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VALLA DON PANCRACIO

VALLA DON PANCRACIO

Status: Terminada
Genre:Comedia / Completas
Popularitas:127
Nilai: 5
nombre de autor: Lohendy G

Divierte

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La misa y los visitantes

Era domingo por la mañana. Las campanas de la iglesia repicaban con alegría llamando a misa, y el pueblo se vistió de sus mejores galas para ir al templo. Aquel día era especial, porque el Padre Juan había invitado a celebrar la santa misa a su gran amigo de toda la vida: el Padre Silverio, un sacerdote anciano, de barba larga y blanca, con ojos bondadosos y voz suave como la miel. Y no venía solo: lo acompañaba su fiel sobrino Lucas, un joven trabajador, amable y siempre dispuesto a ayudar a quien lo necesitara.

Todos llegaron puntuales a la iglesia:

• Don Pancracio y Doña Candelaria, él con su sombrero en la mano y caminando muy derecho para parecer respetable, aunque no dejaba de mirar de reojo hacia la puerta por si alguien llegaba tarde.

• Doña Loli y Don Basilio, elegantes como siempre; él se había peinado su gran bigote con esmero, y ella lucía un vestido hermoso que iluminaba el lugar.

• Don Filemón y Doña Filomena, que llegaron apurados porque él se había quedado dormido y casi no llegan a tiempo.

• Los primos Don Toribio, Don Eustaquio y Doña Chonita, que saludaban a todos con entusiasmo.

• La tía Doña Pancha y los gemelos Tadeo y Toribita, que esta vez se portaron muy bien, sentaditos y sin correr, porque Doña Pancha les había advertido que si se portaban mal no probarían ni un dulce en todo el día.

• Y al fondo, discretos, estaban Doña Carmen y Don Marcelo, tomados de la mano y escuchando todo con atención.

Cuando entraron al altar el Padre Juan y el Padre Silverio, todos guardaron silencio y se arrodillaron con respeto. El Padre Silverio habló con tanta ternura y sabiduría que nadie apartaba la mirada de él. Lucas, su sobrino, ayudaba en el altar con mucha modestia y esmero.

En su plática, el Padre Silverio dijo:

—La casa de Dios es también la casa de todos ustedes. Aquí no hay enemigos ni distancias. Aquí todos somos hermanos, sin importar si somos ricos o sencillos, si vivimos cerca o lejos. ¡El amor de Dios nos une a todos por igual!

Al escuchar esas palabras, Don Pancracio miró sin querer hacia Don Basilio. Este, al notarlo, le devolvió una sonrisa tranquila. Don Pancracio sintió que algo se le ablandaba en el pecho y, por primera vez sin rencor, asintió con la cabeza. Algo muy bonito estaba ocurriendo entre ellos.

Durante la misa, los gemelos se portaron de maravilla. Lucas, al verlos tan atentos, les guiñó un ojo cariñosamente, y ellos sonrieron tímidos. Doña Candelaria no dejaba de dar gracias a Dios por tener a su familia, a sus amigos y por ver cómo poco a poco las diferencias se iban quedando atrás.

Al terminar la ceremonia, todos salieron al atrio para saludar a los visitantes. El Padre Silverio y Lucas saludaron a cada persona con cariño, preguntando por sus familias y deseándoles bendiciones. Lucas, además, se ofreció a ayudar a quien necesitara cualquier cosa mientras estuvieran de visita en el pueblo.

—Qué palabras tan hermosas dijo usted, Padre —le dijo Don Pancracio acercándose con respeto—. Me han llegado al corazón.

—Me alegra mucho escuchar eso, hijo —respondió el anciano sacerdote poniéndole una mano en el hombro—. Que la paz reine siempre entre ustedes y sus semejantes.

Don Basilio también se acercó y dijo:

—Gracias por su mensaje, Padre. Nos ha recordado lo que de verdad importa.

Y así, aquella misa dominicana se convirtió en un día inolvidable. Los nuevos personajes trajeron consigo un mensaje de unión, perdón y hermandad. Al regresar a casa, Don Pancracio caminaba pensativo pero tranquilo, y hasta le dijo a Doña Candelaria:

—Sabes, mujer... creo que el Padre Silverio tiene toda la razón. Si Dios nos ama a todos por igual, ¿quiénes somos nosotros para no llevarnos bien?

Esa tarde, el sol brilló más que nunca sobre el pueblo, y hasta Doña Cleotilde, que los esperaba en el patio, parecía escuchar con alegría las buenas noticias que traían sus dueños desde la iglesia.

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