Estela y José se conocen desde la infancia, marcados por una diferencia de edad que parecía un abismo y una eterna relación de perro y gato. Detrás de cada burla y de cada cita saboteada, se escondía un amor tan profundo como doloroso. Al crecer, el orgullo, las malas decisiones y terceras personas los distanciaron, empujando a José a forjar una falsa reputación de hombre frío y mujeriego para proteger su dignidad herida.
Años después, convertidos en dos exitosos profesionales, el destino los obliga a unirse de nuevo. Laura, hermana de José y mejor amiga de Estela, se convierte en el lazo inquebrantable que derriba sus muros. Un inesperado viaje de negocios a la costa y la estrechez de un apartamento compartido encenderán la mecha de una pasión contenida durante una década. ¿Podrán sanar los fantasmas del pasado y admitir que sus corazones siempre se pertenecieron, o el orgullo familiar ganará la última batalla?
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CAPITULO 19. EL SALTO AL VACIO Y LAS BASES DEL NEGOCIO
Parte 1: La perspectiva de José
El crecimiento de TechCore Solutions era innegable, pero mi vida personal seguía estancada en el mismo bucle de aislamiento. Me pasaba las semanas enteras firmando contratos de conectividad, expandiendo mi plantilla y simulando ante los empresarios locales que mi vida era un torbellino de éxitos y conquistas de fin de semana. Sin embargo, toda esa farsa de mujeriego se desvaneció de golpe una tarde de martes, cuando mi madre me llamó al móvil para contarme la última novedad de la familia.
—José, tienes que hablar con tu hermana —me dijo con la voz cargada de una profunda preocupación—. Ha dejado su puesto de encargada en el supermercado de la capital. Y no solo eso; Estela también ha renunciado a su plaza de asesora junior en el bufete de abogados. Se han vuelto locas. Han dejado sus carreras para alquilar un local viejo en un barrio residencial y pretenden montar una tienda de alimentación por su cuenta.
Colgué el teléfono sintiendo un vuelco violento en el estómago. Me quedé quieto en mitad de mi despacho céntrico, mirando al vacío mientras intentaba procesar la información. Al cabo de unas horas, Laura vino a la oficina a recoger unas pertenencias que le quedaban y me planté frente a ella, cruzándome de brazos para ocultar el temblor de mis manos.
—¿Se puede saber qué demonios estáis haciendo, Laura? —le pregunté, bajando el tono para que no se notara mi desesperación—. Tenías un puesto de responsabilidad como encargada y Estela una carrera prometedora en la firma de abogados. Dejarlo todo para abriros un comercio minorista es un suicidio financiero. Si necesitáis capital, sabéis que puedo financiaros un proyecto más seguro.
Laura me miró con una madurez fría, plantándose firme frente a mi escritorio, y soltó una carcajada amarga que me caló los huesos.
—No queremos tu dinero de hermano protector, José. Y tampoco nos hemos vuelto locas. Llevo años gestionando las pérdidas, las ganancias, los proveedores y el personal de una gran superficie ajena. Sé perfectamente cómo funciona la distribución alimentaria. Y Estela domina las licencias, las normativas comerciales y los contratos de arrendamiento al milímetro. Estamos hartas de deslomarnos para hacer ricos a otros. Vamos a levantar nuestro propio negocio desde la absoluta nada. Por cierto, Estela dejó al cirujano hace semanas; se dio cuenta de que no tenía sentido seguir forzando relaciones vacías.
Se dio la vuelta y salió del despacho pegando un portazo que retumbó en las cuatro paredes de la oficina. Me dejé caer en mi silla de piel, con la mandíbula apretada por la frustración y una mezcla salvaje de orgullo y temor recorriéndome el pecho. Estela estaba soltera de nuevo. Había roto con Fernando, había mandado a la porra su prestigioso bufete y se estaba aliando con mi hermana en una aventura empresarial arriesgada y caótica. Mi primer impulso fue coger las llaves del coche, conducir hasta la capital y presentarme en ese local viejo para obligarla a mirarme, para decirle que la ayudaba en lo que hiciera falta. Pero mi maldita armadura de hombre de mundo y mi orgullo herido me retuvieron en el asiento. Decidí mantenerme al margen, aislado en mi torre de cristal tecnológica, observando con asombro desde la distancia cómo las dos mujeres más importantes de mi vida se lanzaban al vacío sin paracaídas.
Parte 2: La perspectiva de Estela
El olor a serrín, lejía y pintura blanca se me había metido hasta el fondo de la nariz, pero era el aroma de la verdadera libertad. Estaba subida a una escalera de mano en mitad del local que habíamos alquilado en una calle residencial de la capital, pintando a rodillo la pared del fondo mientras Laura revisaba unos catálogos de proveedores sentada sobre una caja de plástico volcada. Habíamos dejado nuestros respectivos trabajos de forma definitiva hacía una semana. Mandar mi renuncia a los socios del bufete de abogados había sido el acto más liberador de mis veinticinco años de vida, y ver a Laura vaciar su taquilla de encargada general del supermercado nos dio el empuje definitivo que nos faltaba.
Estábamos en la ruina, devorando nuestros pocos ahorros para pagar el depósito del alquiler y las licencias de apertura, pero el cansancio que sentía en los músculos ya no arrastraba la humillación ni la tristeza de los años anteriores.
—Estela, los mayoristas de la zona sur nos dejan el margen de la fruta a un porcentaje excelente si les aseguramos un volumen mínimo de compra mensual —anunció Laura, levantando la vista de su tableta con una sonrisa llena de energía—. Mi experiencia con los balances de la gran superficie por fin está sirviendo para algo real.
—Perfecto, Lau. Yo ya tengo redactados los contratos de suministro y la póliza de responsabilidad civil de la tienda —respondí, bajando de la escalera y limpiándome una mancha de pintura de la mejilla con el dorso de la mano—. Legalmente estamos blindadas contra cualquier inspección municipal.
Me senté a su lado en el suelo de cemento, compartiendo una botella de agua templada en mitad del local desmantelado. Estaba soltera, sin pareja, sin el amparo de una gran firma jurídica detrás y durmiendo apenas cinco horas al día para limpiar estanterías de segunda mano, pero me sentía viva por primera vez en mucho tiempo. Mi etapa de los romances fingidos para intentar olvidar a José había terminado de forma radical en el momento en que me despedí de Fernando. Decidí que ya no necesitaba parches de arena para tapar un vacío que solo se curaría con el tiempo o con la verdad.
—Mi hermano intentó hacernos un sermón de gran empresario esta tarde cuando fui a recoger mis cosas —comentó Laura de repente, mirándome de reojo con una sonrisa pícara—. Estaba de los nervios, Estela. Se le notaba en la cara que quería meterse en el proyecto, pero su orgullo de CEO no le permite dar el brazo a torcer. Le solté que estabas soltera y casi se le cae el bolígrafo de la mano.
Forzé una sonrisa indiferente, mirando hacia la persiana metálica que daba a la calle, aunque por dentro el pulso se me aceleró ligeramente por pura inercia. Sabía perfectamente que José andaba vigilándonos desde su oficina de la capital de la provincia, encerrado en su papel de hombre frío y mujeriego empedernido que ya no se rebajaba a mezclarse con las cosas del pueblo. Pero me prometí a mí misma que no iba a desviar la mirada de mi objetivo. Si él prefería seguir aislado en su farsa para salvar su dignidad, que lo hiciera. Nosotras estábamos sentando las bases de lo que, estaba segura, se convertiría en nuestro propio imperio de distribución alimentaria. El juego de la infancia había quedado sepultado bajo los escombros de este local en reformas, y el día en que José volviera a tenernos enfrente, se encontraría con dos empresarias dispuestas a comerse el mercado sin pedirle permiso a nadie.