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Estoy De Vuelta

Estoy De Vuelta

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Traiciones y engaños / Reencarnación
Popularitas:976
Nilai: 5
nombre de autor: Isa Yguaro

El mundo de Julián se desplomó el mismo día en que descubrió que la lealtad tiene un precio. Lo tenía todo: un imperio financiero en ascenso, la admiración de la alta sociedad y el amor de la mujer con la que planeaba pasar el resto de sus días. Pero la ambición ciega de su mejor amigo destruyó cada uno de sus logros en cuestión de meses. Traicionado, despojado de su fortuna y abandonado por su prometida.
Su final no tuvo ni un ápice de gloria. Murió solo, tirado en un callejón frío, ahogado con un mendrugo de pan duro mientras hurgaba entre los desperdicios para sobrevivir un día más. Pero la muerte no fue el final; fue la grieta que reescribió su destino.

Al abrir los ojos de golpe, el olor a basura y el dolor en la garganta desaparecieron. Frente a él, el reflejo del espejo de su antiguo pent-house le devolvió la mirada. Estaba tres años atrás, intacto. haría que cada traidor pagara el precio exacto de su ambición.

NovelToon tiene autorización de Isa Yguaro para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9: Frijoles para el Alma

El aguacero se desató pasadas las siete de la noche con una violencia voraz que transformó las aceras del centro histórico en arroyos de agua turbia. Los transeúntes corrían a refugiarse bajo las cornisas de los edificios coloniales, mientras el agua repicaba con fuerza contra la lona azul de "La Sazón de Jimena".

En la esquina de la acera, el aire olía a tierra mojada, asfalto caliente y al humo denso que se desprendía de la cocina de Jimena.

Julián llegó a pie, cubriéndose apenas con un paraguas ejecutivo que amenazaba con volarse con las ráfagas de viento. Traía las mangas de su camisa blanca remangadas hasta los antebrazos y los pantalones empapados de la rodilla para abajo.

Cuando vio que el viento soplaba la lluvia hacia adentro del Puesto de Comida Cobre y Acero Inoxidable, no lo pensó dos veces. Tiró su paraguas a un lado de la barra y se metió de lleno bajo la lona para sostener uno de los tubos de soporte que crujía bajo la fuerza de la tormenta.

—¡Julián! ¿Qué haces aquí? ¡Te vas a empapar! —gritó Jimena por encima del estruendo del agua, intentando sostener la otra esquina del puesto mientras aseguraba las banquetas plásticas azules.

—¡El viento se va a llevar la lona si no amarramos esto! —respondió él, aplicando toda la fuerza de sus hombros contra el tubo de metal.

Entre los dos, luchando contra la fuerza de la corriente y la lluvia helada, lograron asegurar las cuerdas de las esquinas a los postes de luz cercanos. Cuando por fin bajaron los plásticos laterales para cubrir el interior, el espacio quedó reducido a un refugio íntimo, iluminado únicamente por el foco amarillo incandescente que colgaba del centro y el fuego azul de los fogones a gas.

Fuera, el diluvio caía sin tregua; dentro, la pequeña cocina ambulante emanaba un calor reconfortante.

Julián se dejó caer en una de las sillas plásticas, resoplando, con el cabello negro pegado a la frente por el agua y la camisa húmeda marcando la firmeza de su torso. Se pasó las manos por la cara y soltó una carcajada limpia, genuina, que rebotó en las láminas del puesto.

Jimena, que sostenía un trapo de cocina contra su pecho mientras intentaba recuperar el aliento, lo miró atónita.

—¿De qué te ríes, trajeado? Estás hecho un desastre. Tu traje carísimo debe estar arruinado.

—Me río de que pasé todo el día metido en reuniones con hombres que manejan millones y ninguno de ellos tiene la mitad de la fuerza que tú tienes para sostener este puesto —dijo Julián, alzando la mirada hacia ella. Sus ojos oscuros resplandecían con un brillo cálido, completamente despojados de la frialdad corporativa—. Además... no me acuerdo de la última vez que me sentí tan vivo.

Jimena sintió que el corazón le daba un vuelco en el pecho. Para ocultar el leve rubor que le subió por las mejillas, tomó una franela seca y se la lanzó a la cara.

—Cállate y sécate el pelo antes de que te me enfermes aquí. No me conviene que un millonario muera de neumonía en mi barra; la policía me cerraría el negocio.

Julián tomó la franela y se secó el rostro y la cabeza, observando cómo Jimena destapaba una olla de barro de la que emanaba un vapor denso con olor a epazote, ajo, cebolla frita y chile serrano.

—¿Qué es eso? —preguntó él, estirando el cuello.

—Frijoles negros de la olla, recién refritos con manteca y un toque de chicharrón —contestó ella, sirviendo dos tazones de barro humeantes—. Ya cerré por hoy, el agua espantó a los clientes. Así que vas a cenar conmigo. Nada de comida fina de restaurante. Comida de verdad, para el alma.

Jimena colocó un tazón frente a Julián junto con una cesta de tortillas de maíz recién hechas y se sentó en la banqueta de al lado.

Julián tomó la cuchara y probó la primera cucharada. El sabor era espeso, profundo, cargado de una sazón casera que parecía disipar de golpe todo el cansancio, la paranoia de la venganza y el trauma de sus días de indigencia en la vida pasada. Cerró los ojos durante un largo segundo, dejando que el calor del plato le llenara el pecho.

—Esto... es maravilloso, Jimena —dijo con la voz suave, casi rasposa por la emoción—. Sabe a hogar.

—Mi mamá dice que el secreto de los frijoles no es la sal, sino la paciencia —comentó Jimena, mirando la superficie de su propio tazón con una mueca agridulce—. Hay que dejarlos hervir lento, sin prisa, hasta que suelten todo el sabor.

Julián notó de inmediato el cambio en el tono de su voz. Dejó la cuchara sobre la barra y se giró en la banqueta para quedar frente a ella.

—Hablas mucho de tu mamá, pero tus ojos se ponen tristes cada vez que la mencionas. ¿Pasó algo hoy?

Jimena apretó la tortilla que tenía entre los dedos. El ruido de la lluvia golpeando el plástico lateral creaba una atmósfera de confidencialidad absoluta donde las máscaras resultaban imposibles de sostener.

—Mi padrastro... hoy volvió a quitarle el dinero de las ventas que ella hace por su cuenta —confesó Jimena en un susurro, apretando los dientes para contener la rabia—. Ella teje carpetas y vende postres en el barrio. Llevaba dos semanas juntando para comprarse una medicina para la presión y ese infeliz se lo quitó todo diciendo que era para "pagar servicios". Lo peor es que ella lo justifica, dice que no tiene a dónde más ir... que sin él no es nada.

Una lágrima contenida resbaló por la mejilla de Jimena. Se la limpió rápidamente con el dorso de la mano, frustrada por mostrar debilidad.

—Me da una impotencia que me quema por dentro, Julián —continuó ella, mirándolo fijamente—. Trabajo catorce horas diarias aquí, aguanto el frío, la lluvia, los borrachos y a los ricos prepotentes, todo para juntar el dinero del depósito de un departamento propio. Quiero sacarla de esa casa. Quiero que vuelva a sonreír sin pedirle permiso a nadie.

Julián la escuchó en absoluto silencio. La rabia que vio en los ojos de Jimena era una emoción que él conocía a la perfección: era la misma rabia impotente que él sintió cuando Marcos e Isabella le arrebataron su vida. Pero mientras él había regresado al pasado impulsado por la venganza y el orgullo, la lucha de Jimena estaba alimentada por un amor puro, generoso y desinteresado hacia su madre.

Extendió la mano sobre la barra de acero y, sin dudarlo, cubrió la mano de Jimena con la suya. El contacto fue cálido, firme y reconfortante.

—La vas a sacar de ahí, Jimena —dijo Julián con una convicción tan helada y absoluta que a ella le erizó la piel—. Te lo juro por mi vida. No estás sola en esto.

Jimena alzó la vista y se encontró con los ojos de Julián. A la luz tenue del foco amarillo, la distancia entre el magnate de traje y la muchacha del puesto callejero se disolvió por completo. Vio en él a un hombre que entendía el dolor verdadero, alguien que no la miraba con lástima, sino con un respeto profundo que nunca antes nadie le había ofrecido.

—¿Por qué te importa tanto mi historia, Julián? —preguntó ella en un murmullo, sintiendo que el pulso se le aceleraba bajo el contacto de su mano—. Apenas me conoces.

—Porque sé lo que es estar atrapado en el infierno y sentir que nadie va a venir a ayudarte —respondió él con sinceridad absoluta, apretando levemente sus dedos—. Y porque tú eres la primera persona en años que me mira a los ojos sin buscar sacarme nada a cambio.

Jimena no retiró la mano. Un silencio cargado de una química intensa y sutil se apoderó del pequeño remolque. Afuera, la tormenta comenzaba a perder fuerza, transformada en un chirimiri constante, pero dentro de la lona azul, la primera chispa de algo mucho más profundo que la gratitud acababa de encenderse de manera irreversible.

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Maria Cristina Roldan Rodam
aparenta ser muy interesante
Isa Yguaro: Espero que sea de su agrado. Si tiene alguna sugerencia, la recibiré con gusto.
total 1 replies
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