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Tu infidelidad, tu ruina

Tu infidelidad, tu ruina

Status: Terminada
Genre:Venganza / Juego de roles / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:18
Nilai: 5
nombre de autor: Mama Mia

Andrea Montalvo dedicó veinte años de su vida a construir un imperio empresarial junto a su esposo, Rodrigo Villareal. Renunció a su sueño de ser madre para sostener la empresa que los sacó de la nada y los convirtió en una de las parejas más poderosas del mundo de los negocios. Creía que su sacrificio era la prueba más grande de amor.

Hasta que una serie de fotos anónimas le reveló la verdad: Rodrigo llevaba cinco años manteniendo una relación con una mujer más joven, Sofía, con quien ya tenía un hijo y otro en camino.

Otra mujer habría llorado, suplicado o exigido el divorcio. Andrea, no. Andrea decidió destruir.

Con la frialdad de quien lleva dos décadas tomando decisiones multimillonarias, diseñó un plan implacable: si no podía quedarse con la empresa que ella misma levantó —porque la ley obligaba a repartir los bienes gananciales—, entonces se aseguraría de que no quedara nada que repartir. Provocó la quiebra total del Grupo RA, redujo a cenizas el patrimonio que Rodrigo planeaba disfrutar con su amante, y salió caminando sobre los escombros sin voltear atrás.

Pero la venganza fue solo el comienzo.

Mientras Rodrigo se hunde en una espiral de miseria, alcoholismo y violencia, Andrea descubre que su pasado esconde un secreto mucho más grande que cualquier traición conyugal: la verdad sobre sus orígenes, una familia biológica que la creyó muerta durante cuarenta y cinco años, y un hombre que la ha amado en silencio desde que eran niños.

Entre la justicia y la compasión, entre el rencor y la posibilidad de volver a amar, Andrea deberá decidir qué clase de mujer quiere ser cuando los escombros se asienten.

NovelToon tiene autorización de Mama Mia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

03

—Cariño... —la llamó Rodrigo de nuevo. Esa mirada inexpresiva no era nada habitual en ella.

—¿Estás cansada? —preguntó con suavidad, intentando aligerar el ambiente. Con paciencia, le quitó el bolso de la mano y la guio por los hombros hasta el sofá de la sala.

No muestra ni una pizca de culpa después de engañarme, pensó Andrea.

Sus ojos seguían fijos en el rostro de su marido, completamente indescifrables.

El hombre por el que lo sacrifiqué todo resulta que no es más que un miserable.

—Cariño... ¿qué pasa? —insistió Rodrigo, cada vez más inquieto. Andrea llevaba rato mirándolo sin decir una palabra, y esa mirada le erizaba la piel. Algo había cambiado en su esposa esa noche, algo que nunca antes había visto.

—Nada —respondió Andrea, cortante—. Estoy un poco cansada, nada más.

—Ven, descansa un momento —dijo Rodrigo, y cruzó deprisa hasta el comedor. Volvió con un vaso de agua y se lo ofreció a Andrea, que seguía observándolo en silencio.

Tomó el vaso, pero no bebió. Los dedos se le cerraron alrededor del cristal.

¿Será que fui demasiado buena con él, y por eso creyó que hiciera lo que hiciera yo nunca me iba a enojar ni a irme? ¿O será que, ahora que la empresa marcha bien, se siente intocable?

Pero Rodrigo... te equivocas de cabo a rabo. Yo fui la que estuvo contigo en cada tropiezo cuando empezamos. Yo fui la que se partió el alma a tu lado. ¿Y ahora viene otra a disfrutar los resultados sin haber sudado ni una gota? ¿De verdad creen que me voy a quedar de brazos cruzados?

Yo te acompañé desde cero. Yo tejí la red de contactos, construí cada alianza, lo di todo por la felicidad de los dos. Pero resulta que nada de eso significó algo para ti. Así que... no me culpes por recuperar lo que es mío.

Andrea contempló a Rodrigo, que le sonreía con esa naturalidad que antes la desarmaba. Dio un sorbo lento al agua. Él no tenía idea de que, por dentro, el fuego de la venganza ya le ardía con la fuerza suficiente para consumirlo todo.

—Cariño... ¿qué te pasa?

Rodrigo agitó la mano frente a su cara. Andrea tenía la mirada perdida, como si estuviera en otro lugar.

—¿En qué estás pensando? Si hay algún problema, dímelo. Lo enfrentamos juntos. —Las palabras de Rodrigo destilaban una dulzura impecable.

—No es nada —contestó Andrea despacio—. Ah, una cosa. Hoy estoy agotada. Quiero dormir tranquila. Duerme en el cuarto de huéspedes.

Sin esperar respuesta ni protesta, se levantó y se alejó con paso firme, sin hacer caso de Rodrigo cuando le pidió que al menos cenara primero.

Rodrigo la vio irse con la cabeza hecha un torbellino. ¿Qué le estaba pasando a Andrea? ¿Por qué de pronto se había vuelto fría como el hielo? Un presentimiento oscuro le trepó desde la boca del estómago, pero no sabía qué hacer con él.

Mientras tanto, en el dormitorio...

Andrea cerró la puerta, giró el cerrojo y se quedó de espaldas contra la hoja de madera.

—Un hombre que engaña es basura... repugnante —masculló—. No voy a permitir que me vuelva a tocar.

A la mañana siguiente, a la hora de comer.

Andrea estaba sentada sola en un restaurante elegante. Toda la vida había sido ahorrativa: prefería llevarse la comida de casa antes que gastar en un lugar como ese. Todo para juntar patrimonio con Rodrigo, porque él le había prometido que nunca la decepcionaría. Por esa promesa, se privó de todo lo que podía.

Pero ya no más.

No iba a seguir conteniéndose. Compraría lo que quisiera, comería donde le diera la gana. Antes de que el dinero que tanto le costó reunir terminara en manos de la amante, mejor gastárselo ella misma.

El celular le sonó: era su marido. Seguro andaba desesperado en la oficina, porque a esa hora debía haber una reunión con un cliente importante. Pero le daba igual. A partir de ahora no iba a matarse trabajando. Iba a dedicar su tiempo a disfrutar.

Sin embargo, justo cuando el mesero le dejó su pedido en la mesa...

Una mujer visiblemente más joven que ella se acercó, sosteniéndose el vientre abultado. Andrea la reconoció al instante. Sofía. La amante de Rodrigo. Ese rostro se le había grabado a fuego desde las fotos y la escena en el hospital.

Andrea dejó los cubiertos sobre la mesa, reclinó la espalda contra la silla, cruzó los brazos sobre el pecho y la midió con una mirada helada.

Escaneó a Sofía de arriba abajo. La ropa que llevaba era cara, sin duda. Lo mismo las joyas que le centelleaban en el cuello y los dedos.

¿Y de dónde había salido todo eso? Del sudor de Andrea, por supuesto. De las noches en vela, de las estrategias, de las licitaciones ganadas, de una empresa levantada ladrillo a ladrillo. ¿Y ahora esta mujer que nunca se ensució las manos venía a gozar del resultado? ¿Qué derecho tenía?

Ahora te ves muy contenta. Pero se te olvida que lo que se obtiene robando no se disfruta para siempre. Ya llegará tu turno, y ese día no vas a poder mirar a nadie a la cara, pensó.

Sofía se sentó justo frente a Andrea sin pedir permiso, como si quisiera lucir su embarazo a propósito.

—Hola, señora Villareal —saludó con una sonrisa encantadora.

Andrea no respondió. Ni un parpadeo, ni un gesto. Solo esa mirada plana que le perforaba el alma.

—Parece que no me conoce —continuó Sofía, esforzándose por mantener el tono amable aunque el desconcierto empezaba a notársele—. Yo la admiro mucho, señora. Una empresaria brillante, famosa en todo el país. La vi una vez en una gala.

Andrea seguía en silencio. Sin pestañear. La tensión se espesaba con cada segundo.

¡Maldita sea!, pensó Sofía. Me arreglé toda para nada. ¡Ni siquiera reacciona! No puede ser que no sepa quién soy.

Humillada, Sofía decidió retirarse. Con la cara encendida de frustración, recogió su bolso de marca.

—Disculpe... veo que mi presencia la molesta. Me retiro —dijo, y se puso de pie rápidamente para alejarse de la mesa.

Andrea la observó marcharse sin alterar un solo músculo del rostro.

Es joven. Bonita. Se ve que tiene educación, evaluó en silencio. ¿Y entonces por qué prefirió ser la otra?

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