Una antigua promesa. Dos reinos unidos por el destino. Una mujer que jamás debió formar parte de la historia… y un emperador que estaba destinado a amar a otra.
Pero el destino rara vez respeta los planes de los hombres.
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El emperador que no estaba en venta 2
—Si crees que el amor no es necesario para un matrimonio, ¿por qué intentas encontrarme una mujer que me interese?
No había pensado en eso.
Maldita sea.
—Porque…
Me quedé en blanco.
Kael esperó.
—Porque quiero que sea feliz.
La frase salió antes de que pudiera detenerla.
Y ambos quedamos inmóviles.
Kael me miró de una manera extraña.
Demasiado intensa.
—¿Quieres que sea feliz?
Mi voz perdió un poco de firmeza.
—No veo nada malo en eso.
—Hace unas semanas apenas me conocías.
—Sigo sin conocerlo demasiado.
—Y aun así quieres que sea feliz.
—No tiene por qué convertirlo en algo importante.
—No lo estoy haciendo.
Mentira.
Lo estaba haciendo.
Yo también.
—Además —añadí rápidamente—, si está de buen humor, mis dos años serán mucho más sencillos.
Ahí estaba.
La salida.
Perfecta.
O eso creí.
Kael sonrió lentamente.
—Claro.
No me gustó esa sonrisa.
—¿Qué?
—Nada.
—Está haciendo lo mismo que yo.
—¿Qué cosa?
—Usar “nada” cuando claramente significa algo.
Kael se inclinó apenas hacia mí.
—Empiezas a conocerme.
Las mismas palabras que yo le había dicho minutos atrás.
Mi respiración cambió.
Kael estaba demasiado cerca.
Mucho.
Su mirada descendió.
Otra vez.
A mi boca.
Esta vez no lo imaginé.
Lo vi.
Y él supo que lo había visto.
El silencio se volvió insoportable.
Si avanzaba apenas un poco…
No.
No.
Muy mala idea.
Respiré.
—Creo que deberíamos…
—Majestad.
La puerta se abrió.
Jaime apareció.
Kael cerró los ojos.
Yo giré inmediatamente la cabeza.
Jamás había amado tanto a un mayordomo.
—Perdone la interrupción —dijo Jaime, claramente consciente de que había entrado en algo—. El Anciano Severin solicita hablar con usted.
Kael abrió los ojos.
Su expresión había vuelto a ser fría.
—Dile que espere.
Jaime parpadeó.
—Majestad, indicó que es urgente.
Kael me miró.
Después miró a Jaime.
—Cinco minutos.
—Sí, majestad.
El mayordomo cerró la puerta.
Silencio.
Yo respiré por primera vez en varios segundos.
—Debería ir.
—Sí.
No se movió.
Yo tampoco.
—El anciano está esperando.
—Lo sé.
—Entonces…
Kael dio un paso atrás.
Finalmente.
—No vuelvas a intentar emparejarme con Evelyne.
—Ya se lo prometí.
—Bien.
Me dirigí hacia la puerta.
—Emilia.
Giré.
—¿Sí?
Kael me sostuvo la mirada.
—Y deja de observarme por ella.
Algo dentro de mí se tensó.
—¿Entonces por quién debo observarlo?
La pregunta salió sola.
Kael no respondió inmediatamente.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Eso tendrás que descubrirlo tú.
Y salió.
Me quedé sola.
Completamente inmóvil.
Maldito hombre.
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Esa noche Evelyne me encontró en una de las galerías.
—Necesito hablar contigo.
La miré.
Parecía preocupada.
—Si es sobre Kael, debo informarte que nuestra investigación ha sido oficialmente clausurada.
Su rostro se entristeció.
—Entonces lo sabe.
—Lo sabe todo.
—¿Está enfadado?
Pensé en la conversación.
En lo cerca que había estado.
En cómo había mirado mi boca.
—Muchísimo.
—Lo siento.
—No es culpa tuya.
—Emilia…
Dudó.
—Quiero preguntarte algo.
—Pregunta.
—¿Tú quieres a Kael?
La pregunta me hizo reír.
—¿Qué?
—No como esposo por obligación.
Su expresión era seria.
—Como hombre.
Mi sonrisa desapareció lentamente.
—No.
La respuesta fue inmediata.
Demasiado inmediata.
Evelyne me observó.
—¿Estás segura?
—Completamente.
Mentira.
No sabía por qué.
Pero por primera vez…
la respuesta ya no me pareció tan sencilla.
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En otro extremo del palacio, Kael entró al salón donde el Anciano Severin lo esperaba.
—Majestad.
—Anciano.
Severin hizo una reverencia.
—Espero no haber interrumpido nada importante.
Kael lo miró.
—¿Por qué lo dices?
—Mi sobrina me comentó que había estado conversando con su esposa.
Algo en el tono no le gustó.
—¿Y?
El anciano sonrió.
—Nada.
Solo me alegra que Evelyne y Lady Emilia hayan encontrado una forma de llevarse bien.
Kael no respondió.
Severin continuó:
—Después de todo, en dos años muchas cosas podrían cambiar.
Silencio.
Kael lo observó con atención.
—¿Qué quieres decir?
—Nada importante.
El anciano sonrió nuevamente.
—Simplemente que el tiempo siempre coloca a cada persona en el lugar que le corresponde.
Kael no dijo nada.
Pero algo en aquellas palabras le desagradó.
Profundamente.
Y mientras Severin comenzaba a hablar del supuesto asunto urgente que lo había llevado hasta allí…