La Protagonista Marcela: Dulce, obediente y sumisa en apariencia ante su esposo, pero una mente brillante, estratega y creadora de best-sellers mundiales en secreto. Lleva 25 años guardando su identidad con ayuda de su abogada y sus dos fieles amigas.
El Esposo Patricio: Magnate de los restaurantes, controlador y narcisista. Cree que tiene el control absoluto y decide humillarla públicamente para pedirle el divorcio, sin saber que está pisando un terreno minado. Lleva 10 años con una doble vida.
Los Aliados Clave:
Sus tres hijos: Aman a su madre profundamente y el mayor no duda en encarar al padre.
Las dos amigas Regina y Paulina: Cómplices del secreto literario y testigos de la falsedad del empresario.
El Presidente de la Nación: Su amor de juventud, viudo, padre de dos hijas y profundamente enamorado de ella desde siempre. Es el apoyo inesperado que le recuerda lo mucho que vale.
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LAS CENIZAS DE UN AMOR POSTERGADO
La pantalla del ordenador quedó completamente en negro, reflejando como un espejo oscuro el rostro devastado de Marcela. En el estudio de la mansión reinaba un silencio sepulcral, roto únicamente por los sollozos ahogados y temblorosos que escapaban de los labios de la escritora. Sus manos, que aún temblaban con violencia, cayeron laciamente sobre el escritorio de caoba, incapaces de sostener el peso de una realidad que se había desmoronado en cuestión de minutos.
Paulina y Regina se acercaron de inmediato, con el rostro pálido y los ojos anegados en lágrimas de pura impotencia. Regina, la misma que siempre guardaba un comentario sarcástico o una broma mordaz para cada ocasión, se quedó sin palabras. El dolor que emanaba de su amiga era tan espeso y palpable que cortaba la respiración.
—Marcela... respira, por favor. Mírame —suplicó Paulina, arrodillándose junto a su silla y tomando sus manos frías entre las suyas—. Lo que pasó fue una colisión inevitable de dos mundos que llevaban veinticuatro años conteniendo una bomba de tiempo. Él está herido, furioso, con el orgullo y el alma destrozados. Dale tiempo.
—Ya no hay tiempo, Paulina... —balbuceó Marcela con un hilo de voz apenas perceptible, con los ojos avellana fijos en la nada, vacíos de esperanza—. Escuchaste lo que dijo. Me vio a los ojos y me escupió que nunca lo amé. Me reprochó cada año, cada segundo que pasé intentando sobrevivir bajo el yugo de Patricio. Él cree que elegí esa vida por comodidad, cree que fui cómplice de mi propia condena.
Andrés, que había permanecido estático junto al escritorio durante toda la videollamada, sintió que una ola de culpa le desgarraba las entrañas. Se inclinó hacia su madre, apoyando una mano firme sobre su hombro tembloroso.
—Mamá, la culpa no es tuya... es mía por haber querido forzar las cosas —dijo el joven con la voz rota, tragándose las lágrimas—. Fui yo quien le exigió que asumiera la verdad, fui yo quien te arrinconó. Si alguien tiene que pagar por haber destrozado lo poco que le quedaba de paz a ese hombre, soy yo. Voy a ir a verlo. Voy a ir al palacio presidencial a explicarle todo.
Marcela negó con la cabeza lentamente, cerrando los ojos mientras las lágrimas seguían surcando sus mejillas sin tregua.
—No, Andrés... no vayas. Ahora mismo no te va a escuchar —respondió ella con una resignación dolorosa—. La rabia y el dolor que siente Santiago son demasiado grandes. Ha estado cargando con el fantasma de un amor que creía traicionado durante media vida. Cuando un hombre como él se quiebra, no destruye a los demás por maldad, sino porque el alma le sangra. Déjalo en paz.
Mientras tanto, a kilómetros de distancia, en el corazón del palacio de gobierno, el despacho presidencial era la estampa misma de la desolación.
Santiago Pineda caminaba de un lado a otro entre los cristales rotos, los papeles esparcidos y los libros caídos. Su corbata yacía tirada en el suelo, la camisa blanca estaba desabotonada en el cuello y sus manos, ligeramente cortadas por los vidrios al intentar limpiar la mesa, sangraban en silencio sin que él prestara la menor atención.
El dolor físico que sentía en las palmas de las manos era insignificante comparado con el vacío abrasador que le devoraba el pecho. Durante veinticuatro años había guardado el recuerdo de Marcela como un altar intocable. Había rechazado a otras mujeres, había convertido su soledad en una trinchera y había alimentado la ilusión secreta de que, algún día, el destino les daría una segunda oportunidad. Y ahora, la revelación de que ella había tenido un hijo suyo —un hijo al que vio crecer desde la distancia sin saberlo— y que, al mismo tiempo, había compartido su lecho y su vida con el hombre que los destruyó, se sentía como una traición imperdonable.
“El que ama no daña... el que ama no miente.”
Las palabras que le había gritado a través de la pantalla resonaban en su propia mente como un eco sordo y punzante. Se dejó caer pesadamente sobre el único sillón que había quedado en pie, enterrando el rostro entre sus manos manchadas de sangre seca y lágrimas. El hombre más poderoso del país, el líder de una nación entera, se sentía en ese momento más impotente y huérfano que nunca. Había ganado todas las batallas políticas, pero acababa de perder la única guerra que realmente le importaba en la vida.
Las horas pasaron en un parpadeo denso y gris. En la mansión, Marcela se había encerrado en su estudio, negándose a encender el teléfono, sintiendo que cada latido de su corazón era un recordatorio de lo que acababa de perder. Había luchado contra el monstruo de su matrimonio, había desmantelado un imperio financiero de mentiras y había recuperado su libertad jurídica y literaria; pero en el altar de esa victoria, su propio corazón había quedado reducido a cenizas.
El viento de la tarde comenzó a sacudir los ventanales con fuerza, anunciando una tormenta que amenazaba con descargar toda su furia sobre la ciudad, un reflejo exacto del caos que se había desatado en el interior de dos almas que, después de veinticuatro años de silencio, se habían vuelto a encontrar solo para romperse por completo.