Nadie te advierte sobre la gravedad de las pequeñas cosas.
En los libros y en las películas, el amor se mide en grandilocuencias: carreras bajo la lluvia a través de un aeropuerto, declaraciones apasionadas frente a una multitud, bailes a la luz de las velas con música de cuerdas resonando de la nada. Te enseñan a buscar la chispa, el momento cinematográfico donde dos miradas se cruzan y el universo entero parece guardar silencio.
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Capítulo 2: El territorio del cepillo de dientes
El primer amanecer en el apartamento 4B no trajo el canto suave de los pájaros ni la luz cálida entrometiéndose poéticamente por la cortina. Trajo la alarma del teléfono de Valeria a las 6:30 de la mañana y un choque frontal de realidades en el espacio de dos metros cuadrados que llamaban baño.
Valeria entró con su bata de seda perfectamente anudada y el cabello recogido en una pinza. Tenía la secuencia cronometrada desde hacía años: lavado de cara con jabón neutro, sérum hidratante, cepillado de dientes en movimientos circulares de dos minutos y peinado. Un ritual sagrado de orden que preparaba su mente para el día de trabajo.
El problema fue que, exactamente a las 6:32, la puerta se abrió de golpe y entró Leo.
—Buenos días, mi amor —murmuró él con voz cavernosa de recién despierto, vistiendo solo un pantalón de pijama descolorido y despeinado como si hubiera sobrevivido a un huracán.
Sin pedir permiso, se abrió paso hasta el lavabo, desplazando suavemente a Valeria con la cadera. Se inclinó, abrió el grifo al máximo y se mojó la cara haciendo un ruido similar al de un morsa emergiendo del agua, salpicando gotas por todo el espejo que Val acababa de limpiar la noche anterior.
—Leo —dijo ella, congelándose con el bote de sérum en la mano—. Estoy usando el baño.
—Hay espacio para dos, Val. Somos un equipo —respondió él con una sonrisa perezosa mientras agarraba su cepillo de dientes de la mochila.
—No hay espacio para dos. Si tú te inclinas, mi brazo choca con la pared. Y estás salpicando el espejo.
—Es solo agua, mi vida, se seca —dijo Leo, metiéndose el cepillo en la boca y empezando a cepillarse con un entusiasmo desmedido mientras tarareaba la melodía de una canción de salsa.
Valeria observó en horror contenido cómo una pequeña gota de pasta de dientes caía directamente sobre su frasco de crema facial importada. Cerró los ojos. Inhaló en cuatro tiempos. Exhaló.
—Leo, el baño es un espacio de transición delicado. Necesito mi espacio para alistarme.
—Y yo necesito llegar a tiempo al restaurante para recibir al proveedor de mariscos —contestó él, escupiendo en el lavabo sin enjuagar los residuos de espuma—. Si hacemos un turno cada uno, perdemos veinte minutos. Hay que optimizar.
—¿Optimizar? ¡Tú estás usando mi toalla de cara para secarte las manos!
Leo se detuvo con la toalla pequeña de microfibra rosa a medio camino de la cara. Miró la toalla, luego a Valeria, y parpadeó con auténtica confusión.
—¿Hay toallas específicas para la cara y para las manos? Pensé que una toalla era una toalla.
—¡Esa toalla cuesta más que tu juego de llaves Allen! —exclamó ella, sintiendo que la calma matutina se evaporaba por completo.
Leo soltó una carcajada limpia y franca, atrayéndola de la cintura a pesar de la resistencia inicial de ella.
—Bienvenida a la convivencia, diseñadora. Prometo comprarte una toalla nueva. Pero ahora, déjame compartir el cepillo de dientes contigo sin que parezca un juicio militar.
Valeria miró el espejo salpicado, su toalla profanada y la sonrisa descarada de Leo. Suspiró, rindiéndose a medias, y volvió a tomar su cepillo. El territorio del baño había sido invadido, y la negociación apenas comenzaba.