En la calle de los Mangos, en el corazón de San José, existe un edificio de tres pisos de color amarillo desvaído, con escaleras que crujen más que las quejas de doña Eustaquia y un patio donde crecen plantas que nadie plantó pero que todos riegan. Aquí nadie tiene secretos porque las paredes son tan delgadas que se escucha hasta cuando alguien busca las llantas en la bolsa. Y lo mejor: cada día pasa algo tan absurdo que nadie podría inventarlo. Esta es la historia de sus vecinos, sus líos, sus risas y esa alegría contagiosa que nace cuando las vidas se mezclan demasiado.
NovelToon tiene autorización de Lohendy G para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El cartel de aviso
Todo empezó porque las paredes del edificio eran tan delgadas que se escuchaba hasta cuando alguien se daba la vuelta en la cama… y sin embargo, nadie lograba comunicarse cuando de verdad quería. Un día Don Beto puso un cartón viejo clavado en la pared del pasillo, con letras grandes y temblorosas que decían: TABLERO DE AVISOS — ESCRIBAN LO QUE NECESITEN.
—Así nadie se olvida de nada —dijo muy satisfecho, clavando bien las esquinas—. Aquí se pondrán los avisos importantes: cuándo limpiar, cuándo regar, cuánto se paga de luz. ¡Orden y claridad! ¡Eso es lo que hace falta!
Al principio, todo parecía ir bien. La primera nota decía: “Por favor, cerrar bien la llave del agua. Doña Eustaquia”. Debajo, Don Beto añadió: “Recordatorio: asamblea el lunes a las seis. El presidente”. Y la señorita Lidia escribió con letra delicada: “Si alguien encuentra mi pañuelo blanco, gracias. Lidia”. Todo serio, todo ordenado, tal como le gustaba a Don Beto.
Pero el problema fue que el cartel estaba siempre allí, a la vista de todos, y la gente pasaba, leía… y se le ocurrían cosas.
Un día, el Charly, que pasaba con las manos sucias de grasa, sacó un trozo de carbón y escribió debajo de todo: “Aviso importante: si ven un destornillador perdido, es mío. Tiene la punta chata y me quiere más que a mí mismo. El Charly”.
Doña Eustaquia lo leyó, soltó una risita y escribió al lado: “El destornillador está donde siempre lo dejas: tirado en medio del patio. ¡Y no lo quieres más que a tu propia madre! Eustaquia”.
Y así empezó todo. Al día siguiente apareció un dibujo de Pelusa el perro, con una media en la boca, y debajo: “Este señor vive mejor que nosotros”. Luego alguien escribió: “¿Alguien sabe por qué el sol se va tan temprano?”, y otro respondió: “Porque se va a dormir antes que usted”. Otro puso: “Se venden mangos dulces — o se regalan si me cuentan un chiste”. Y hasta El Bocón, el loro, parecía haber escrito algo: alguien puso con letras grandes: “¡Silencio, inútiles!” y debajo, en letra pequeña: “Dicho por El Bocón, no por mí”.
Don Beto fue el primero en alarmarse. Llegó una mañana, leyó todo aquello, se llevó las manos a la cabeza y gritó:
—¡Esto es un desastre! ¡Esto era para avisos serios! ¡Y ahora parece un libro de chistes! ¡Voy a borrarlo todo!
Sacó un trapo y estaba a punto de borrarlo, cuando se detuvo a leer una nota que le llamó la atención. Decía: “Gracias a quien me dejó café en la puerta. Me alegró la mañana. Una vecina agradecida”. Debajo, otra: “Gracias por ayudarme a subir la compra. Son muy amables”. Y otra más: “Si alguien se siente triste hoy, mire las flores del pozo. Están hermosas. Don Casimiro”.
Don Beto se quedó quieto, con el trapo en la mano, leyendo una tras otra. Había bromas, sí, y dibujos torpes, y frases sin sentido… pero también había palabras de agradecimiento, de cariño, de consuelo. Alguien había escrito: “Aquí todos somos un poco locos, pero todos somos buena gente”, y debajo todos habían puesto su firma.
Doña Eustaquia se acercó por detrás, se asomó por encima de su hombro y dijo suavemente:
—¿Lo va a borrar, Don Beto?
Él miró el cartel, luego miró a doña Eustaquia, y poco a poco fue bajando el trapo.
—No —dijo despacio, con una sonrisa que le nacía sola—. Creo que… creo que este cartel sirve mejor así.
Y así, aquel tablero que nació para poner reglas y avisos serios se convirtió en el lugar más querido de todo el edificio. Cada mañana, antes de irse a sus cosas, todos pasaban a leerlo. A veces se reían a carcajadas con alguna broma nueva. A veces encontraban una palabra bonita que les levantaba el ánimo. A veces alguien pedía ayuda y al rato ya había tres respuestas diciendo: “Yo te ayudo”.
Un día apareció una nota que decía: “Me siento sola hoy”. Al día siguiente, debajo, había decenas de respuestas: “Pasa a tomar café conmigo”, “Yo te enseño a regar las flores”, “Te presto mi libro”, “Aquí tienes un abrazo dibujado”, y un dibujo enorme de unos brazos abiertos que ocupaba toda la hoja.
Don Beto nunca más puso reglas en aquel tablero. Solo una vez, en la parte de arriba, escribió con letra grande y clara: “Aquí se puede escribir todo lo que salga del corazón. Que sea bueno, que sea alegre, que sea sincero”.
Y así, el cartel de avisos que debía ser serio y ordenado se convirtió en el alma del edificio. Porque aprendieron algo maravilloso: que las reglas se pueden escribir en cualquier lado… pero las palabras que salen del corazón, las que se dicen sin miedo y con cariño, esas son las que de verdad unen a las personas.
Desde aquel día, nadie imaginaba el edificio sin su cartel. Y cada vez que alguien nuevo llegaba y preguntaba qué significaba todo aquello escrito con tinta, lápiz, carbón y hasta crayolas de colores, los vecinos respondían con orgullo: “Es nuestro tablero. Ahí no se ponen reglas. Ahí se pone lo que sentimos. Y eso basta”.