Mis papás se fueron del país y me dejaron en casa de mis padrinos. Eso significaba vivir con Santiago Montero: su hijo mayor, seis años mayor que yo y el hombre al que todos consideraban casi un hermano.
Antes de llegar, me impuso tres reglas:
Nuestro compromiso infantil no cuenta.
No subas al tercer piso.
No me busques.
Yo pensaba obedecerlas. Santiago no.
Fue él quien comenzó a cuidarme, a ponerse celoso y a acorralarme contra la puerta de mi habitación.
—¿Por qué huyes? ¿Crees que voy a comerte?
Entonces descubrí cuatro limoneros plantados para mí y la verdad que ocultaba: llevaba catorce años esperándome.
El heredero que juró no quererme ahora estaba dispuesto a perderlo todo para hacerme suya.
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Capítulo 22
Capítulo 22: Cosas que no se dicen entre hermanos
Empezó con el pelo.
Un miércoles por la tarde, Valentina estaba sentada en la isla de la cocina con la laptop abierta y un trabajo de semiótica que llevaba tres horas sin avanzar. Tenía el pelo suelto — se lo había lavado esa mañana y no se había molestado en recogerlo — y un mechón le caía sobre la cara cada vez que se inclinaba hacia la pantalla.
Santiago pasó por detrás de ella camino al refrigerador. Se detuvo. Extendió la mano y le puso el mechón detrás de la oreja.
No dijo nada. No la miró. Siguió caminando, abrió el refrigerador, sacó una botella de agua, y se fue al estudio como si el gesto hubiera sido tan automático como respirar.
Valentina se quedó inmóvil con los dedos sobre el teclado y el lugar donde él le había tocado la oreja ardiendo como una quemadura pequeña.
No era la primera vez que Santiago la tocaba. Le había puesto la chamarra sobre los hombros. Le había cerrado los dedos sobre la mano. La había abrazado en la terraza con las manos abiertas sobre su espalda. Pero esos habían sido momentos — instantes definidos, con principio y final, enmarcados por la emoción o la crisis. Esto era diferente. Esto era doméstico. Esto era un hombre que le acomoda el pelo a una mujer sin pensarlo, sin pedirle permiso, sin detenerse a considerar si el gesto es apropiado, porque en algún lugar de su cuerpo — en el sistema nervioso, en la memoria muscular, en la zona del cerebro que opera debajo de la conciencia — ya la considera suya.
Valentina cerró la laptop. Se tocó la oreja. Seguía caliente.
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Después fue la mano.
Jueves. Cocina. Santiago estaba preparando pasta — su único platillo, decía Isabel, aunque lo hacía bien: penne con salsa de tomate, albahaca fresca, un poco de chile de árbol. Valentina le ayudaba cortando jitomates porque Rosario tenía el día libre y nadie más en la casa sabía sostener un cuchillo sin que Isabel entrara en pánico.
Santiago necesitaba la sal. Valentina la tenía. Se la pasó. Sus dedos se tocaron sobre el salero — un contacto que en cualquier otra circunstancia duraría una fracción de segundo, el tiempo exacto que toma transferir un objeto de una mano a otra. Pero Santiago no soltó inmediatamente. O ella no soltó inmediatamente. O ninguno de los dos soltó y el salero se quedó suspendido entre cuatro dedos durante dos segundos que se estiraron como chicle.
Valentina lo miró. Él estaba mirando la olla. Soltó el salero. Echó la sal. Siguió cocinando.
El corazón de Valentina latía en los oídos. Eso no era normal. Eso no pasaba entre hermanos. Eso no pasaba entre personas que comparten un pasado fraternal y una casa de Lomas de Chapultepec y un apellido que no comparten pero que funciona como si lo compartieran.
"Es mi hermano", pensó. "Bueno, no biológico. Pero funcional. Crecimos juntos. Vivimos juntos. Es mi hermano."
La palabra sonó hueca. Como golpear una pared que debería ser sólida y descubrir que del otro lado hay un espacio vacío.
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Viernes. Pasillo del tercer piso. Santiago salía del estudio y Valentina iba hacia la terraza. El pasillo era ancho — lo suficiente para que dos personas pasaran sin tocarse. Pero Santiago no se movió a un lado. O Valentina no se movió. O ambos caminaron por el centro como si el pasillo fuera de una sola persona y la otra no existiera.
Se encontraron a medio camino. Pecho contra pecho — no, pecho contra esternón, porque él era veinte centímetros más alto y el impacto fue la cara de Valentina contra la clavícula de Santiago, la tela de su camisa negra contra su mejilla, el olor a menta y jabón neutro llenándole la nariz como un golpe sensorial que le bajó desde la cabeza hasta el estómago.
—Perdón —dijo ella, retrocediendo.
—Perdón —dijo él, al mismo tiempo.
Se miraron. El pasillo estaba iluminado por la luz del atardecer que entraba por la ventana del fondo y les daba en la cara con ese ángulo dorado que hace que todo parezca una fotografía. Santiago tenía las pupilas dilatadas — ¿por la luz? ¿por la cercanía? Valentina no era oftalmóloga pero sabía que las pupilas se dilatan por dos razones: oscuridad o deseo.
El pasillo no estaba oscuro.
—Con permiso —dijo Santiago, y se hizo a un lado con un movimiento que parecía costarle esfuerzo, como si su cuerpo quisiera quedarse exactamente donde estaba y fuera su cerebro el que lo obligaba a moverse.
Valentina pasó. Llegó a la terraza. Se sentó entre los limoneros. El corazón le latía como si hubiera subido corriendo cinco pisos.
"Necesito hablar con alguien", pensó. Pero ¿con quién? ¿Lucía? Lucía iba a decir lo que ya sabía. ¿Carmen? Carmen estaba en Guadalajara y la distancia convertía las conversaciones telefónicas en versiones simplificadas de la realidad. ¿Isabel? Isabel era la tía de Santiago — pedirle consejo sobre lo que estaba sintiendo hacia su sobrino era como pedirle al juez del caso que fuera también tu abogado.
No habló con nadie. Guardó el dato en el mismo cajón sin llave donde había guardado el reflejo del supermercado y se dijo que los cajones sin llave no eran peligrosos siempre y cuando no los abrieras.
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La noche del sábado fue la película.
Isabel había propuesto noche de cine en la sala grande del primer piso — pantalla de proyección, sistema de sonido, los sillones de piel que tragaban a las personas como arenas movedizas. Ricardo llegó a las ocho con palomitas de la máquina que tenía en su departamento ("Es mi mejor inversión, Isa, la uso más que el coche") y dos botellas de vino tinto.
—¿Qué vemos? —preguntó Isabel.
—Terror —dijo Ricardo.
—¡No! Yo no puedo ver terror.
—Justamente. Es divertido verte gritar.
—Ricardo Montero, eres un desgraciado.
Pusieron una película de terror. No de las sangrientas — de las psicológicas, con casas viejas y puertas que se abren solas y niños que miran a la cámara con los ojos en blanco. Isabel duró cuarenta minutos antes de quedarse dormida con la cabeza sobre el hombro de Ricardo, la copa de vino olvidada sobre la mesa. Ricardo aguantó otros veinte antes de cerrar los ojos también, con la boca abierta y un ronquido suave que se mezclaba con la banda sonora.
Santiago y Valentina se quedaron solos con la película.
Estaban sentados en el mismo sillón. No el de tres plazas — ese lo habían tomado Isabel y Ricardo. El de dos plazas. El que no dejaba espacio suficiente entre dos personas para fingir que estaban sentadas por separado.
Valentina sentía el calor del brazo de Santiago contra el suyo. Él tenía el brazo derecho sobre el descansabrazos y la pierna izquierda cruzada sobre la derecha, ocupando espacio con esa naturalidad de hombre alto que no sabe — o no le importa — que su cuerpo invade el territorio ajeno.
La película siguió. Una puerta se abrió sola. Una silla se meció sin viento. Un plato se cayó en la cocina con un estruendo que hizo que el sistema de sonido vibrara.
Y entonces — el jump scare.
La cara apareció en la pantalla sin aviso: blanca, deforme, con los ojos hundidos y la boca abierta en un grito silencioso. El sonido fue un golpe de orquesta — violines y percusión a volumen brutal que llenó la sala como una detonación.
Valentina le agarró el brazo.
No fue una decisión consciente. Fue el reflejo de un cuerpo asustado que busca lo sólido más cercano: sus dos manos se cerraron sobre el bíceps de Santiago con la fuerza de alguien que se agarra de una rama sobre un precipicio. Los dedos se le clavaron en la tela de la camisa negra y debajo de la tela estaba el músculo, duro, inmóvil, caliente.
Santiago no se movió. No brincó, no se tensó, no retiró el brazo. Se quedó exactamente como estaba, con la vista en la pantalla y el cuerpo quieto, como si el contacto de las manos de Valentina sobre su brazo fuera algo que había estado esperando — no el susto, no la película, sino esto. Esta excusa. Este permiso accidental que el miedo le daba para estar cerca sin tener que explicar por qué.
La escena pasó. La cara desapareció. La música bajó. Valentina aflojó los dedos.
Pero no soltó.
Se quedó con la mano sobre su brazo durante el resto de la película. Veinte minutos. Treinta. Los créditos empezaron a subir y ella seguía ahí, con los dedos flojos sobre su antebrazo, sintiendo el pulso de él debajo de la piel, contando los latidos como quien cuenta estrellas: sin propósito, sin final, solo por la necesidad de saber que siguen ahí.
Santiago tampoco se movió. En algún momento, su mano izquierda bajó del reposabrazos y se posó sobre la rodilla de él — pero cerca. Cerca de la mano de ella. No tocándola. Presente.
Los créditos terminaron. La pantalla se puso azul. Isabel roncaba suavemente. Ricardo tenía la cabeza echada hacia atrás como un pasajero de avión dormido.
Santiago giró la cabeza hacia Valentina. La luz azul de la pantalla le daba en la cara y le hacía los ojos más claros de lo que eran — casi ámbar, casi miel.
—Ya terminó —dijo.
—Ya —dijo ella.
Lo soltó. Se separó del sillón. Le costó — no físicamente, sino de la otra forma. De la forma en que cuesta soltar algo cálido cuando afuera hace frío.
Despertaron a Isabel y Ricardo. Isabel se disculpó tres veces por haberse dormido. Ricardo dijo que no se había dormido, que solo estaba descansando los ojos, y los cuatro subieron las escaleras juntos con la familiaridad de una familia que lleva años diciendo buenas noches en el mismo pasillo.
En el segundo piso, Isabel y Ricardo se fueron a la derecha. Valentina iba a la izquierda, a su cuarto. Santiago seguía subiendo al tercero.
—Valentina.
Se detuvo. Un pie en el escalón, una mano en el barandal. Se volteó.
Santiago estaba tres escalones arriba. La miraba desde arriba con esa expresión que ella había aprendido a decodificar durante semanas de convivencia: la mandíbula apretada, los ojos fijos, la postura de alguien que tiene algo atorado en la garganta y está decidiendo si lo traga o lo dice.
Abrió la boca. La cerró.
—Buenas noches —dijo.
—Buenas noches —dijo ella.
Subió. Desapareció en la curva de la escalera. Sus pasos se apagaron sobre la madera del tercer piso.
Valentina entró a su cuarto. Cerró la puerta. Se recargó contra la madera y se quedó ahí, con la espalda contra la puerta y las manos colgando a los lados, mirando la oscuridad de su cuarto sin verla.
Él iba a decir algo. Había abierto la boca y la había cerrado y lo que salió fue "buenas noches" pero eso no era lo que iba a decir. Lo que iba a decir estaba ahí, en la forma en que la miró, en los tres escalones de distancia que no cruzó, en la boca que se abrió y se cerró como una puerta que alguien toca y después decide que todavía no es hora de entrar.
¿Qué iba a decir?
Valentina se acostó sin cambiarse. Con la ropa del cine, con el olor a palomitas en el suéter, con la sensación del brazo de Santiago todavía impresa en las palmas como una quemadura que no duele pero que no desaparece.
Quería saberlo. Le daba terror saberlo. Eran la misma cosa.
Se durmió a las dos de la mañana, después de darle vueltas a tres escalones y una boca que se abre y se cierra, y soñó con una escalera que no terminaba nunca y un hombre de negro que siempre estaba tres peldaños arriba, siempre a punto de decir algo, siempre en silencio.