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Sangre De Poder, Corazón De Contrato

Sangre De Poder, Corazón De Contrato

Status: En proceso
Genre:CEO
Popularitas:574
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Él tiene el imperio, el apellido y el control absoluto. Ella solo buscaba salvar a su familia y terminar atrapada en un trato que nunca pidió. Un contrato frío los une frente al mundo, pero bajo las apariencias de un matrimonio falso se desata una pasión que ninguno de los dos esperaba. Entre secretos familiares, traiciones y un legado que defender, descubrirán que el lazo más fuerte no se escribe en un papel… se graba en el corazón. ¿Podrán dos mundos opuestos construir un amor verdadero, o el poder lo destruirá todo antes de que sea demasiado tarde?

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CAPÍTULO 2 UNA CEREMONIA EN SILENCIO

El sol apenas comenzaba a asomarse cuando desperté. Me incorporé despacio, mirando a mi alrededor, y por un segundo no supe dónde estaba. La habitación era amplia y luminosa, con muebles de madera oscura, cortinas de seda de tono crema y una cama tan grande que parecía infinita. Todo estaba en perfecto orden, sin una sola cosa fuera de su lugar. Era hermosa, sí, pero también fría, impersonal, como si nadie hubiera vivido allí nunca. Y en cierto modo, era así: aquella habitación había sido preparada para mí apenas unas horas antes.

Me levanté y me acerqué a la ventana. Abajo se extendía un jardín inmenso, con senderos de piedra, flores de muchos colores y árboles altos que se mecían suavemente con la brisa de la mañana. Sin embargo, aquella belleza me pareció ajena, como si yo fuera solo una invitada que pronto tendría que irse. Y en cierto modo, así era: yo no pertenecía allí. Era parte de un trato, una firma sobre un papel, nada más.

Unos toques suaves en la puerta me sacaron de mis pensamientos. Al abrirla, encontré a una joven amable que me saludó con una reverencia discreta.

—Buenos días, señorita Aitana. Soy Clara. El señor Ferrer me ha enviado para ayudarla a vestirse y prepararse. La ceremonia será dentro de poco.

Asentí y la dejé pasar. Sobre la cama había un vestido de color marfil, sencillo pero elegante, junto con unos zapatos del mismo tono y un pequeño ramo de flores blancas. No había lujos exagerados, ni encajes ostentosos, ni velo largo que ocultara mi rostro. Tal como él había dicho: no había necesidad de hacer un espectáculo. Era un matrimonio, sí, pero no de amor. Solo de conveniencia.

Mientras Clara me ayudaba a peinar y vestir, no pude evitar sentir un nudo en la garganta. Me estaba casando. En unas horas llevaría el apellido de un hombre que apenas conocía, compartiría su casa y su vida frente al mundo, y todo ello sin haber recibido jamás una palabra de cariño ni una caricia sincera. Respiré hondo y recordé por qué estaba allí: mi hermana, las deudas, la seguridad de mi familia. Eso era lo importante. El resto… el resto vendría después, o quizás nunca vendría.

Cuando estuve lista, Clara me acompañó hasta la planta baja. Caminamos por pasillos que me parecieron interminables hasta llegar a una pequeña sala iluminada por luz natural. Allí estaban esperándome: Dante, de pie junto a una ventana, vestido con un traje oscuro que le daba un aspecto aún más imponente; su abuelo, Don Eliseo, sentado cerca de una mesa, mirándome con una sonrisa llena de ternura; y dos personas más que supuse serían los testigos y el notario.

Dante se giró al oír mis pasos. Sus ojos se detuvieron en mí un instante, recorriéndome despacio de arriba abajo, sin dejar escapar ningún detalle. Yo sentí que me ponía nerviosa bajo su mirada, como si estuviera siendo juzgada. Al fin habló con su voz habitual, serena y firme:

—Estás lista. Bien. Empecemos.

No hubo palabras bonitas, ni cumplidos, ni una sola frase que hiciera latir mi corazón con ilusión. Todo fue rápido, formal y silencioso. El notario leyó en voz alta los documentos, explicó nuestros deberes y derechos, y repitió aquello que ya sabíamos: un plazo de dos años, deberes mutuos ante la sociedad, y al final, cada uno por su lado.

Cuando llegó el momento de pronunciar el "sí, quiero", mi voz salió temblorosa pero decidida. Dante respondió con seguridad, sin dudar ni un segundo. Luego nos acercamos a la mesa y firmamos. Mi mano temblaba al sostener la pluma; la suya, en cambio, se mantuvo firme, con una calma que parecía inquebrantable. Cuando terminó, levantó la vista y sus ojos se encontraron con los míos. Por un momento creí que diría algo, aunque fuera una cortesía. Pero solo me dijo:

—Ya estamos casados.

—Sí —respondí yo, sin saber qué más decir.

Don Eliseo se acercó y me tomó ambas manos entre las suyas.

—Enhorabuena, querida. Que este tiempo juntos os traiga mucho bien a los dos. Y recuerda: aquí tienes un hogar siempre, no importa lo que digan los papeles.

Me dio un beso en la frente y luego hizo lo mismo con Dante, quien se mantuvo serio, aunque sus rasgos se suavizaron un instante ante las palabras de su abuelo.

Los testigos y el notario se retiraron poco después. Nos quedamos solos en la sala: Dante, de pie, mirando hacia cualquier lado menos hacia mí; y yo, sintiéndome de pronto pequeña y fuera de lugar en aquel vestido que ya no parecía tan bonito ni tan adecuado.

Dante se acercó a mí y me extendió una tarjeta y un sobre.

—Aquí tienes una tarjeta de crédito a tu nombre. Úsala para lo que necesites: ropa, gastos personales, todo lo relacionado con tu estancia aquí. En el sobre hay una lista de eventos sociales a los que debemos asistir juntos durante las próximas semanas. Mi abogado te explicará con más detalle tus obligaciones públicas. Por ahora, solo te pido una cosa: mantengamos las apariencias. Que nadie sospeche que esto es un trato.

Lo dijo sin rodeos, como si me estuviera dando una lista de tareas de la oficina. No hubo ninguna mención a mis sentimientos, ni a lo que yo esperaba o necesitaba. Solo reglas. Siempre reglas.

—Entendido —respondí tomando lo que me daba—. Haré lo posible por no decepcionarte.

Dante entrecerró ligeramente los ojos, como si mi respuesta le hubiera tomado por sorpresa.

—No espero que me ames, Aitana. Solo espero que cumplas tu palabra, igual que yo cumpliré la mía. Mientras no cruces las líneas que hemos acordado, nos irá bien a los dos.

—¿Y qué líneas son esas? —me atreví a preguntar.

—No preguntes por mis negocios ni por mis asuntos personales. No busques lo que no te pertenece. Y sobre todo… —hizo una pausa y me miró fijamente—, no esperes de mí lo que no puedo darte.

Sus palabras cayeron sobre mí con peso propio. Asentí en silencio, guardando la tarjeta y el sobre entre mis manos. Aquello era justo lo que me había advertido el día anterior: no me enamorara, no esperara nada de él. Y yo, por mi bien, debía prometerme a mí misma cumplirlo.

Esa tarde, después de que él se marchara a la oficina, salí a caminar por los jardines para despejar la mente. Caminé entre los árboles y las flores, respirando hondo, tratando de acostumbrarme a aquella nueva vida que había comenzado de golpe. Sabía que los días no serían fáciles. Vivir bajo el mismo techo que un hombre tan cerrado y orgulloso, fingir ante todos que éramos una pareja feliz, callar cuando quisiera preguntar y callar también cuando quisiera llorar… todo eso sería un reto constante.

Pero entonces recordé su mirada, aquella intensidad con la que me miraba de vez en cuando, como si quisiera descubrir algo que yo no decía. Y a pesar de sus palabras frías, de sus distancias y de sus advertencias, una vocecita en mi interior me decía que bajo aquella coraza de hielo había algo más. Algo que él se esforzaba por ocultar.

Y quizás, solo quizás… con el paso del tiempo, aquel contrato firmado en papel acabaría transformándose en algo mucho más real, mucho más profundo y mucho más hermoso de lo que ninguno de los dos se atrevía a imaginar.

Pero por ahora, eso era solo un deseo. Y los deseos, me dije, son peligrosos cuando se firman contratos como este.

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FIN DEL CAPÍTULO 2

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