Hay sentimientos que nacen sin pedir permiso... y secretos que pueden cambiarlo todo
Ella nunca imaginó que conocer a aquella persona cambiaría su manera de ver el mundo. Entre miradas, conversaciones inesperadas y momentos que parecían insignificantes, comenzó a surgir algo que ella no se atrevía a reconocer
Pero todo no es tan sencillo como parece. Hay cosas que deben permanecer ocultas, emociones que cuestan admitir y secretos que, tarde o temprano, terminan saliendo a la luz
Mientras intenta descubrir qué significa realmente lo que siente, tendrá que enfrentarse a sus miedos, a las dudas y a las circunstancias que amenazan con separarlos
Porque aveces el amor más intenso es precisamente aquel que nadie puede conocer
¿ Hasta dónde estarías dispuesto a llegar para proteger un amor que debe permanecer en secreto?
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El primer mensaje
Aquella noche, Lucía, de 16 años, permaneció varios minutos mirando la pantalla de su teléfono. El nombre seguía allí. Javier Torres.
Había pensado en escribirle durante todo el día. Había imaginado diferentes formas de comenzar una conversación, pero ninguna le parecía adecuada. Le daba vergüenza, le daba nervios y al mismo tiempo le daba ilusión.
Finalmente, respiró profundamente y abrió el chat. Escribió: Hola, soy Lucía, la sobrina de Carlos. ¿Te acuerdas de mí?
Lo leyó una vez. Luego otra vez. Se dijo a sí misma: Bueno... ya está. Y pulsó enviar antes de que pudiera arrepentirse.
Durante unos segundos no ocurrió nada. Lucía dejó el teléfono sobre la cama y trató de convencerse de que no estaba esperando una respuesta. No funcionó. Su corazón latía rápido.
Lo tomó nuevamente. Nada. No había doble check. Pasaron cinco minutos. Después diez minutos. Lucía comenzó a pensar que quizás había cometido un error. Tal vez Javier no recordaba quién era. Tal vez ni siquiera tenía aquel número guardado. Tal vez ya no era su número.
Entonces apareció en la pantalla: Mensaje nuevo.
Lucía abrió los ojos con sorpresa. Era él.
Javier: Hola Lucía. Sí, claro que me acuerdo de ti. ¿Cómo estás?
Lucía se quedó mirando la pantalla. No pudo evitar sonreír. Había pensado que quizás tendría que explicarle quién era, pero él la había reconocido inmediatamente.
Escribió: Pensé que no te acordabas.
La respuesta llegó poco después.
Javier: Ha pasado bastante tiempo, pero sí me acuerdo. ¿Cómo vas en la prepa?
Lucía apoyó la espalda contra la pared de su habitación. Aquel pequeño intercambio significaba mucho más para ella de lo que probablemente significaba para él. Para él era un saludo casual. Para ella era volver a hablar con alguien que había estado en sus pensamientos durante años.
La conversación continuó durante un rato. Hablaron de Carlos, de la ciudad, de los estudios, de cómo habían cambiado las cosas desde aquella época en que se veían en casa de Jessica, su prima.
Lucía descubrió que Javier ya no vivía en la ciudad. Ahora vivía en otra ciudad por la universidad. También supo que seguía manteniendo contacto con Carlos y con Jessica de vez en cuando. Cada nueva respuesta hacía que la conversación resultara un poco más natural, un poco menos tensa.
Hasta que Javier preguntó: ¿Y qué tal te ha ido todos estos años?
Lucía pensó antes de responder. Quería sonar madura. Tenía 16 años y no quería sonar como una niña.
Lucía: Bien. He cambiado bastante.
Javier: ¿Sí?
Lucía: Mucho.
Javier: Entonces algún día tendrás que contarme cómo has cambiado.
Lucía sonrió al leerlo. Pero después dejó el teléfono sobre la cama. Aquella frase, aunque sencilla, hizo que pensara demasiado. Hizo que se imaginara contándole cosas, viéndolo de nuevo, hablando frente a frente.
Ella había esperado durante mucho tiempo volver a hablar con Javier. Ahora finalmente estaba sucediendo. Pero algo era diferente.
Antes había conocido solamente una imagen de él. El chico mayor, el amigo de su tío, el primo de Jessica, el que siempre estaba rodeado de gente mayor. Ahora podía conocer a la persona real, a través de mensajes. Y eso le provocaba una mezcla de emoción y nervios que no sabía explicar.
Al día siguiente, Carla y Sofía notaron inmediatamente que Lucía estaba de buen humor en la preparatoria.
—¿Qué te pasa? —preguntó Carla mientras se sentaban en el patio.
—Nada —respondió Lucía intentando disimular.
—Otra vez "nada" —dijo Sofía entre risas—. Últimamente dices mucho "nada" y sonríes mucho.
Lucía intentó disimular.
—Simplemente estoy contenta. Saqué buena calificación.
Sofía la miró con curiosidad.
—¿Seguro? Te ves diferente.
Lucía asintió, pero no podía contarles todavía. No sabía cómo explicar que, después de tanto tiempo, había vuelto a hablar con Javier. Y mucho menos sabía qué pensar de aquella conversación. Por ahora prefería guardárselo para ella.
El secreto seguía siendo suyo. Pero esta vez había algo diferente. Ya no era un sentimiento guardado únicamente en sus pensamientos. Ahora existía una conversación. Un contacto. Una conexión con alguien que había formado parte de sus recuerdos.
Y Lucía todavía no sabía adónde la llevaría.
Durante los siguientes días, la conversación con Javier continuó de forma intermitente. A veces hablaban todos los días, a veces pasaban dos días sin mensajes. Lucía, de 16 años, aprendió a no esperar el teléfono con ansiedad. Aprendió a seguir con su vida en la prepa, con sus amigas, con sus tareas, pero guardando siempre un pequeño espacio para aquel chat.
Carla comenzó a sospechar que algo pasaba.
—Estás mucho con el teléfono —le dijo una tarde.
—Estoy hablando con alguien de la prepa —mintió Lucía.
—¿Alguien? —preguntó Carla con sonrisa pícara.
—Alguien.
Sofía, que escuchaba desde un lado, no dijo nada, pero observó a Lucía con más atención que antes.
Lucía sabía que tarde o temprano tendría que contarles. Pero todavía no. Todavía quería entender ella misma qué era lo que estaba sintiendo. A sus 16 años, todo se sentía más intenso, más real. Ya no era una ilusión pasajera.
Javier, por su parte, la trataba con naturalidad, como a la sobrina pequeña de su amigo Carlos que había crecido. No parecía verla de otra manera. Y eso, aunque a veces la hacía sentir un poco decepcionada, también la tranquilizaba.
Una noche, Javier le escribió: ¿Sigues yendo a casa de Jessica?
Lucía respondió: A veces. Ya no tanto como antes.
Javier: Ella me contó que estás en prepa ya. Se te pasa rápido el tiempo.
Lucía sonrió. Sí, el tiempo se pasaba rápido. Y ella, a sus 16 años, sentía que estaba justo en medio de un cambio importante. Entre la chica que había sido y la mujer que quería ser.
aunque no sé cómo, por la distancia