La Protagonista Marcela: Dulce, obediente y sumisa en apariencia ante su esposo, pero una mente brillante, estratega y creadora de best-sellers mundiales en secreto. Lleva 25 años guardando su identidad con ayuda de su abogada y sus dos fieles amigas.
El Esposo Patricio: Magnate de los restaurantes, controlador y narcisista. Cree que tiene el control absoluto y decide humillarla públicamente para pedirle el divorcio, sin saber que está pisando un terreno minado. Lleva 10 años con una doble vida.
Los Aliados Clave:
Sus tres hijos: Aman a su madre profundamente y el mayor no duda en encarar al padre.
Las dos amigas Regina y Paulina: Cómplices del secreto literario y testigos de la falsedad del empresario.
El Presidente de la Nación: Su amor de juventud, viudo, padre de dos hijas y profundamente enamorado de ella desde siempre. Es el apoyo inesperado que le recuerda lo mucho que vale.
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LA NOCHE MÁS LARGA DEL PRESIDENTE
La tormenta anunciada por el viento no tardó en desatar su furia sobre la capital. Los relámpagos cruzaban el cielo oscuro como ramificaciones de fuego, seguidos por truenos secos que sacudían los cristales de los edificios gubernamentales y de las residencias más exclusivas.
En el palacio presidencial, el despacho de Santiago seguía a oscuras, a excepción de la luz cenital de la luna que se filtraba a través de los ventanales rotos, iluminando el caos material que reflejaba el estado de su alma. El presidente de la nación permanecía sentado en el suelo, con la espalda recostada contra la base del pesado escritorio de caoba. Tenía las piernas estiradas, la camisa arrugada y las manos vendadas de manera improvisada con un pañuelo blanco para contener los cortes en las palmas.
A su lado, sobre la alfombra, reposaba un viejo marco de plata volteado. Santiago extendió una mano temblorosa, lo levantó con lentitud y encendió la pequeña lámpara de emergencia que su asistente había dejado discretamente sobre una mesita auxiliar antes de retirarse, acatando la estricta orden de no dejar entrar a nadie bajo ninguna circunstancia.
En la fotografía dentro del marco aparecían dos jóvenes de dieciocho años sonriendo bajo la sombra de un viejo roble en el patio del instituto. Eran él y Marcela. Aquella tarde le había prometido que construiría un mundo donde nadie pudiera lastimarla, un imperio de justicia y libertad donde ambos reinarían juntos. Veinticuatro años después, ese imperio se había convertido en un campo minado de silencios, mentiras y una paternidad robada que lo quemaba por dentro.
—¿Por qué, Marcela...? —susurró Santiago al vacío, con la voz rota, dejando que una nueva lágrima silenciosa se perdiera entre su barba mal afeitada—. ¿Por qué me dejaste fuera de su vida? ¿Por qué me condenaste a extrañarte mientras criabas al fruto de nuestro amor con el monstruo que nos destruyó?
El dolor no disminuía; al contrario, con cada minuto que pasaba en esa soledad absoluta, la rabia inicial se iba transformando en una tristeza infinita, en un vacío tan insondable que lo hacía dudar de su propia capacidad para seguir adelante. Gobernaba un país entero, tomaba decisiones que afectaban a millones de ciudadanos todos los días, pero se sentía completamente incapaz de enderezar su propia vida.
Mientras tanto, a pocos kilómetros de distancia, en el santuario de la mansión, Marcela vivía su propio calvario. No había encendido las luces. Sentada en el suelo de su estudio, acurrucada con las rodillas contra el pecho y envuelta en un chal de lana, contemplaba la silueta de los árboles azotados por la lluvia a través del ventanal.
Sus hijos habían intentado acercarse en varias ocasiones, tocando la puerta con timidez y ofreciéndole una taza de té caliente o palabras de consuelo que ella apenas lograba escuchar a través de la muralla de su propia culpa. Andrés, cargando con el peso inmenso de haber presionado la confesión, se había quedado sentado en el pasillo, con la espalda apoyada en la pared frente al estudio de su madre, vigilando su silencio con una mezcla de dolor y madurez forzada.
—Perdóname, hijo... perdóname por haberte traído a este mundo cargando una mentira tan pesada —repetía Marcela en un susurro inaudito, sintiendo que el corazón se le desgarraba al recordar la mirada de desilusión absoluta con la que Santiago le había colgado el teléfono.
Sabía que las palabras que él le había lanzado —el que ama no daña, el que ama no miente— eran la estocada más justa y dolorosa que podía recibir. Ella había intentado protegerlos a todos del poder destructivo de Patricio Iglesias, pero en su afán por blindar a su familia del escarnio y la ruina, había terminado construyendo una cárcel de secretos de la que nadie salió ileso. El monstruo había caído, su imperio de cartón se había desmoronado ante los tribunales, pero las cenizas de su victoria sabían a derrota absoluta.
La lluvia golpeaba los cristales con una intensidad feroz, como si el cielo mismo exigiera una rendición de cuentas que ya no tenía remedio. Las horas transcurrían pesadas, marcadas por el tic-tac implacable del reloj de péndulo en el recibidor, mientras ambos, separados por la distancia física pero unidos por el mismo sufrimiento incurable, aguardaban en la oscuridad el amanecer de un día que jamás volvería a ser el mismo.