Sofía Reyes despertó dentro de una novela donde su destino ya estaba escrito.
Era la hermana odiada, la esposa no deseada, la villana descartable que todos iban a culpar. Según la historia original, debía casarse con Leonardo Montero, ser abandonada por él y morir sola después del divorcio.
Pero nadie esperaba un error en el destino.
Leonardo podía escuchar todo lo que ella pensaba.
Sofía solo quería sobrevivir, vengarse de su familia y escapar antes de que el final la alcanzara.
Pero el esposo frío que debía despreciarla empezó a protegerla.
Y cuando ella por fin quiso irse, Leonardo rompió el guion con una sola frase:
—No firmaré el divorcio.
Ahora Sofía tendrá que enfrentarse a una hermana hipócrita, una familia cruel y un destino decidido a destruirla.
Porque si la novela la escribió como villana, ella va a reescribirla como protagonista.
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Capítulo 12
Capítulo 12
Me gustan las mujeres prohibidas
'Prometo no llevar a mi prima.'
Sofía miró el mensaje de Rodrigo durante cinco segundos.
Luego miró a Leonardo, que estaba en el otro extremo del comedor revisando documentos.
Después volvió a mirar el teléfono.
[Qué rápido trabaja el villano. Rodrigo Navarro, tú no necesitas terapia, necesitas una junta de accionistas en el cerebro.]
Leonardo levantó la vista.
—¿Quién te escribió?
Sofía bloqueó la pantalla.
—Spam.
—¿El spam te invita a salir?
Ella parpadeó.
—Tu oído corporativo da miedo.
Leonardo dejó la pluma sobre la mesa.
—Sofía.
Ese tono era nuevo.
No era una orden.
Era advertencia envuelta en preocupación.
Sofía sonrió.
—Voy a comprar algo a la tienda de conveniencia.
—A las diez de la noche.
—Me dio antojo.
—¿De qué?
—De libertad.
Salió antes de que él pudiera contestar.
Quince minutos después, un coche negro la dejó frente a Bar Nocturno, en Polanco.
El lugar no gritaba lujo.
Lo respiraba.
La fachada era discreta, sin letrero luminoso. Solo una puerta negra, dos hombres con traje y una fila de gente hermosa fingiendo no estar esperando permiso para entrar. Dentro, la música vibraba en el pecho antes de oírse con claridad.
Rodrigo la esperaba en el área VIP del segundo piso.
No llevaba corbata. La camisa oscura abierta en el cuello le daba un aire menos heredero y más problema con tarjeta ilimitada.
—Pensé que no vendrías —dijo.
—Pensé que ibas a fingir más misterio.
—Puedo hacerlo si lo extrañas.
—No, gracias. Ya tengo suficiente misterio con mi matrimonio.
Rodrigo sonrió.
La hizo sentarse frente a un ventanal desde donde se veía la pista: luces verdes, humo bajo, cuerpos moviéndose como si nadie tuviera apellido ni cuenta regresiva.
—¿Qué quieres tomar?
—Agua.
—Qué rebelde.
—Vine a escuchar tu excusa, no a perder neuronas.
Rodrigo apoyó un brazo en el respaldo.
—Mi excusa es sencilla. Me interesas.
Sofía lo miró de arriba abajo.
—Eso sonó caro.
—Lo es.
[Claro que le intereso. En la trama original, Rodrigo se acercaba a la esposa descartable de Leo para fabricar un escándalo: copa, baile, fotos ambiguas, una frase de “me gustan las mujeres prohibidas” y al día siguiente toda la Ciudad hablando de la zorra de Sofía Reyes. Qué creativo. Usar belleza como arma. Básico, pero efectivo.]
Rodrigo no movió ni una pestaña.
Por dentro, cada palabra le cayó como una orden de investigación.
Trama original.
Escándalo.
Fotos.
Mujer descartable.
Y Sofía lo decía como si estuviera leyendo un menú.
—Me gustan las mujeres prohibidas —dijo él, probando la frase.
Sofía soltó una risa.
—Lo sabía. Esa es tu línea, ¿verdad? Qué bárbaro, Navarro. Casi puedo oír los violines de villano.
—¿Te molesta?
—Me da flojera.
Rodrigo se inclinó hacia ella.
—¿Entonces qué no te da flojera, señora Montero?
Sofía miró la pista.
La música cambió.
Un ritmo más rápido, más bajo, casi físico.
La gente gritó.
Por un instante, no vio el antro. Vio un escenario distinto: un cuarto blanco, un violín bajo la barbilla, dedos de niña sangrando en silencio mientras una madre contaba boletos vendidos y un padre decía que el dolor era parte del talento.
Ella había sido prodigio antes de ser oficinista.
Había tocado hasta que el cuerpo dejó de obedecer.
Cuando enfermó, sus padres no lloraron por ella. Movieron cuentas. Cambiaron propiedades. Prepararon recibos.
Todo lo que ella había ganado con música terminó en manos ajenas antes de que el hospital oliera a final.
[Nunca fui a bailar. Qué ridículo. Toqué para salones llenos, para jueces, para ricos que aplaudían sin escuchar. Gané dinero hasta enfermarme. Y aun así nunca hice una cosa inútil solo porque quería hacerla.]
Rodrigo dejó de sonreír.
Ahí estaba otra grieta.
No en su venganza.
En ella.
—Vamos a bailar —dijo.
Sofía volvió la cara.
—¿Perdón?
—Dijiste que no viniste a perder neuronas. Bailar no exige tantas.
—No sé bailar.
—Mejor.
—¿Mejor?
—Así no vas a tener reglas.
Rodrigo se levantó y le extendió la mano.
Sofía miró esa mano como si fuera una mala idea con manicura perfecta.
Luego se puso de pie.
—Si me pisas, te demando.
—Si me pisas tú, lo recordaré con cariño.
La pista era una criatura viva.
Al principio Sofía se movió rígida, consciente de cada hombro, cada mirada, cada cámara posible. Luego la música hizo lo que ningún discurso había logrado: le quitó utilidad al cuerpo.
No tenía que tocar perfecto.
No tenía que ganar dinero.
No tenía que ser hija, hermana, esposa falsa ni personaje descartable.
Solo moverse.
Mal.
Libre.
Rodrigo no intentó tocarla demasiado. Eso la sorprendió. La guiaba con distancia, se reía cuando ella se equivocaba y la apartaba de empujones ajenos antes de que ella notara el peligro.
[Maldito villano funcional. Si no fuera porque en la novela intentas arruinarme, hasta te pondría cinco estrellas de servicio.]
Rodrigo bajó la cabeza para que ella lo oyera.
—¿Eso fue un cumplido?
—No he dicho nada.
Desde la entrada lateral, Valentina tomó la primera foto.
Había llegado con gorra, cubrebocas y una chamarra demasiado común para alguien que no sabía desaparecer. Aun así, nadie la miraba. En un lugar lleno de gente intentando ser vista, la mejor forma de esconderse era parecer una fan desesperada.
Sofía y Rodrigo en la pista.
Rodrigo inclinándose hacia ella.
Sofía riendo.
Perfecto.
Valentina envió las imágenes a Nicolás Sierra, el asistente de Leonardo y su contacto más útil dentro de Grupo Montero.
'Haz que Leo las vea.'
Después añadió:
'Y dile que su esposa salió sola con Rodrigo Navarro.'
Nicolás respondió casi al instante.
'¿Estás segura?'
Valentina apretó la pantalla.
'Hazlo.'
En Torre Montero, Nicolás Sierra estaba solo en el área de asistentes.
La mayoría de los empleados se había ido. Las luces del piso ejecutivo quedaban encendidas por costumbre, frías sobre escritorios impecables y pantallas en reposo.
Nicolás miró las fotos.
Sofía riendo con Rodrigo Navarro.
Rodrigo inclinado hacia ella.
La pista oscura, la luz verde, la cercanía perfecta para una interpretación sucia.
Él no amaba a Valentina de manera limpia. La necesitaba. La deseaba. También la resentía cuando le pedía cosas que podían quemarlo. Pero seguía haciéndolas, porque la promesa de que algún día ella lo miraría sin esconderlo le parecía más real que su propio apellido.
Reenvió las imágenes a Leonardo.
Mensaje adjunto:
'Sr. Montero, recibí esto de una fuente anónima. Consideré que debía verlo de inmediato.´
El mensaje quedó enviado.
Tres pisos arriba, en la oficina donde Leonardo había vuelto después de que Sofía "salió por libertad", el teléfono vibró sobre el escritorio.
Leonardo abrió las fotos.
No se movió.
Ese era su talento más peligroso: cuanto más violento era el impulso, más quieto se volvía el cuerpo.
Vio a Rodrigo.
Vio a Sofía.
Vio la risa de Sofía, abierta de una forma que todavía no le pertenecía.
Y durante un segundo, la palabra prudencia se le quedó ridícula en la boca.
Llamó a Toño.
—Bar Nocturno, Polanco. Ahora.
Arriba, Rodrigo sintió la vibración de un mensaje en el teléfono de Sofía. Ella ni siquiera lo revisó.
Seguía bailando.
Y eso, por alguna razón absurda, le molestó menos de lo que debía.
La veía reír como quien descubre una salida de emergencia.
No parecía la mujer codiciosa y tonta que Mariana describía.
No parecía la villana barata de los chismes.
Parecía alguien que había sobrevivido demasiado y aún no sabía qué hacer con una noche que no le exigía sangrar.
—Gatita —dijo Rodrigo, casi sin pensar.
Sofía se detuvo.
—No.
—¿No?
—Ese apodo te lo devuelvo con intereses.
—¿Prefieres señora Montero?
—Prefiero que no pruebes suerte.
Rodrigo rió.
Entonces una mujer con traje color vino apareció al borde de la pista, acompañada por dos hombres grandes.
No miró a Rodrigo.
Miró a Sofía.
—Señorita Reyes —dijo—. Soy Lorena Campos, directora de Lirio Entertainment.
Sofía reconoció el nombre por la novela antes de reconocer el rostro.
[Ah, mira. La fábrica de trampas de Valentina llegó con tacones. Lirio Entertainment, empresa fachada para limpiar escándalos, fabricar artistas y vender favores a clientes que creen que el dinero compra cuerpos. Qué asco.]
Rodrigo escuchó cada palabra.
Su expresión se apagó.
Lorena sonrió con cortesía profesional.
—Tenemos un cliente importante en el privado. Quiere conocerla.
—No estoy buscando agencia.
—No es una invitación de agencia.
Los dos hombres dieron un paso, cerrándole el camino hacia la escalera.
Sofía miró a Rodrigo.
Rodrigo dio medio paso hacia ella.
Lorena levantó una mano.
—Jefe Navarro, esto es un asunto de Lirio. La señorita Reyes sabe quién la recomienda.
Valentina, escondida entre la gente, bajó el teléfono y sonrió.
Sofía también sonrió.
Pero su sonrisa no tenía nada de dulce.
[Claro. Vale me sigue, me fotografía, manda las fotos a Nico y ahora manda a Lorena a empujarme a un privado con un cliente. La misma receta de siempre: mancharme, venderme, culparme. Qué cansado.]
Lorena inclinó la cabeza.
—Por aquí, señorita Reyes.
Los dos hombres cerraron el círculo.
La música siguió sonando como si nada.
Y Sofía, sin dejar de sonreír, dio un paso hacia el privado.