Jessica estaba a punto de casarse con el hombre que creía amar… hasta que descubrió que Cedric la engañaba con su propia hermana.
Destrozada por la traición, Jessica se cruza con Cristóbal, el padre de Cedric, un poderoso empresario que guarda sus propios secretos. Cuando la madre de Jessica muere inesperadamente, una serie de misterios familiares salen a la luz.
Mientras Cedric, Julieta y la exesposa de Cristóbal conspiran para destruirla y quedarse con una fortuna, Jessica descubre que la persona que menos esperaba podría convertirse en su mayor aliado… y en el amor que jamás imaginó.
Una traición. Una familia llena de secretos. Una fortuna en peligro. Y un amor prohibido que nadie vio venir.
¿Jessica descubrirá la verdad antes de perderlo todo
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Capítulo 5 — La caja escondida
La casa de mi madre estaba en silencio. Entré con Cristóbal y cerré la puerta tras de mí, sintiendo que al cruzar el umbral entraba también en un pasado que no conocía. El aire olía a su perfume, a lavanda y vainilla, y por un instante tuve la absurda esperanza de encontrarla en la sala, leyendo junto a la ventana. Pero el silencio era absoluto.
—¿Por dónde empezamos? —pregunté, con la voz baja, mientras recorría con la mirada los muebles que ella había cuidado con tanto amor.
—Piensa en lo que te dijo aquel hombre —respondió Cristóbal, de pie junto a la puerta, sin avanzar, respetando mi espacio—. Si tu madre ocultaba algo, lo guardaría en un lugar que solo ella conociera. Algo que no quisiera que nadie encontrara.
Asentí y caminé hacia su habitación. Era un lugar pequeño, acogedor, lleno de luz. Me arrodillé frente al viejo roble de madera oscura que había pertenecido a su propia madre. Sabía que ahí guardaba sus cosas más queridas: cartas, fotografías, objetos que no quería perder. Abrí las puertas despacio.
—¿Qué buscas? —preguntó Cristóbal, que había entrado detrás de mí y se había detenido en el umbral.
—No lo sé —respondí, moviendo con cuidado las prendas de vestir—. Algo… algo que no encaja.
Mis manos temblaban mientras revisaba. Encontré ropa, pañuelos, un collar de perlas que le había regalado mi padre… pero nada fuera de lo común. Casi pierdo la esperanza, hasta que mis dedos rozaron el fondo del mueble, contra la madera. Había algo suelto, una tabla que no estaba bien fijada.
Me senté en el suelo y, con el corazón latiéndome desbocado, tiré de ella. La tabla se desprendió con un leve crujido. Y ahí, escondida en el hueco que había dejado al descubierto, estaba: una caja de madera, pequeña, antigua, tallada con flores en relieve, con un cerrojo oxidado que parecía no haber sido abierto en años.
La saqué con manos temblorosas y la puse sobre la cama. Cristóbal se acercó lentamente, y su sombra cayó sobre la caja, como si ambos comprendieran que al abrirla, nada volvería a ser igual.
—¿Tienes la llave? —preguntó, con voz suave.
Negué con la cabeza.
—Nunca la vi.
Intenté forzar el cerrojo con cuidado, pero no cedió. Cristóbal sacó del bolsillo una navaja pequeña, la deslizó con delicadeza entre la cerradura y, con un leve movimiento, el cerrojo saltó con un sonido seco.
—Adelante —me dijo, haciendo un gesto con la mano—. Tú debes ser quien la abra.
Respiré hondo y levanté la tapa. El interior estaba forrado de terciopelo descolorido. No había mucho, pero cada objeto pesaba como plomo.
Primero, un montón de fotografías en blanco y negro y en color, descoloridas por el tiempo. Las tomé una por una: mi madre, joven, mucho más joven de lo que yo la recordaba, junto a un hombre que no reconocí. Alto, de mirada intensa, sonriendo a la cámara como si fuera el hombre más feliz del mundo. En otra foto, ambos aparecían abrazados, y ella sostenía en sus brazos a un bebé recién nacido. Y en una tercera, el hombre estaba de pie junto a otro… un hombre que reconocí al instante: el padre de Cristóbal.
Se me cortó la respiración. Pasé a los siguientes objetos: sobres cerrados, con membrete de despachos de abogados de hace décadas, documentos oficiales con sellos y firmas, y una carta doblada, con la letra de mi madre, dirigida a mí, con una fecha escrita en la esquina superior: «Para mi hija Jessica, cuando yo ya no esté».
—Dios mío… —susurré, dejando caer las manos a los costados.
Cristóbal se inclinó para ver las fotos, y su respiración se detuvo. Su rostro se tornó pálido, y por un instante creí que iba a desmayarse.
—Esto… esto es imposible —murmuró, tomando una de las fotografías con dedos temblorosos—. Ese hombre… es mi padre. Y ella… era muy joven. Demasiado joven.
—¿Quién es él? —pregunté, señalando al hombre que aparecía junto a mi madre y junto al padre de Cristóbal—. ¿Lo conoces?
—Sí —respondió él, con voz grave, mirándome con una expresión de profunda inquietud—. Se llamaba Leonardo. Era el socio de mi padre… y también su mejor amigo. Desapareció cuando yo era niño. Nadie supo qué fue de él.
La habitación se me quedó pequeña. Las paredes parecían cerrarse sobre mí. Mi madre, Leonardo, el padre de Cristóbal… todos conectados en un pasado que ella nunca me mencionó. Y esa carta, dirigida a mí, esperando ser leída solo tras su muerte.
—Todo lo que creí saber sobre ella… era mentira —susurré, sintiendo las lágrimas llenarme los ojos de nuevo—. ¿Por qué lo ocultó todo? ¿Por qué no me dijo nada?
Cristóbal posó una mano sobre mi hombro, con suavidad, y su contacto me dio un atisbo de calma en medio del caos.
—No lo sabemos todavía —dijo con serenidad—. Pero lo averiguaremos. Lee la carta. Quizás ella te dio todas las respuestas antes de irse.
Miré el sobre una vez más. «Para mi hija Jessica, cuando yo ya no esté». Algo en su interior me dijo que al leer esas líneas, mi vida cambiaría de una forma que jamás habría imaginado. Que esa caja no solo contenía recuerdos… contenía la verdad sobre quién era yo, y sobre por qué mi madre había muerto.
Y mientras mis dedos rozaban el papel, comprendí que la traición de Cedric y Julieta no era más que la punta del iceberg. Lo que estaba por descubrir era mucho más grande, mucho más oscuro… y nos involucraba a todos.