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LA HEREDERA OCULTA. EL ECO DE MI TIEMPO ROBADO

LA HEREDERA OCULTA. EL ECO DE MI TIEMPO ROBADO

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Romance de oficina / CEO / Romance / Completas
Popularitas:4k
Nilai: 5
nombre de autor: SIKEVALEN

Christine tiene 26 años, trabaja como contable en una importante corporación alimentaria y cree ser una hoja al viento tras haber crecido en un orfanato. Su vida transcurre en calma hasta que un inesperado ascenso la lleva al último piso de la empresa, directo al despacho de Rubén, el frío y estricto CEO. Él vive atrapado en una jaula de oro, obligado a cumplir una promesa familiar y casarse con Clarisa, la caprichosa y superficial hija del socio de su padre.
Entre balances financieros y reuniones compartidas, una atracción prohibida e inevitable surge entre la contable y el director ejecutivo. Sin embargo, un trágico accidente y una inesperada emergencia médica en el hospital lo cambiarán todo, sacando a la luz una anomalía biológica que desatará las sospechas del pasado.
Nadie es quien dice ser. En un mundo de lujos falsos y secretos de alcoba, ¿qué misterio se esconde detrás de la cuna de la verdadera heredera? El altar de la verdad está listo para que caigan las máscaras.

NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 20 EL PESO DE LAS MASCARAS

Christine

Llevar el secreto de mi verdadera identidad grabado a fuego en la mente era la tarea más difícil que me había tocado afrontar en la vida. Habían pasado dos días desde mi visita al hospital, dos jornadas eternas en las que había intentado concentrarme en las hojas de cálculo de la fábrica mientras una tormenta de emociones me descalabraba por dentro. Cada vez que recordaba las lágrimas de la señora Leonor y la seriedad del señor Alejandro al revelar la imposibilidad genética de Clarisa, sentía un escalofrío en la columna vertebral. Sin embargo, cumpliendo con mi sagrada promesa, me obligaba a ponerme la máscara de la contable eficiente y discreta, tratando de mantener un perfil bajo.

El jueves por la mañana, esa fortaleza mental se vio puesta a prueba de la manera más cruda posible. Me dirigía al departamento de compras con una carpeta de facturas bajo el brazo cuando, al doblar la esquina del pasillo principal de la administración, me topé de frente con Clarisa.

Llevaba un vestido ajustado de un color verde chillón, unas gafas de sol de marca de alta costura sobre la cabeza y un bolso de diseñador colgado del antebrazo con un descaro ofensivo. Al verme, detuvo su paso de golpe, cruzándose de brazos y mirándome de arriba abajo con esa habitual expresión de superioridad que solía utilizar para pisotear a los empleados.

—Vaya, miren a quién tenemos aquí. La heroína de la noche —soltó Clarisa con un tono de voz cargado de una ironía cortante—. Supongo que estás muy orgullosa de ti misma después de lo que pasó en el hospital, ¿no? Papi me ha dicho que andas presumiendo de haber salvado a mi madre por tener ese tipo de sangre tan raro. Pero déjame dejarte una cosa bien clara, jefecita. Una simple donación de sangre no te convierte en alguien especial, ni te da derecho a creerte de nuestra clase.

Me quedé estática en mitad del pasillo, sosteniéndole la mirada con una calma que a mí misma me asombró. Verla tan engreída, tan segura de su estatus y de su apellido falso, me provocó una profunda mezcla de lástima y contención. Tuve que morderme la lengua con una fuerza tremenda para no soltarle la verdad en pleno rostro; para no gritarle que toda su vida de privilegios, sus bolsos caros, su ropa de diseñador y el dinero de papá eran en realidad una farsa monumental, una existencia robada a una niña indefensa en una canastilla de mimbre hace veintiséis años.

—No ando presumiendo de nada, señorita Clarisa —respondí con una voz completamente serena, manteniendo una dignidad impecable—. Hice lo correcto para salvar la vida de una mujer que lo necesitaba, sin importar su estatus social. Ahora, si me disculpa, tengo un informe que entregar en la planta baja. Mi tiempo pertenece al trabajo de la fábrica, no a discusiones sin sentido.

Di un paso de lado para esquivarla, pero Clarisa soltó un bufido de descontento, indignada por mi falta de sumisión.

—¡Eres una igualada! —me espetó en un susurro furioso a mis espaldas—. Disfruta de tus números mientras puedas, porque en cuanto me case con Rubén, me encargaré personalmente de que busquen a otra persona para llevar las cuentas. Gente como tú debe aprender a quedarse en su lugar inferior.

Apreté la carpeta contra mi pecho y continué caminando con paso firme, ignorando sus amenazas vacías. El destino ya estaba moviendo los hilos biológicos en los laboratorios del hospital, y la caída de su pedestal dorado iba a ser mucho más dolorosa de lo que su mente superficial alcanzaba a imaginar.

Rubén

Llevaba cuarenta y dos horas sumido en una profunda frustración y desesperación contenida. Desde el apasionado beso que nos habíamos dado en mi despacho, Christine se había transformado en un fantasma esquivo dentro de mi propia empresa. Cada vez que intentaba llamarla a mi línea interna, me respondía con una frialdad estrictamente profesional; si bajaba a su departamento a buscarla, se las ingeniaba para estar en una reunión con los operarios o rodeada de asistentes. Me estaba volviendo completamente loco. No entendía su repentina distancia tras la inmensa entrega de nuestro encuentro, y me negaba en rotundo a dejar que construyera otra barrera de hielo entre nosotros.

Al final de la tarde, Richard me informó de que Christine había bajado sola al sótano de la empresa, específicamente al archivo central de documentos antiguos, para buscar unos libros de balances históricos que los auditores habían solicitado. Supe de inmediato que era mi oportunidad de oro.

Descendí por las escaleras de emergencia, evitando los ascensores para que nadie notara mi trayecto, y me adentré en el silencioso y enorme depósito del sótano. El lugar estaba flanqueado por hileras interminables de estanterías metálicas cargadas de cajas archivadoras, envueltas en un olor a papel viejo y una luz tenue que aumentaba la sensación de aislamiento. Al fondo del pasillo número cuatro, distinguí su silueta beige recortada contra el metal.

Christine estaba revisando una caja, tan concentrada que no escuchó mis pasos amortiguados por la alfombra industrial. Me acerqué por detrás y, con un movimiento rápido pero delicado, le tomé suavemente del brazo, obligándola a girarse hacia mí mientras la acorralaba sutilmente contra la estructura de la estantería.

—¡Ah! —soltó Christine en un pequeño grito ahogado por la sorpresa, dejando caer el folio que sostenía entre las manos. Al encontrarse con mis ojos oscuros, sus ojos almendrados se abrieron con un pánico contenido—. ¿Rubén? ¿Qué hace aquí abajo? Por favor, déjeme ir... si alguien del personal baja y nos ve en esta posición...

—No va a bajar nadie, Christine. He bloqueado la puerta exterior del pasillo —respondí con una voz ronca, acortando la distancia física entre los dos hasta que apenas un suspiro de espacio nos separaba. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo y la agitación de su pecho contra el mío—. Necesito que me mires a los ojos y me digas qué está pasando. Llevas dos días huyendo de mí como si fuera tu peor enemigo. Después del beso en mi despacho, después de la forma en que te entregaste a mí y me demostraste que sientes lo mismo... vuelves a ponerme esta maldita barrera de hielo profesional. ¿Es que acaso te arrepientes de lo que pasó entre nosotros? ¿Tanto te asusta lo que sentimos?

Christine me miró con una intensidad que me caló hasta los huesos. Vi una inmensa batalla interna librándose detrás de sus ojos, una mezcla de dolor, ternura y un secreto gigante que parecía querer desgarrarle el pecho, aunque yo seguía atribuyendo su distancia al miedo por mi compromiso con Clarisa. El silencio en el sótano del archivo se volvió denso, devorado por el latido desbocado de nuestros corazones unificados por la cercanía.

—No me arrepiento de nada, Rubén —confesó ella finalmente con un hilo de voz temblorosa, y una lágrima rebelde rodó por su mejilla clara. Estiró sus manos y las posó suavemente sobre mi pecho, no para apartarme, sino para sostenerse en mí—. Te juro por lo más sagrado que no me arrepiento del beso. Ha sido el momento más hermoso y real de toda mi vida. Pero por favor, tienes que entender que las cosas son infinitamente más complejas ahora. Hay demasiadas realidades que tú no conoces, demasiados peligros flotando a nuestro alrededor. Te lo suplico, dame solo unos días de tregua. Confía en mí, Rubén. Mantén tu distancia profesional en los pasillos de la fábrica por un poco más de tiempo. Te prometo que, en cuanto todo esto se aclare, te daré todas las explicaciones que te mereces... pero ahora, por favor, déjame marchar. Necesito protegerte a ti, y necesito protegerme a mí misma.

Escuchar su súplica desesperada, cargada de una madurez y un misterio que no lograba comprender del todo, me ablandó el corazón por completo. Vi la sincera angustia en su mirada y supe que presionarla más solo aumentaría su sufrimiento. Relajé la presión de mis brazos, acariciándole sutilmente la mejilla con los dedos para secarle la lágrima, sintiendo una inmensa necesidad de cuidarla por encima de mi propio deseo egoísta de besarla de nuevo.

—Está bien, Christine... confío en ti —cedí en un susurro, depositando un suave y protector beso en su frente antes de dar un paso atrás y liberarla de mi encierro—. Te daré esa tregua de unos días que me pides. Mantendré las distancias en público y respetaré tu silencio. Pero recuerda una cosa: mi promesa sigue intacta. No voy a dejar que ese matrimonio impuesto destruya nuestro futuro. Esperaré el tiempo que sea necesario para estar a tu lado con la cabeza alta frente al mundo.

Christine me dedicó una última mirada cargada de una inmensa gratitud, amor contenido y un alivio visible antes de recoger sus papeles del suelo y salir apresurada del archivo del sótano. Me quedé solo entre las frías estanterías metálicas, respirando el aroma residual a flores limpias que ella había dejado flotando en el aire. La jefa de contabilidad guardaba un enigma gigante en su interior, un misterio que iba mucho más allá de las finanzas, y muy dentro de mí, sentí la certeza de que la cuenta atrás para que la verdad explotara en la fábrica estaba a solo unas pocas horas de llegar a su fin.

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Monica Cobos
Una tierna y hermosa historia de vida y amor 💕💕💕🍀🙋🇦🇷🇦🇷
Mirna Lobo
espectacularmente buena 👏👏😊 felicidades escritora, espero que sus problemas se resuelvan con bien y gran abrazo 🤗 y bendiciones 😊😊😊
Mirna Lobo
que bonito y que gran corazón el de Cristine , todo lo que es , se lo debe a las enseñanzas de esa gran mujer 😊👏👏👏❤️❤️
Mirna Lobo
❤️❤️❤️la corriente vuelve a su cause 👏👏😊😊
Mirna Lobo
me pregunto de dónde sacó esa señora cincuenta mil dólares para pagarle al médico ❓❓❓
Mirna Lobo
resultó que la insufrible no es hija de ella 🫢 fueron cambiadas, espero que se le bajen los humos a la lagartona de la Clarisa😠😠
Mirna Lobo
no me digas que Cristine es hermana de la insufrible 🤔😠 eso sí es tener mala suerte en la vida 😤 o al menos que las hayan intercambiado 🤔
Mirna Lobo
que maravilla que tenga sentimientos tan bonitos para la persona que la cuidó en el orfanato 😊😊
Andrea Nardelli
extraordinaria exelelentemente escrita
Perla Arbos
Hermosa historia!!!. Felicitaciones!!!
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