Una simple coincidencia fue suficiente para cambiar el destino de dos mundos.
Zea nunca debió cruzarse en el camino del Rey Alfa.
Él es el gobernante más poderoso de todos los clanes. Un hombre cuya sola presencia inspira obediencia. Frío. Implacable. Incapaz de amar. Su vida siempre ha estado regida por una única ley: el deber está por encima de cualquier sentimiento.
Hasta que la conoce.
Desde el primer instante, algo en Zea despierta un instinto que creía muerto. Por primera vez, el Rey Alfa desea algo para sí mismo... y está dispuesto a desafiar al destino para conseguirlo.
Pero Zea también es un misterio.
Su familia ha vivido escondiendo una verdad tan antigua como peligrosa. Un secreto que ha pasado de generación en generación con una única regla: jamás acercarse a un alfa... y bajo ninguna circunstancia, a un Rey.
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Capítulo 24 El Ángel del Infierno en la Puerta
La entrada principal de la mansión real era un espectáculo de poder y tensión. Zafira estaba plantada en el centro del camino de gravilla, con las piernas ligeramente separadas y los brazos cruzados sobre su pecho. Su uniforme de comandante, impecable y reluciente, contrastaba con la furia que ardía en sus ojos verdes. A su alrededor, los guardias reales dudaban entre cumplir con su deber y no provocar a la mujer que era, posiblemente, la loba más temida de toda la manada después del propio Rey.
A sus espaldas, Sabina y Jairo la seguían con pasos temblorosos, sus rostros pálidos y sus manos entrelazadas en un gesto de apoyo mutuo. Sabina tenía los ojos enrojecidos por el llanto, y Jairo, aunque mantenía la compostura, tenía las mandíbulas apretadas y los puños cerrados.
—Rey Alfa —dijo Zafira, su voz resonando como un trueno en el patio—, te debo lealtad, te debo obediencia como mi soberano. Pero mi sobrina es algo que no puedes tocar, no puedes dañar. Si permites que alguien la lastime, renegaré de mi sangre, de mi rango y de mi juramento.
El eco de sus palabras flotó en el aire, y los guardias intercambiaron miradas nerviosas. Nadie se atrevía a moverse.
La puerta principal se abrió lentamente, y Lyra apareció en el umbral. Su rostro, entrenado en años de diplomacia y estrategia, se iluminó con una sonrisa halagadora y manipuladora, típica de una beta que sabe cómo negociar. Caminó hacia Zafira con pasos medidos, extendiendo las manos en un gesto de paz.
—Generala Zafira —dijo Lyra, su voz cálida y conciliadora—, me alegra verla. Y... sí, Zea está aquí. Está sana y salva. Nadie la ha lastimado en lo más mínimo. Puedo asegurárselo.
Azú, que había salido detrás de su madre, asintió con entusiasmo, queriendo calmar la situación.
—Está enterita —dijo, y luego, sin medir sus palabras, añadió—: Ella aún es virgen, lo juro."
Lyra se giró tan rápido que casi se torció el cuello, fulminando a su hija con una mirada que prometía una conversación muy larga y muy incómoda más tarde.
—¡Cállate, niña! —gruñó Lyra entre dientes.
Pero el daño ya estaba hecho. Zafira sintió que la furia se intensificaba, y un gruñido profundo escapó de su garganta. Sus ojos verdes brillaron con un destello peligroso.
—¿Virgen? —repitió Zafira, su voz llena de veneno—. ¿Eso es lo que les importa? ¿Que mi sobrina siga siendo virgen? Ella no es un juego. No es un juguete para que su majestad juegue a ser el lobo protector.
—Claro que no lo es, generala —dijo Lyra, levantando las manos en un gesto de paz—. Por favor, pasemos para conversar. El Rey... él no lastimaría a su destinada. Eso nunca.
Las palabras de Lyra cayeron como una bomba en medio del patio. Sabina y Jairo abrieron la boca, sus rostros reflejando una mezcla de incredulidad y terror. Zafira, por su parte, se quedó paralizada, sus ojos fijos en Lyra como si acabara de decirle que el cielo era verde.
—¿Destinada? —susurró Sabina, su voz apenas un hilo—. ¿Zea es la destinada del Rey Alfa?
Lyra asintió, su expresión seria y sincera. "Sí. Mi hermano lo supo desde el momento en que la vio. Su lobo la reconoció como su otra mitad. Y aunque entiendo su miedo, señora Sabina, le aseguro que Bruno no es como los alfas que usted conoce. Él nunca la lastimaría. Él la protegería con su vida."
Sabina sintió que las piernas le flaqueaban. Jairo la sostuvo, su rostro pálido pero firme. Zafira, por su parte, miró a Lyra con una intensidad que habría hecho retroceder a cualquiera. Su lobo interior se agitaba, confundido y desconfiado.
—¿Y se supone que debemos creer eso? —preguntó Zafira, su voz fría como el acero—. ¿Que un Rey Alfa, con todo su poder y su linaje, ha encontrado a su destinada en una omega que creció escondida en los suburbios? ¿O es que acaso quiere usar a mi sobrina para sus propios fines?
Lyra sostuvo su mirada sin titubear. "Generala, si mi hermano quisiera usar a Zea, no la habría traído aquí en secreto. No habría velado por ella todas las noches, protegiéndola de las sombras. No habría roto el brazo de un alfa que se atrevió a tocarla. Mi hermano es muchas cosas, pero no es un mentiroso. Y no es un depredador. Es un lobo que ha estado solo toda su vida, y que ha encontrado en su sobrina la razón para ser mejor."
Zafira guardó silencio. Había algo en las palabras de Lyra, en su tono, que resonaba con verdad. Pero su instinto, forjado en años de guerra y protección, le decía que no debía confiar tan fácilmente.
—Quiero verla —dijo Zafira, su voz firme—. Quiero ver a mi sobrina. Y quiero hablar con ella. A solas. Sin el Rey Alfa.
Lyra asintió. "Por supuesto. Los llevaré con ella."
*_*
Mientras tanto, en la mansión Ducker, Briana caminaba de un lado a otro de su sala principal, su rostro contraído por la furia. La noticia había llegado como un golpe directo en el estómago: el Rey Alfa había llevado a esa omega, a esa insignificante Zea Durlin, a la mansión real. Y eso solo significaba una cosa: un reconocimiento tácito de su posición en la manada.
—¡Es imposible! —gritó Briana, golpeando una mesa con el puño—. ¡Esa niña está siendo prácticamente presentada como la nueva Luna de la manada real! ¡Y mi sobrina, mi Isabel, que ha hecho todo lo posible por conquistar al Rey, es ignorada como si fuera una sirvienta!
Isabel, sentada en una butaca cerca de la ventana, la observaba con una expresión impasible. Su mente trabajaba a toda velocidad, trazando planes y estrategias.
—Tía, cálmese —dijo Isabel, su voz serena pero firme—. La furia no nos va a ayudar. Necesitamos pensar con claridad.
—¿Pensar? —Briana se giró hacia ella—. ¡El Rey ha reconocido a esa omega delante de toda la manada! ¡Eso no es algo que se pueda deshacer con un simple plan!
Isabel sonrió, una sonrisa fría y calculadora. "No, tía. No se puede deshacer. Pero se puede manchar. Se puede ensuciar. Se puede hacer que la manada vea a esa omega como lo que realmente es: una amenaza. Una usurpadora."
Briana la miró, y una chispa de comprensión brilló en sus ojos. "¿Qué estás planeando?"
Isabel se levantó lentamente, caminando hacia la ventana. "Zea Durlin no es solo una omega común. Sus padres son refugiados, vinieron de un reino lejano sin explicación. ¿Qué hay en su pasado que los hace huir? ¿Qué secretos esconden?"
Se giró hacia su tía, sus ojos azules brillando con determinación. "Voy a descubrirlo. Y cuando lo haga, usaremos esa información para destruir su reputación. Porque una Luna Reina debe ser impecable. Y si descubrimos que su familia tiene un pasado oscuro... nadie querrá que ocupe ese lugar."
Briana sonrió, una sonrisa llena de malicia. "Esa es mi sobrina. Siempre pensando."
Isabel asintió, pero en su interior, una duda comenzaba a germinar. ¿Qué pasaría si Zea no tenía un pasado oscuro? ¿Qué pasaría si realmente era tan pura y buena como parecía? ¿Qué pasaría si el Rey Alfa realmente la amaba?
"No importa", se dijo a sí misma. "Haré lo que sea necesario. Todo sea por ser la Reina."