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Alma de reina

Alma de reina

Status: Terminada
Genre:Mujer poderosa / Reencarnación / Completas
Popularitas:58
Nilai: 5
nombre de autor: aisy hilyah

Hana apenas tenía diecisiete años cuando la sacaron de la aldea donde creció para llevarla con su verdadera familia en Eldoria. Le prometieron un hogar, un nombre y un futuro. En cambio, recibió un sótano sin comida, una hermana adoptiva que le robó al prometido y unos padres que jamás la miraron a los ojos. Cuando Sofía y Evan ordenaron su asesinato, su cuerpo acabó en el fondo de un barranco.

Pero la sangre de Hana despertó algo en una cueva oculta: el alma de la Reina Amerta, soberana de un reino antiguo, cruzó siglos y dimensiones para habitar ese cuerpo destrozado. Con los recuerdos de ambas vidas, la furia de la víctima y la astucia de una emperatriz, Hana regresa a la mansión familiar dispuesta a recuperar todo lo que le fue arrebatado.

Lo que nadie sabe es que el Emperador Alaric también cruzó al mundo moderno buscándola, y el tiempo se le agota. Tres años. Es lo único que le queda antes de desaparecer para siempre.

Entre secretos familiares, traiciones que salen a la luz, una aldea ferozmente leal y reliquias imperiales que brillan al reconocer a su dueña, Hana descubrirá que la venganza es solo el principio. Lo que realmente está en juego es un amor que ni la muerte ni el tiempo pudieron borrar.

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Episodio 5

Hana se detuvo frente a una villa imponente, en lo alto de una colina rodeada por la plantación de té de su familia. Contempló la cima del edificio, donde se abría un gran ventanal. Desde allí podría divisar toda la ciudad de Eldoria.

—Qué lugar tan hermoso y apartado. Aquí podré recuperar este cuerpo. Según los recuerdos de Hana, detrás de la villa hay plantas medicinales que sembró la abuela. Voy a comprobarlo —murmuró mientras se acercaba al portón alto y macizo.

Hana se asomó al interior para examinar el estado de la villa. Estaba en silencio; parecía no haber nadie, pero los jardines se veían limpios y bien cuidados. Entonces, una mujer de mediana edad apareció a toda prisa desde el costado de la villa. Se detuvo junto al portón y escrutó con atención a la figura cubierta de heridas que aguardaba afuera.

—Rosalía, soy Hana —dijo Hana con voz débil y ronca.

Una oleada de emociones le brotó en el pecho al ver a aquella mujer. Un anhelo de calidez. Hana incluso sonrió. Recordaba que la mujer que tenía enfrente era una de las pocas personas que habían tratado a Hana con verdadero cariño, a pesar de haberse visto apenas dos veces. La primera, cuando la trajeron de vuelta de la aldea para conocer a la abuela; la segunda, en el funeral.

—¡Niña! ¡Dios mío! ¿Qué le pasó?

La mujer abrió el portón a toda prisa y jaló a Hana hacia adentro. Luego volvió a cerrar con llave. No hizo demasiadas preguntas; la llevó directamente al interior de la villa, sosteniéndola con cuidado.

Le trajo agua tibia y se sentó en el suelo mientras Hana se acomodaba en el sofá. Los ojos cansados de Rosalía recorrieron el cuerpo lleno de heridas de su señorita. Un dolor que no podía disimular se asomó en su mirada.

—¿Qué sucedió? ¿Cómo pudo terminar así? —preguntó con la voz quebrada, a punto de llorar.

—Rosalía, quiero asearme. Por favor, prepárame agua caliente mezclada con plantas medicinales. Estas heridas tienen que sanar cuanto antes —pidió Hana con una voz tan débil que apenas se le oía.

Llevaba casi todo el día caminando hasta la villa con el estómago vacío. Rosalía se apresuró a cumplir las instrucciones de su señorita. Con sumo cuidado seleccionó las plantas medicinales del jardín trasero, las lavó y las dejó en remojo dentro de la tina para que Hana pudiera bañarse.

—Niña, el agua ya está lista. Báñese con cuidado. Yo le voy a preparar su comida favorita —dijo Rosalía, incapaz de soportar la visión de aquel cuerpo cubierto de heridas.

Dentro del cuarto, Rosalía vio la cantidad de heridas en el cuerpo de su señorita cuando Hana se quitó la ropa. Hana se mordió los labios al sentir cómo la tela se le había pegado a las llagas.

—Gracias, Rosalía —dijo Hana dándose la vuelta. No se quejó ni una sola vez.

—La señorita Hana parece diferente. Se ve mucho más fuerte. Pero ¿qué fue lo que le pasó? ¿Por qué tiene el cuerpo lleno de heridas? Que yo recuerde, hoy era el día de su compromiso con el joven Evan —murmuró Rosalía para sí misma. La piel arrugada de su frente se plegó aún más mientras pensaba en el estado de Hana.

Negó con la cabeza y fue a la cocina a preparar la comida, después de dejar ropa limpia para Hana. En la villa no tenían que preocuparse por el dinero: la abuela había dejado una cantidad considerable para el sustento de Hana y la plantación de té, todo a nombre de ella.

Hana se fue quitando la ropa prenda por prenda. El ardor de la tela arrancándose de las heridas era insoportable. Se mordió el labio y cerró los ojos para aguantar aquel dolor atroz.

—¡Malditos desgraciados! A una muchacha buena como Hana la torturaron de esta manera solo por su egoísmo. Quédate tranquila, Hana. Cuando este cuerpo sane, te prometo que cobraré tu venganza. Recuperaré todo lo que debería ser tuyo... menos a ese miserable —le susurró al aire.

—¡Argh! ¡Yo no soy una reina débil! Torturas como esta ya las sufrí muchas veces en el campo de batalla. ¡Ugh!

Hana tomó aire en bocanadas rápidas y cortas cuando logró despegar la tela de la piel. El sudor le bañaba el rostro, resbalaba por el cuerpo y avivaba el escozor en las heridas todavía abiertas.

—¡Voy a recordar este dolor siempre! —Hana apretó los puños.

Se quedó inmóvil un momento, inhalando a fondo el aroma de las hierbas medicinales que despedía el agua de la tina. Sus pulmones, que se sentían comprimidos, empezaron a notar el alivio. Hana entró con paso lento en la tina, de la que se elevaba un vapor tenue.

¡Ugh!

Soltó un quejido ahogado en cuanto los pies tocaron el agua. Un dolor pulsante, cada vez más agudo conforme se iba sumergiendo. Hana mordió la punta de la toalla que colgaba a su alcance; las lágrimas le rodaron sin que se diera cuenta, mezclándose con el sudor. Era como si miles de cuchillas la cortaran, como si la despellejaran con lentitud.

¡Resiste, Hana! Después de esto ya no sentirás más dolor.

—¡ARGH!

La toalla se le escapó de los dientes y el grito de Hana retumbó en el segundo piso de la villa.

—¡Niña! —Rosalía, que estaba preparando la comida, apagó el fuego de inmediato y corrió hacia la habitación de Hana, seguida por otras tres sirvientas.

—¿Qué pasa, Rosalía? —preguntaron mientras seguían los pasos apresurados de la mujer.

—¡Es la señorita Hana! —dijo sin detenerse.

—¿La señorita Hana? ¿Cuándo volvió? —Se miraron entre ellas, desconcertadas, pero Rosalía no tenía interés en responder. Le preocupaba el estado de Hana.

¡Toc, toc, toc!

—¡Niña! ¿Está bien? —gritó Rosalía desde el otro lado de la puerta del baño, mientras las demás sirvientas permanecían afuera de la habitación.

Hana tomaba aire en jadeos rápidos y cortos, como alguien que hubiera corrido perseguido por una jauría de fieras. El sudor le cubría el rostro entero; toda su piel estaba enrojecida.

—E-estoy bien. No te preocupes, Rosalía —respondió Hana entrecortadamente.

Dejó caer la cabeza contra el borde de la tina, agotada por soportar aquel dolor indescriptible.

—¿Está segura de que no necesita ayuda, niña? —preguntó Rosalía una vez más.

—No, Rosalía —respondió Hana con la misma voz debilitada.

—Entonces vuelvo a la cocina —se despidió, tratando de creer que Hana estaba bien.

—Sí.

Solo esa palabra escueta, y después Hana volvió a morderse el labio mientras intentaba sumergir el cuerpo entero.

¡Tienes que ser fuerte, Hana! No puedes dejarte vencer por este dolor.

Continuará…

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