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LA SOMBRA DEL ECLIPSE INFINITO

LA SOMBRA DEL ECLIPSE INFINITO

Status: En proceso
Genre:Fantasía épica / Fantasía LGBT / Romance
Popularitas:380
Nilai: 5
nombre de autor: Lelixi

Un imperio donde la magia proviene de los cuerpos celestes. Quienes nacen bajo el Sol controlan la materia; quienes nacen bajo la Luna, la mente. Cada milenio ocurre un Eclipse de Sangre que otorga poder divino a quien realice un sacrificio real.

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Fuego Domado en el Cristal

El Círculo de la Penumbra se encontraba cincuenta varas por debajo de la superficie del Palacio de la Órbita Umbría. Era una cámara abovedada tallada directamente en la roca madre del ducado, revestida con baldosas de obsidiana mate y cuarzo nulo, un mineral capaz de absorber y aislar picos desmedidos de energía arcana. En el centro del recinto, el ambiente era tan denso y gélido que el aliento se condensaba en pequeñas nubes blancas al exhalar.

​Aurelius caminaba en círculos por la estancia, frotándose las muñecas desnudas. Había dejado atrás sus ropas de fugitivo y vestía ahora una túnica de entrenamiento de color gris ceniza, ceñida a la cintura por un fajín de cuero negro. Aunque sus heridas físicas habían curado gracias a los bálsamos del palacio, la ansiedad devoraba sus entrañas.

​—Este lugar parece una tumba —dijo Aurelius. Su voz resonó con un eco metálico contra las paredes de obsidiana—. Si intentas encerrarme aquí para ahogar mi magia, te advierto que este cuarzo terminará estallando como cristal barato.

​En el extremo opuesto del círculo, Valerius permanecía inmóvil. Se había despojado de su pesada capa militar y de la casaca abotonada. Solo vestía una camisa de seda negra con las mangas remangadas hasta los codos, dejando al descubierto unos antebrazos pálidos pero firmes y fibrosos. La ausencia de sus galones nobiliarios no restaba un ápice de su imponente porte; por el contrario, acentuaba una peligrosa aura de depredador relajado.

​—El cuarzo nulo no se rompe por la fuerza bruta, Aurelius, sino por la resonancia —respondió Valerius con tono pausado, dando varios pasos lentos hacia el centro del recinto—. Y tu problema jamás ha sido la falta de poder, sino la incoherencia de tu mente. Te han enseñado a temer a tu propio fuego porque la casa real solo valora la geometría del orden solar: armas de plasma limpio, escudos simétricos, construcciones de luz. Para ellos, la destrucción pura es una aberración. Para mí, es simplemente la materia en su estado más honesto.

​Aurelius se detuvo en seco, frunciendo el ceño. Sus ojos dorados brillaron con una mezcla de recelo y resentimiento.

​—No hables de mi fuego como si supieras lo que se siente —escupió el joven príncipe—. Cuando canalizo la energía del Sol, no siento la calidez ni la luz que sienten los demás príncipes. Siento que me quemo por dentro. Siento rabia, odio y un hambre negra que me exige reducirlo todo a cenizas. He visto arder las manos de mis instructores cuando intentaron enseñarme la 'geometría' que tanto alabas.

​—Eso es porque intentas contener una marejada usando tus propias manos —dijo Valerius, acortando la distancia entre ambos hasta quedar a menos de un metro de distancia.

​La diferencia de estatura y complexión entre los dos era evidente. Aurelius poseía la esbeltez viva, fibrilada y febril de la juventud golpeada por la tragedia; Valerius representaba la solidez madura, la templanza tallada por décadas de intriga política y el dominio absoluto de la mente sobre la carne.

​—Mírame —ordenó el Archiduque. No usó la fuerza telepática, pero la autoridad en su voz actuó como un mandato irresistible.

​Aurelius alzó la vista, clavando sus pupilas de oro en los pozos obsidianos del estratega.

​—En la magia de la Luna —continuó Valerius, manteniendo una fijeza casi hipnótica en la mirada—, aprendemos desde niños que el dominio no se ejerce aplastando el impulso, sino convirtiéndote en el recipiente del impulso. Tú peleas contra tu poder. Te avergüenzas de tu ira. Si quieres que tu fuego no te consuma, debes dejar de tratarlo como a un monstruo y empezar a tratarlo como a tu verdadero rostro.

​—Es muy fácil dar discursos filosóficos cuando tu magia solo consiste en leer pensamientos y mover piezas de ajedrez desde la sombra —reprochó Aurelius con una risa amarga.

​En un parpadeo, la mano derecha de Valerius se movió con una precisión aplastante. Su palma se posó directamente sobre el pecho de Aurelius, justo encima del esternón, donde el núcleo de la red telúrica solar latía con furia bajo la piel del príncipe.

​Aurelius ahogó un gemido. El contacto fue un choque térmico brutal. La piel de Valerius estaba helada, pero en lugar de repeler el calor de Aurelius, la magia psiónica del Archiduque penetró a través de la tela de la túnica, infiltrándose directamente en los canales de maná del muchacho.

​—¿Sientes eso? —murmuró Valerius, dando un paso más hacia él. La proximidad era tan íntima que Aurelius podía sentir el aliento helado del Archiduque rozando su mejilla—. Eso es mi red mental entrelazándose con tu flujo sanguíneo. Ahora mismo, mi mente es el dique y tu fuego es el río. No intentes empujar. Enciende la llama.

​—Valerius... no... si lo hago, te voy a quemar —advirtió Aurelius, intentando dar un paso atrás, pero la mano del hombre mayor en su pecho se afianzó con una firmeza de hierro, mientras que la otra mano del Archiduque se posó suavemente en la nuca del joven, acariciando el nacimiento de su cabello dorado con una delicadeza desconcertante.

​—Quémame si puedes, pequeño príncipe —desafió Valerius en un susurro grave, inclinado sobre su oído—. Muéstrame el infierno que tanto te asusta.

​La provocación, sumada a la caricia eléctrica en su nuca, encendió la mecha en el interior de Aurelius. Un rugido silente sacudió la estancia. De los poros del príncipe no brotó la clásica luz dorada del Sol de mediodía, sino una erupción de fuego negro con destellos anaranjados y púrpuras. Las llamas ascendieron como lenguas de dragón, envolviendo los cuerpos de ambos hombres en una esfera abrasadora que hizo que el suelo de obsidiana comenzara a cristalizarse.

​Aurelius cerró los ojos, aterrorizado, esperando escuchar los gritos de agonía del Archiduque.

​Pero los gritos nunca llegaron.

​Valerius no se movió un solo milímetro. Un escudo de fuerza psiónica transparente, invisible a simple vista pero denso como el diamante, cubría la piel del hombre noble. El fuego de Aurelius lamedaba el contorno del rostro de Valerius, rugiendo, intentando devorarlo, pero la barrera mental del Archiduque reconducía la temperatura, desviando el calor extremo hacia los lados.

​Navegando a través del vínculo mental que había establecido, Valerius entró en la conciencia de Aurelius. Lo que encontró allí no era un monstruo, sino un laberinto de soledad, humillación, años de desprecio real y un miedo voraz a ser abandonado.

​«Respira, Aurelius», la voz de Valerius no resonó en la habitación, sino directamente dentro del cráneo del joven, suave, envolvente, casi una caricia maternal y dominadora a la vez. «No disperses el calor. Imagina que el fuego es una esfera en la palma de mi mano. Dámelo. Confía en mí».

​Aurelius abrió los ojos, empañados por lágrimas de agotamiento. Vio la cara de Valerius a escasos centímetros de la suya. La mirada del Archiduque no mostraba miedo ni asco; había una fascinación oscura, un apetito de posesión y una admiración profunda por el poder descontrolado del muchacho.

​Guiado por la presencia mental de Valerius, Aurelius exhaló despacio. Dejó de luchar contra la temperatura de su propia sangre. Por primera vez en su vida, sintió que el fuego no intentaba romper sus costillas para escapar; las llamas que los rodeaban comenzaron a replegarse, condensándose entre los pechos de ambos hombres hasta formar una pequeña esfera de plasma negro-dorado, perfectamente estable, que flotaba sobre la mano de Valerius.

​La esfera iluminaba los rostros de ambos con una luz crepuscular, hipnótica.

​Aurelius estaba exhausto, jadeando con violencia. Su pecho subía y bajaba rápidamente, rozando el torso de Valerius. El calor del joven y el frío del maduro noble se fusionaban en una atmósfera cargada de un erotismo tétrico y tenso.

​—Lo... lo he hecho —susurró Aurelius, sin poder apartar los ojos de los labios de Valerius, que estaban dolorosamente cerca de los suyos.

​—Has dado el primer paso —corrigió Valerius, bajando la mano y dejando que la esfera de fuego se disipara en el aire sin causar daños—. Tienes un diamante bruto en el pecho, Aurelius. Y yo voy a pulirte hasta que seas capaz de abrasar a todo el Imperio si te lo pido.

​Aurelius sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la cámara. La dependencia que este hombre estaba creando en él era aterradora, pero al mismo tiempo, jamás se había sentido tan comprendido, tan protegido y tan extrañamente deseado.

​Valerius no retiró la mano de la nuca de Aurelius de inmediato. Pasó el pulgar por el pómulo manchado de ceniza del príncipe, limpiándolo con un movimiento lento y posesivo.

​—A partir de mañana, los entrenamientos durarán seis horas al día —dijo Valerius, recuperando la frialdad en su voz mientras daba un paso atrás, rompiendo el transe—. Ahora vuelve a tus aposentos. El servicio te ha preparado un baño de sales alquímicas.

​Aurelius permaneció de pie unos segundos, sintiendo el vacío repentino del contacto antes de asentir en silencio y salir de la cámara subterránea.

​Cuando la pesada puerta de hierro se cerró, Valerius se miró la palma de la mano derecha. La tela de su manga estaba ligeramente chamuscada y la piel de sus dedos temblaba imperceptiblemente por el esfuerzo de haber sostenido semejante poder. Una sonrisa calculadora, pero teñida de algo mucho más peligroso, se dibujó en sus labios.

​—Un fuego hermoso... —murmuró el Archiduque en la soledad de la tumba de obsidiana—. Qué lástima que vaya a tener que romperte el corazón para enseñarte a usarlo del todo.

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MARIA ZANCHES PEREZ
bien ya te perdone 🥰🥰🥰🥰
MARIA ZANCHES PEREZ
rayos ya me estaba enamorado de ti y sales con esto 😭😭😭
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