Carlos está decidido a cobrar venganza, sin importar que el corazón se le esté partiendo en dos.
Lucia, envuelta en una venganza sin retorno...
Las cenizas serán lo único que quede de aquella guerra.
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22
### Lucía Pereyra
Mi cabeza era un torbellino caótico donde chocaban dos realidades completamente opuestas.
Por un lado, la calidez de las semanas recientes: el olor a chocolate dulce del pastel de cumpleaños, las risas en la playa de Miami, los besos apasionados que me hacían sentir amada y protegida por mi supuesto "mejor amigo". Por el otro, la crudeza fría y cortante del pasado: sus manos frías estrangulándome contra la pared de su oficina, las amenazas de destruir a mi familia, la ruina de mi padre y el dolor de ver cómo este hombre pretendía adueñarse de mi aliento.
Era una locura aturdida. Pero entre la bruma del trauma y la nostalgia de una farsa, nació algo inquebrantable: mi propia dignidad. No iba a permitir que nadie volviera a pisotearme.
—Abre la puerta, Carlos —repetí con una voz que no tembló, manteniéndome erguida sobre mis propios pies.
Carlos rompió en un llanto deshecho. Ver a ese hombre poderoso y temido arrastrarse sobre sus rodillas por la alfombra hasta llegar a mis pies era desgarrador, pero no me conmovió. Se aferró a la orilla de mi vestido con una desesperación enferma, ahogado en su propio arrepentimiento.
—Lucía... por favor, te lo suplico, no me hagas esto —imploró con el rostro bañado en lágrimas, apretando la tela como si al soltarme fuera a caer al abismo—. Perdóname... Sé que fui un maldito monstruo, pero no me dejes. Te juro por mi vida que voy a cambiar. Te devolveré cada centavo que le quité a tu padre, pondré todo a tu nombre, te daré la libertad de ver a quien quieras... pero no te vayas de mi lado. Si te vas, me muero, Lucía. ¡Me muero!
Intentaba sostener el control de la única forma que le quedaba: manipulando mi compasión, pidiendo perdón mientras me mantenía encerrada bajo llave en su propia mansión.
—Tuviste tu oportunidad, Carlos —le dije, mirándolo desde arriba con una distancia helada que le congeló las palabras en la garganta—. Te aprovechas de mi amnesia para construir una mentira perfecta. Me hiciste creer que me cuidabas mientras me tenías viviendo con el mismísimo hombre que casi me mata. Eso no es amor. Eso es una obsesión asquerosa.
—¡Estaba desesperado! —chilló, abrazando mis piernas con fuerza en un intento vano de retenerme allí para siempre—. ¡No podía soportar la idea de que me odiaras! Si me dejas ahora, no voy a responder de mí... No puedes salir por esa puerta, no te lo voy a permitir...
—Me vas a soltar ahora mismo —lo interrumpí con una firmeza impecable, clavando mis ojos en los suyos.
Su agarre flaqueó ante el fuego de mi mirada.
—No puedes volver a lastimarme, Carlos —continué, secándome el rastro de la última lágrima con la mano firme—. El pasado se queda exactamente donde pertenece: atrás. No te guardo rencor, porque el odio hacia ti me consumiría la vida que casi me quitas, pero jamás voy a volver a agachar la cabeza ante ti. Ni por pena, ni por miedo.
Con un movimiento decidido, me zafé de su agarre, dejando que sus manos cayeran vacías sobre el suelo. Caminé a paso firme hacia la puerta, pasé al lado de la cerradura y me giré a mirarlo una última vez.
Carlos me observaba desde el piso, destruido, viendo cómo todos sus intentos por manipularme o retenerme se desmoronaban por completo. Su poder sobre mí había expirado.
—Saca la llave de tu bolsillo y abre esta maldita puerta —ordené con tranquilidad—. Porque si no lo haces tú, voy a romper esa ventana con rejas y voy a gritarle a toda la ciudad quién eres realmente. La decisión es tuya: o me dejas ir como un hombre consciente de su culpa, o me voy yo misma destruyendo lo poco que te queda.
Aplastado por la firmeza de mi decisión y comprendiendo que ya no le quedaba ningún hilo que mover, Carlos se puso de pie torpemente. Con las manos temblándole fuera de control, sacó la llave de su saco, caminó hacia la puerta sin atreverse a cruzar mirada conmigo y giró el cerrojo.
La puerta se abrió de par en par. Crucé el umbral sin volver la vista atrás, dejando a mis espaldas la mentira, la jaula y al hombre que intentó consumirme. La verdadera Lucía Pereyra estaba de vuelta, y esta vez, nadie volvería a apagar su luz.