en el puente del este por las tropas de Fernando. No recibirá refuerzos.»
—No necesito ser el dueño de esta casa para exigir el cumplimiento de la ley, Doña Matilde —respondió Alex con una voz suave, pero tan clara que cortaba el aire encendido del salón—. El dinero con el que se pagaba el salario de esa nodriza venía del fondo médico de los herederos, el mismo fondo que usted y mi padre, Héctor Alba, saquearon durante tres años para cubrir los pagarés de las minas del norte.
Doña Matilde palideció por un segundo, pero rápidamente apretó las mandíbulas, negándose a ceder.
—¡Insolente traidor! —gritó la anciana, alzando la mano para señalarlo—. ¡Tu padre te entregó a esta casa para saldar las deudas de sangre del Clan Alba! ¡No eres más que un recurso de cambio que debió haber servido en silencio como lo hizo tu madre antes de morir!
—Mi madre murió porque ustedes le administraron dosis continuadas de extracto de raíz de adelfa en sus infusiones de la Primera Luna —interrumpió Alex, dando un paso firme hacia adelante.
El silencio que siguió a sus palabras fue aplastante. Uno de los guardias del pabellón principal contuvo el aliento, mirando a la matriarca con disimulo.
—¡Mentiras! —chilló Doña Matilde, aunque sus manos temblorosas sobre el puño del bastón la delataban por completo—. ¡Nadie creerá las palabras de un omega perturbado que se mutiló la nuca para escapar de sus deberes sagrados! ¡Guardias, apresen a este loco y encuérrenlo en las mazmorras subterráneas hasta que llegue la comisión del Consejo!
Los cuatro guardias avanzaron medio paso, dudando. Sin embargo, antes de que pudieran ponerle una mano encima a Alex, la pesada puerta doble del Salón Dorado se abrió de golpe.
—¡El primero que ponga un solo dedo sobre Alex será ejecutado por traición a la guardia de la Casa González! —rugió la voz cavernosa de Fernando, retumbando con toda la fuerza destructiva de un alfa dominante.
El Marqués avanzó por el pasillo central con el rostro cubierto por una sombra de furia y desolación. Tras él, dos capitanes de su guardia personal custodiaban a un hombre encadenado y golpeado: el mensajero que Doña Matilde había enviado en secreto la noche anterior hacia el territorio del Clan Alba.
Doña Matilde retrocedió un paso, apoyándose torpemente en el respaldo de una silla de caoba.
—Fernando... hijo mío... —intentó decir la matriarca, forzando una voz temblorosa de anciana frágil—. Este omega ha envenenado tu mente... ha estado creando intrigas con la servidumbre y asustando a los niños...
—Cállate, abuela —dijo Fernando en un susurro cargado de un dolor tan amargo que heló la sangre de todos los presentes—. Por favor... cállate ya.
Fernando lanzó a los pies de la matriarca un legajo de cartas ensangrentadas y selladas que los guardias le habían incautado al mensajero en el puente del este. Eran las órdenes directas enviadas por Doña Matilde a Héctor Alba para alterar las cuentas contables y destruir los últimos botes de medicina que quedaban en la botica central del pabellón oeste.
—Durante tres años... —continuó Fernando, mirando a la anciana con los ojos inyectados en sangre— creí en cada una de tus palabras. Creí que Clara había muerto por una fiebre repentina. Creí que Alex era un omega caprichoso que no quería adaptarse a nuestra casa... y permití que lo humillaras, que lo mataras de hambre y que le arrebataras su dote mientras yo miraba hacia otro lado.
«Nivel de colapso emocional de Fernando González: 95%», notificó la pantalla flotante del Sistema frente a la visión de Alex. «La autoridad de la Matriarca dentro de la Casa González ha sido destruida en su totalidad. El aislamiento de los antagonistas principales se ha completado en un 88%.»
Alex observaba la escena desde un lado, manteniéndose al margen de la confrontación familiar. No había triunfo piadoso en su mirada, solo la fría satisfacción de un estratega que ve caer la primera pieza del dominó.
—A partir de este instante —declaró Fernando con voz de acero, mirando a los capitanes de su guardia—, Doña Matilde queda destituida de toda función administrativa en la Casa González. Se le prohíbe la entrada al pabellón infantil, a las cocinas y a las salas de archivo. Permanecerá bajo arresto domiciliario en sus aposentos del ala sur hasta que la delegación del Tribunal Superior de la Capital llegue a este palacio.
—¡Fernando! ¡Soy tu abuela! ¡La matriarca de este clan! —chilló la anciana mientras los capitanes de la guardia, sin el menor miramiento, la sujetaban firmemente por los hombros para retirarle el bastón de mando.
—Perdiste el derecho a llamarte matriarca el día que convertiste este palacio en una guarida de asesinos —respondió Fernando, dándole la espalda sin dudarlo.
Mientras los guardias se llevaban a Doña Matilde entre gritos de rabia y maldiciones que se apagaban por el pasillo, el Salón Dorado quedó sumido en un silencio sepulcral. Fernando se giró despacio hacia Alex. El poderoso Marqués del norte parecía ahora un hombre roto, aplastado por el peso de sus propias faltas.
—Alex... —susurró Fernando, dando un paso vacilante hacia él—. Tu padre, Héctor Alba... llegará mañana por la mañana a la provincia creyendo que la reunión para negociar las minas sigue en pie. Yo mismo lo arrestaré en la entrada del valle.
Alex ajustó la carpeta de cuero bajo su brazo y miró a Fernando a los ojos.
—No lo arrestarás tú, Fernando —dijo Alex con una voz tranquila e inquebrantable—. Lo arrestará el Embajador del Consejo Neutral frente a todos los líderes de los clanes feudales. Mañana, cuando mi padre ponga un pie en esta casa, desmantelaré el Clan Alba por completo.