Blanca lo dio todo por el hombre que amaba y por la amiga que consideraba una hermana. Su recompensa fue una cama de hospital, una traición susurrada al oído y una muerte que ellos mismos apuraron para quedarse con todo.
Pero el destino le devuelve algo que casi nadie recibe: una segunda oportunidad.
Blanca despierta diez años en el pasado, joven, sana y con un arma que sus enemigos jamás sospecharán: sabe exactamente cómo termina cada historia. Sabe quién miente, quién engaña y quién caerá primero. Esta vez no será la esposa ingenua ni la amiga bondadosa. Esta vez, ella mueve las piezas.
Con una sonrisa dulce y un plan letal, empieza a tejer la caída de quienes la destruyeron… y en el camino se cruza con Vittorio Moretti, el poderoso dueño de la empresa, un hombre acostumbrado a mandar que, por primera vez, encuentra a alguien capaz de ponerlo de rodillas.
Venganza servida en bandeja, secretos que estallan como bombas y una pasión que arde tan fuerte como el odio. Blanca aprendió por las malas que el amor ciego mata. Ahora va a demostrar que una mujer con el corazón roto y la mente afilada es lo más peligroso que existe.
Porque quien siembra vientos… recoge tempestades. Y esta vez, la tormenta lleva su nombre.
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Capítulo 7: El Secreto del Futuro
El apartamento estaba en silencio cuando Blanca giró la llave en la cerradura. Era un lugar pequeño, simple, pero que en la otra vida ella consideraba su rinconcito de paz. Ahora, mirando a su alrededor, sentía que aquello era apenas el comienzo. No se iba a quedar ahí para siempre.
Tiró el bolso sobre el sofá y caminó hasta la cocina. Abrió el refrigerador y se quedó quieta unos instantes, mirando el interior vacío e iluminado. Había algunos huevos, un poco de queso, medio paquete de pan y una botella de jugo. Nada de lujos, nada de abundancia.
—Sí... la realidad no cambió solo porque volví en el tiempo —murmuró, tomando los ingredientes.
Mientras cascaba los huevos en la sartén, con el olor a comida llenando el aire, su mente no paraba ni un segundo. Era difícil de creer, pero todo era real. Estaba viva, estaba en 2010, y había visto a Frank y a Lucia, el encuentro con el CEO, el "accidente" del comedor... Todo había pasado hoy.
—Realmente volví —se dijo a sí misma, revolviendo los huevos con una espátula—. Diez años. Diez años enteros para corregir los errores, para cambiar el guion.
Preparó una simple tortilla, se sirvió un vaso de jugo y se sentó a la pequeña mesa de la cocina. Pero antes de comer, abrió la laptop que estaba ahí, se conectó a internet y entró a su aplicación bancaria.
La pantalla cargó y apareció el saldo. Blanca soltó un suspiro largo, pesado, cargado de realidad.
1.245,78 reales.
Era todo lo que tenía. Dinero suficiente para pagar el alquiler a fin de mes, el supermercado básico, y no sobraba casi nada. En la otra vida, siempre vivió así, contando cada centavo, ahorrando para darle lujos a Frank, que nunca agradecía nada.
—Nunca más —susurró, cerrando los ojos un momento—. Esta vez, el dinero se va a quedar en mi bolsillo.
Y fue entonces cuando el recuerdo la golpeó con fuerza, como un rayo que lo iluminaba todo.
Frank.
Recordó vívidamente que un par de años después de esta época, en la línea de tiempo anterior, Frank había aparecido todo arrogante, con el auto nuevo, con ropa cara, diciendo que había "dado en el clavo". Había invertido un dinero que recibió de la herencia de un tío en acciones de empresas de tecnología que estaban creciendo en internet. En su momento, todos pensaron que era suerte, pero él hizo una fortuna de la noche a la mañana, comprando barato y vendiendo caro poco tiempo después.
Y lo mejor de todo: Blanca recordaba exactamente cuáles eran las empresas. Recordaba cómo él decía los nombres, mostraba los gráficos, se jactaba semanas enteras. Lo había escuchado tantas veces que grabó cada detalle en la memoria.
—Era esta de aquí... —murmuró, tecleando rápido.
Buscó los nombres. Ahí estaban. En 2010, las acciones valían centavos, prácticamente ignoradas por el mercado grande, pero en pocos años se dispararían, multiplicarían su valor por cien, por mil.
Blanca dejó de comer. El corazón empezó a latirle más fuerte, no de ansiedad, sino de pura emoción estratégica.
—Dios mío... tengo la bola de cristal en la mano —dijo, con una sonrisa creciéndole en los labios.
Volvió a mirar el saldo bajo. No tenía mucho, pero tenía lo suficiente para hacer una inversión inicial. ¿Y si lo hacía ahora? ¿Si ponía cada centavo que tenía en esas acciones exactas?
Dentro de un año, dos años... no voy a necesitar depender de nadie, pensó, con los ojos brillando. Voy a tener dinero. Mucho dinero. Voy a poder comprar mi propia casa, viajar, vivir bien, mientras Frank sigue dependiendo de su sueldo y de la suerte... o mejor dicho, mientras él y Lucia tienen que romperse el lomo para sobrevivir como me lo rompí yo.
La idea era perfecta. No solo iba a unir a los dos y dejarlos en la miseria emocional. Iba a asegurarse de volverse rica y poderosa, y que ellos quedaran en la misma escasez que ella vivió, pero ahora sin ella para pagar las cuentas.
—Voy a comprar unas veinte acciones —decidió, cerrando la laptop—. Voy a invertirlo todo. Es mi plan B, mi seguro contra el futuro.
Se comió la tortilla con sabor a victoria. Por primera vez en mucho tiempo, mirar la cuenta bancaria no la ponía triste. Aquello era la semilla de su independencia.
—Gracias, Frank —dijo en voz alta, brindando con el vaso de jugo hacia la nada—. Gracias por habérmelo contado todo en la otra vida. Ahora ese secreto es mío, y me va a llevar a la cima.
Y mientras ella planeaba su fortuna, a kilómetros de ahí, Frank y Lucia probablemente estaban riéndose y comiendo sushi, creyendo que le llevaban ventaja. Pobres infelices. No tenían idea de que la "tonta" que creían engañar estaba a punto de convertirse en la mujer más rica y poderosa que conocerían jamás.
El juego financiero también había comenzado.