VALLA DON PANCRACIO
Don Pancracio se despertó aquella mañana con una sonrisa tan grande que casi se le salían las orejas. Se puso su sombrero de paja, ladeado como siempre, se ajustó el cinturón de cuero que le quedaba un poco apretado y salió al
porche respirando hondo. El sol brillaba sobre San Pancracio del Valle, las gallinas cacareaban en el patio y el aire olía a café recién tostado y tierra mojada. Era, sin duda, un día perfecto para cambiar la historia familiar.
—candelaria candelaria ! —gritó entrando en la cocina dando saltitos casi infantiles—. ¡Tengo un plan! ¡El mejor plan que se ha visto en este pueblo!
Doña candelaria revolvía una olla de frijoles y no se volvió siquiera. Conocía muy bien ese tono de voz: significaba que algo, pronto, iba a salir muy mal.
—¿Otro plan, Pancracio? —dijo ella con calma ¿El último no fue "construir un segundo piso con ramas de plátano"?
—Eso fue un ensayo, mi vida —respondió él acercándose y apoyando las manos en la mesa—. Ahora hablo en serio. He decidido que vamos a hacernos ricos. Ricos de verdad.
Doña candelaria dejó la cuchara y lo miró de reojo.
—¿Y cómo piensas lograr eso, si se puede saber? ¿Vendiendo nubes?
—Mejor —dijo Don Pancracio, bajando la voz como si alguien pudiera escucharlos desde la cocina de al lado—. ¡Pienso sembrar piñas! Cientos de piñas. Todo el jardín lleno. Las piñas se venden muy bien, dicen que hasta las compran en la capital. En seis meses seremos los dueños de la tienda de abarrotes. ¡Y quizás hasta tengamos teléfono!
Doña candelaria suspiró, pero conocía esa mirada. Cuando Don Pancracio se ponía así, no había fuerza en el mundo que lo hiciera cambiar de opinión hasta que el desastre ocurriera.
—Está bien, Pancracio —dijo ella—. Si quieres sembrar piñas, siémbralas. Pero te lo advierto: si el jardín queda hecho un desastre, tú mismo lo arreglas. Y no vengas a llorarme cuando las piñas no salgan.
—¡Saldrán! —exclamó él dando un golpe en la mesa que hizo saltar la salero—. ¡Saldrán más grandes y dulces que las de cualquier otro! ¡Ya lo verás!
Esa misma tarde, Don Pancracio se puso manos a la obra. Alquiló una azada, compró tres bolsas de semillas de piña en la tienda del pueblo y se instaló en el jardín trasero. Pablito, su nieto de nueve años, llegó corriendo para ayudarlo.
—Abuelo, ¿de verdad vamos a tener piñas aquí? —preguntó el niño con ojos brillantes.
—¡Claro que sí, mijo! —respondió Don Pancracio limpiándose el sudor de la frente con la manga de la camisa—. Solo hay que saber cómo se siembran. Y yo lo sé. Lo leí... bueno, lo escuché decir una vez. Se meten en la tierra, se tapan, se riegan y listo.
Don Pancracio, sin embargo, tenía una idea muy particular de cómo debía hacerse. Según él, las semillas necesitaban "respirar hacia abajo para buscar la sabiduría de la tierra". Así que, en lugar de colocarlas con la punta hacia arriba, tomó cada semilla y la plantó boca abajo, muy profundo, convencido de que así crecerían más fuertes.
—Así aprenderán desde el principio —le explicó a Pablito, que lo miraba con una mezcla de admiración y duda—. Si nacen mirando al suelo, cuando salgan ya sabrán valorar lo que tienen debajo. ¡Es lógica pura!
Tardó tres días enteros en plantar todo el jardín. Hileras y hileras de semillas de piña, todas boca abajo, todas a la misma profundidad, todas con la misma ceremonia. Al terminar, se quedó mirando el terreno liso y ordenado, lleno de orgullo.
—Seis meses, Pablito. En seis meses aquí habrá piñas tan grandes que no cabrán en la mesa. Tu abuela verá.
Pasaron las semanas. Don Pancracio regaba todos los días, hablaba con sus piñas, les cantaba canciones antiguas y las protegía del sol fuerte. Pero pasaron un mes, dos meses, tres meses... y del suelo no salía nada. Ni una hoja, ni un brote, ni la más mínima señal de vida. El jardín seguía igual: tierra limpia y silencio.
Doña candelaria , que había estado esperando pacientemente, un día se acercó mientras él miraba el terreno con cara de perplejidad.
—¿Y bien, gran agricultor? —preguntó ella suavemente—. ¿Cuándo vemos esas piñas?
Don Pancracio se rascó la cabeza.
—Es extraño... —murmuró—. Deben estar madurando por abajo. Tal vez son piñas subterráneas.
—Las piñas no crecen bajo tierra, Pancracio —dijo ella conteniendo la risa—. Crecen arriba, como las flores.
—¡Entonces hay un problema! —exclamó él, y se arrodilló para desenterrar una semilla.
Lo que encontró lo dejó atónito: cada semilla había brotado, sí... pero como estaban plantadas al revés, las raíces intentaban salir hacia el cielo y los brotes se quedaban enterrados, luchando por abrirse camino hacia abajo. Estaban vivas, sí, pero completamente confundidas.
Pablito soltó una carcajada.
—Abuelo... las piñas están mirando para abajo. ¡Se han perdido!
Don Pancracio se quedó con la semilla en la mano, mirándola, luego miró a su nieto, luego miró a su esposa que ya no podía contenerse y reía a carcajadas. Y entonces, él también soltó una carcajada. Una risa fuerte, sonora, que resonó en todo el jardín.
—¡Vaya, Don Pancracio! —se dijo a sí mismo sacudiendo la cabeza—. ¡Hasta las piñas se confunden contigo!
Esa tarde, con la ayuda de Pablito, desenterraron todo y replantaron las semillas al derecho. Para cuando finalmente salieron las piñas, pasaron seis meses más de lo previsto, y no fueron tan grandes como prometió... pero fueron las piñas más sabrosas que jamás comieron en San Pancracio del Valle. Y cada vez que alguien preguntaba por qué habían tardado tanto, Don Pancracio respondía guiñando un ojo:
—Estas piñas... primero aprendieron a mirar hacia abajo, para luego crecer bien alto. ¡Eso es calidad, amigo mío!
Y así terminó su primer gran plan del año. No salió como esperaba, por supuesto que no. Pero ¿cuándo las cosas salen como uno espera cuando se llama Don Pancracio? Lo importante es que aprendió una lección: hay que plantar las cosas mirando hacia donde deben crecer. Aunque, siendo sinceros, esa lección se le olvidó apenas pasó una semana... y ya estaba tramando el siguiente gran plan.
***¡Descarga NovelToon para disfrutar de una mejor experiencia de lectura!***
Updated 40 Episodes
Comments