«—¿De verdad crees que un hombre como yo jugaría con su propio apellido por una simple actuación? Esto dejó de ser un contrato hace mucho tiempo, Dayana.»
Traicionada por su prometido y despojada de su herencia por su propia familia, Dayana Logan pensó que lo había perdido todo en la noche más fría de su vida. Pero el destino le tenía preparada una carta salvaje: Nolan Cross, el "Emperador de Hielo", el CEO más despiadado e implacable del mundo de los negocios, le ofrece un trato que no puede rechazar. Un matrimonio falso de conveniencia mutua.
Para el mundo, ella es la reina protegida por el escudo de acero de la dinastía Cross; para él, solo un peón en su tablero corporativo. Sin embargo, cuando los secretos familiares explotan en la prensa y una mentira desesperada los obliga a anunciar un heredero falso, las líneas del contrato comienzan a borrarse bajo el fuego de una posesividad salvaje y peligrosa.
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Capítulo 18: La filtración.
La mañana del día programado para la cena familiar no trajo la paz que la Mansión Cross tanto necesitaba. Amaneció con una neblina densa que cubría los jardines, pero la verdadera tormenta no venía del cielo, sino de las pantallas.
A las seis de la mañana, el silencio de la suite de Dayana se rompió con el sonido ensordecedor y continuo de las notificaciones de su teléfono. Al abrir los ojos, aún mareada y con el cuerpo resentido por el colapso del día anterior, se encontró con decenas de mensajes de texto, llamadas perdidas de números desconocidos y alertas de prensa internacional.
Cuando abrió la primera aplicación de noticias, el corazón se le detuvo.
Los principales tabloides y portales financieros del país abrían sus ediciones digitales con imágenes en alta resolución del documento confidencial que Vanessa había robado. Las firmas manuscritas de Nolan y Dayana eran dolorosamente nítidas bajo los flashes digitales. El titular de The Financial Chronicle era devastador y directo a la yugular:
«FRAUDE EN LA ALTA SOCIEDAD: El matrimonio de Nolan Cross es una farsa por acciones.»
El artículo detallaba minuciosamente cada una de las cláusulas de convivencia, exponiendo el acuerdo comercial como una estrategia ilegal para burlar a la junta reguladora y absorber los activos de la familia Logan. La respuesta del mercado financiero fue inmediata y despiadada. En los primeros quince minutos tras la apertura de la Bolsa de Valores de Londres, las acciones de Cross Enterprises sufrieron una caída en picada del 16%, desatando una venta masiva por pánico —un fenómeno donde los inversores se deshacen de sus títulos a cualquier precio por temor a una quiebra— que borró miles de millones de dólares en capitalización de mercado en cuestión de una hora.
Dayana se levantó de la cama, sintiendo que las piernas le flaqueaban. Se echó una bata encima y corrió por el pasillo del ala este hacia el despacho de Nolan.
Al llegar, la puerta estaba abierta. El ambiente dentro era el de un búnker de guerra. Sebastián hablaba frenéticamente por dos teléfonos a la vez, coordinando a los equipos de relaciones públicas y asesores legales. En el centro de la habitación, Nolan permanecía de pie frente al gran ventanal. Ya no vestía su ropa casual de mañana; llevaba un traje negro impecable, pero su espalda estaba rígida como el acero. No gritaba, no golpeaba el escritorio. Su silencio era absoluto, una calma tensa que resultaba mucho más aterradora que cualquier explosión de ira.
—Nolan... —susurró Dayana desde el umbral, con la voz rota— Lo siento tanto. Esto... esto es mi culpa. Alguien entró a tu despacho porque yo dejé el cajón abierto la noche que discutimos. Mi familia... Vanessa te ha hecho esto por mi culpa.
Nolan no se giró de inmediato. Se tomó unos segundos, clavando la mirada en los jardines exteriores antes de voltear a verla. Sus ojos grises estaban completamente desprovistos de calidez, convertidos en dos rendijas de piedra fina.
—El mercado odia la mentira, Dayana, pero odia aún más la debilidad —dijo, con una voz tan baja y fría que helaba la sangre— Los abogados están intentando contener la demanda por fraude corporativo de la junta de comercio. Pero el daño reputacional está hecho.
—Déjame salir y dar una declaración —suplicó ella, dando un paso al frente, con las lágrimas quemándole los ojos— Diré que yo te obligué, que falsifiqué las firmas, inventaré algo... No puedes perder tu imperio por un error mío.
Nolan dejó escapar una risa amarga, un sonido seco que carecía de toda gracia.
—¿Dar una declaración? Mira por la ventana, Dayana. Ya es tarde para eso.
Dayana se acercó lentamente al ventanal del despacho y miró hacia abajo, hacia las imponentes rejas de hierro forjado que protegían la entrada principal de la propiedad. Lo que vio la dejó sin aliento.
Los reporteros rodean la mansión Cross de forma masiva. Decenas de camiones de transmisión satelital de las principales cadenas de televisión locales e internacionales estaban estacionados en doble fila, bloqueando la avenida. Cientos de periodistas, fotógrafos y camarógrafos se empujaban contra las rejas de la mansión, alzando micrófonos y lentes de largo alcance hacia las ventanas de la propiedad. Los destellos de los flashes fotográficos se sucedían de manera ininterrumpida, creando un parpadeo artificial y agresivo contra las paredes de la casa. El ruido sordo de los gritos de la multitud y las preguntas lanzadas al aire atravesaba incluso el cristal blindado del estudio.
Al ver aquel asedio, un peso insoportable cayó sobre los hombros de Dayana. El imperio financiero que Nolan Cross había construido con una disciplina implacable durante años se estaba desmoronando ante sus ojos en tiempo real. Y mientras observaba el reflejo de Nolan en el vidrio, una culpa corrosiva y devastadora la invadió por completo: ella era la única responsable de haber arrastrado al hombre más poderoso de la ciudad al centro de su propio infierno familiar.
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