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Reencarne Para Amar Por Primera Vez.

Reencarne Para Amar Por Primera Vez.

Status: En proceso
Genre:Multi-reencarnación / Reencuentro / Terror
Popularitas:468
Nilai: 5
nombre de autor: Joiss Martinez

Elena es una psicóloga pragmática con un secreto que maneja en estricta privacidad: tiene la capacidad de ver y escuchar a las personas que recién han fallecido, ayudándolas a cerrar asuntos pendientes para poder marchar en paz.

Su rutina profesional se quiebra la noche en que se cruza con el fantasma de un hombre. A diferencia de sus pacientes habituales, él no busca consuelo: busca respuestas. Era un criminal a sueldo ejecutado por sus propios aliados tras fallar en su última misión: asesinar a Elena. El problema es que él tampoco sabe por qué fue incapaz de apretar el gatillo cuando la tuvo enfrente.

Mientras la sombra de este hombre la acecha buscando entender qué los conecta, Elena comienza a experimentar recuerdos que no le pertenecen y visiones de épocas que jamás vivió. Para salvar su vida en el presente, Elena deberá descubrir qué secreto del pasado los ató la primera vez... y por qué alguien está dispuesto a matarla de nuevo.

NovelToon tiene autorización de Joiss Martinez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22: El peso de lo cotidiano.

El descenso por el sendero arbolado no se sintió como una huida, sino como un regreso lento a la realidad. Las hojas húmedas por la llovizna nocturna brillaban bajo la luzdorada de la mañana, y el sonido del río, que horas atrás parecía rugir con amenaza, ahora fluía con un murmullo constante y pacífico.

Alana caminaba al lado de Gabriel, sintiendo el cansancio acumulado en cada músculo. El peso físico de la noche comenzaba a reclamar su lugar: las piernas le pesaban, la tela de la chaqueta aún conservaba la humedad de la niebla y la correa del morral le marcaba el hombro. Sin embargo, dentro de su pecho ya no existía la opresión helada que la había acompañado desde que descubrió las visiones. El reloj de arena y el espejo de plata descansaban en el fondo de su bolso, sin emitir zumbidos ni pulsaciones mágicas. Eran, por primera vez en siglos, simples objetos de metal y cristal.

Al llegar a la carretera secundaria donde Gabriel había dejado aparcado el vehículo la tarde anterior, el contraste fue casi chocante. El zumbido distante del tráfico de la autopista y el parpadeo constante de un semáforo a lo lejos les recordaban que el mundo moderno nunca se había detenido.

Gabriel abrió la puerta del copiloto para ella. Antes de subir, Alana se giró un segundo para mirar hacia la espesura de la montaña. La cima de la colina apenas se distinguía entre la bruma matutina; la Ermita del Reloj había vuelto a ser lo que a ojos del mundo siempre fue: una estructura antigua e ignorada devorada por la vegetación.

—Se acabó —dijo en voz baja, más para sí misma que para él.

—Se acabó —confirmó Gabriel, rodeando el auto para sentarse al volante.

Al poner el motor en marcha, el calor de la calefacción comenzó a llenar el habitáculo. El silencio entre los dos durante los primeros kilómetros no era incómodo ni tenso; era el silencio reparador de quienes han compartido una batalla invisible para el resto del planeta. Gabriel conducía con una sola mano sobre el volante, mientras que la otra buscaba la de Alana en el asiento central, manteniendo sus dedos entrelazados sobre la consola.

A medida que se adentraban en las calles de Toronto, la ciudad despertaba con su ritmo habitual. Los autobuses universitarios comenzaban sus rutas, los puestos de café desplegaban sus toldos y los transeúntes caminaban apresurados con abrigos oscuros, ajenos por completo a la fuerza antigua que acababa de pacificarse a pocos kilómetros de allí.

El auto se detuvo finalmente frente al edificio de apartamentos de Alana. Al apagar el motor, el silencio regresó entre los dos, interrumpido únicamente por el leve chasquido del metal enfriándose.

Alana miró a Gabriel. Las ojeras marcadas bajo sus ojos delataban la vigilia, pero la rigidez en su postura había desaparecido. Ya no era el guardián en alerta permanente; era el hombre que la miraba con una devoción serena y transparente.

—¿Tienes clases esta tarde? —preguntó ella, rozando con el pulgar el dorso de la mano de él.

Gabriel dejó escapar una pequeña sonrisa, la primera verdaderamente relajada que Alana le veía en semanas.

—Tengo un seminario a las dos —respondió él, inclinando la cabeza ligeramente—. Pero dudo que pueda concentrarme en la historia antigua cuando acabo de vivirla contigo.

Alana soltó una risa suave, sintiendo una calidez reconfortante extenderse por su rostro.

—Necesitamos descansar —dijo ella, aunque no hizo amago de soltarle la mano—. Y preparar un café enorme antes de intentar ser estudiantes normales otra vez.

—Sube a tu departamento —pidió Gabriel con voz suave, acercándose para darle un beso cálido y pausado en la frente, justo donde la piel aún conservaba el recuerdo del aire helado de la torre—. Yo iré a cambiarme y volveré en un par de horas. No pienso dejarte sola hoy.

Alana asintió, sintiendo que esa promesa sencilla tenía más peso que cualquier juramento antiguo. Bajó del vehículo, sujetando su morral con firmeza, y caminó hacia la entrada del edificio. Cuando el ascensor la llevó al piso superior y cruzó el dintel de su propio hogar, el aroma familiar de su apartamento la recibió como un abrazo.

Dejó el morral sobre la mesa del comedor, sacó el reloj de arena y el espejo, y los colocó junto a la ventana donde daba la luz del sol. El cristal reflejó el cielo azul de la ciudad sin sombras, sin símbolos arcanos y sin llamadas del pasado.

Alana caminó hacia el espejo del recibidor y se retiró el cabello de la nuca. Los tres lunares en forma de triángulo seguían allí, marcados en su piel, pero el ardor abrasador había desaparecido por completo. Al tocar la zona con la punta de los dedos, solo sintió el pulso tranquilo de su propia vida.

La reencarnación ya no era una condena ni un enigma por resolver; era simplemente la oportunidad que Elena y el guardián habían esperado durante trescientos años para poder, al fin, amarse en paz.

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