Loretta, condesa Russell. Tiene otra oportunidad para arreglar su matrimonio y salvar a su hijo que lleva en su vientre
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Capitulo 16
Los meses cambiaron muchas cosas.
La nieve comenzó a retirarse lentamente de los caminos, los mercados recuperaron movimiento y las rutas comerciales que Loretta había protegido antes del invierno empezaron a demostrar el valor de cada una de sus decisiones.
Los almacenes del condado seguían llenos.
El grano se había vendido en el momento exacto.
La lana almacenada durante meses alcanzó precios extraordinarios cuando los territorios vecinos sufrieron escasez.
Las ganancias fueron tan grandes que incluso los administradores más conservadores dejaron de cuestionarla.
Ya nadie hablaba de la joven condesa impulsiva que había llegado a la mansión años atrás.
Ahora hablaban de Lady Loretta Russell.
La mujer que había salvado la economía del territorio.
La esposa que había defendido el legado de Carter durante la guerra.
La señora que había desenmascarado traidores dentro de la propia familia Russell.
Y aunque muchos desconocían la verdad completa, los habitantes del condado habían comenzado a sentir un afecto sincero hacia ella.
Loretta seguía trabajando cada día.
Pero ya no podía moverse con la misma facilidad.
Su embarazo había avanzado.
Cinco meses.
Su vientre ya era imposible de ocultar. Era extraño. En su vida pasada no se notaba, ahora sí y era más grande. Sin embargo, Loretta llegó a la conclusión de que su alimentación y saber que su esposo está vivo fueron suficientes para que el bebé creciera mejor en su vientre.
Cada mañana, al despertar, apoyaba ambas manos sobre él durante unos segundos.
Todavía le costaba creerlo.
Porque en su memoria seguía existiendo aquella otra vida.
Aquella donde había dado a luz sola.
Aquella donde había llorado abrazando a un pequeño cuerpo que ya no respiraba.
Donde había deseado una segunda oportunidad incluso cuando sabía que jamás llegaría.
Y sin embargo estaba allí.
Vivo.
Creciendo.
Protegido.
A salvo.
—Buenos días, pequeño —susurró una mañana mientras acariciaba suavemente su vientre—. Tu padre regresará pronto.
Aquellas palabras ya no eran una esperanza desesperada.
Eran una convicción.
Las cartas de Carter llegaban regularmente.
Menos frecuentes debido a las operaciones militares finales, pero suficientes para mantener viva la calma.
La guerra prácticamente había terminado.
Las últimas cartas hablaban de negociaciones.
Rendiciones.
Limpieza de focos rebeldes.
Y una promesa repetida en cada página.
“Volveré"
Loretta siempre sonreía al leer esa línea.
Porque podía imaginar perfectamente la expresión de Carter mientras la escribía.
Serio.
Concentrado.
Y completamente sincero.
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Aquella mañana el ambiente de la mansión era extraño.
Los sirvientes caminaban más rápido.
Los guardias parecían más atentos.
Había nervios.
Expectación.
Rumores.
Y antes del mediodía llegó la confirmación.
Un explorador apareció en la entrada principal cubierto de polvo.
—¡El ejército ha cruzado el puente occidental!
La noticia recorrió la mansión como un incendio.
Loretta sintió que el corazón se detenía durante un instante.
Luego comenzó a latir tan fuerte que le costó respirar.
—¿Cuánto tardarán? —preguntó.
—Dos horas, mi señora.
Dos horas.
Después de meses.
Dos horas.
No logró concentrarse en nada.
Intentó leer documentos.
Falló.
Intentó revisar informes.
Imposible.
Incluso Elias terminó expulsándola de su laboratorio.
—Está alterando mi trabajo.
—No estoy haciendo nada.
—Precisamente.
Loretta lo fulminó con la mirada.
Elias simplemente continuó escribiendo.
—Vaya a esperar a su esposo.
Ella terminó marchándose.
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Cuando los primeros estandartes aparecieron a la distancia, prácticamente todo el territorio estaba reunido cerca del camino principal.
Campesinos.
Comerciantes.
Soldados retirados.
Familias enteras.
Todos querían recibir a los hombres que regresaban de la guerra.
Loretta permanecía en las escalinatas de la mansión.
Intentando mantener la compostura.
Intentando comportarse como la Condesa Russell.
Intentando ignorar el temblor de sus manos.
No estaba funcionando.
Una de las sirvientas sonrió.
—Mi señora, parece más nerviosa que el día de su boda.
Loretta no respondió.
Porque probablemente era verdad.
Los estandartes se acercaron.
Luego aparecieron los primeros soldados.
Después más.
Y más.
La multitud comenzó a aplaudir.
Algunos lloraban.
Otros gritaban nombres.
Los hombres que regresaban saludaban a sus familias.
Sonreían.
Reían.
Y entonces ella lo vio.
Montado sobre un caballo negro.
Al frente de la columna.
Carter Russell.
Vivo.
Loretta dejó de escuchar todo lo demás.
El mundo pareció reducirse únicamente a él.
Su cabello rubio era algo más corto.
Su rostro mostraba nuevas cicatrices.
La guerra había dejado marcas visibles.
También parecía más maduro.
Más duro.
Más experimentado.
Pero estaba allí.
Respirando.
Regresando a casa.
Regresando con ella.
Los ojos azules de Carter recorrieron la multitud.
Buscándola.
Hasta encontrarla.
Y entonces ocurrió algo inesperado.
El conde sonrió.
No una sonrisa pequeña.
Una sonrisa real y completa.
La primera que muchos de sus soldados veían en años.
El caballo apenas se detuvo cuando Carter descendió.
Luego comenzó a caminar.
Después aceleró.
Y finalmente rompió completamente el protocolo militar.
Los oficiales intentaron llamarlo.
No les prestó atención.
La multitud se abrió automáticamente.
Porque todos comprendieron hacia dónde iba.
Hacia Loretta.
Hacia su esposa.
Loretta sintió lágrimas acumulándose en sus ojos.
No intentó detenerlas.
Tampoco cuando Carter llegó frente a ella.
Ninguno habló durante unos segundos.
Simplemente se observaron.
Meses de distancia.
Meses de preocupación.
Meses de cartas.
Todo terminó en aquel instante.
—Volviste —susurró ella.
La voz se quebró.
Carter levantó una mano.
Rozó suavemente su mejilla.
Como si necesitara confirmar que realmente estaba allí.
—Te lo prometí.
Loretta ya no pudo contenerse.
Lo abrazó.
Con fuerza.
Olvidando la multitud.
Olvidando las normas.
Olvidando absolutamente todo.
Y Carter la abrazó inmediatamente.
Como si tampoco quisiera soltarla jamás.
Los aplausos alrededor se volvieron más fuertes.
Pero ninguno de los dos parecía escucharlos.
Hasta que Carter bajó la mirada.
Y vio el vientre.
El tiempo pareció detenerse.
Sus brazos se aflojaron.
Sus ojos descendieron lentamente.
Observando aquella evidencia imposible de ignorar.
Cinco meses.
Su hijo.
Su hijo estaba allí.
Vivo.
Sano.
Creciendo.
Loretta vio cómo algo cambiaba en la expresión de Carter.
Algo profundo; que llevaba guardando desde la noche en que ella le contó la verdad.
El hombre que había derrotado ejércitos enteros tragó saliva.
Luego dio un paso atrás.
Y para sorpresa de todos...
Su espada cayó al suelo.
El ruido metálico resonó en todo el patio.
Los soldados quedaron inmóviles.
Los oficiales también.
Porque nadie había visto jamás algo semejante.
Carter Russell ignoró absolutamente todo.
Y se arrodilló.
Frente a su esposa.
Frente a toda la nobleza.
Frente a sus soldados.
Frente al pueblo entero.
Loretta abrió los ojos.
—Carter...
Él no respondió.
Sus manos se apoyaron cuidadosamente sobre el vientre.
Como si sostuviera algo sagrado.
Algo invaluable.
Algo que había estado a punto de perder antes incluso de conocerlo.
Cuando habló, su voz era apenas un susurro.
—Estás aquí...
Las lágrimas aparecieron en sus ojos.
Sin vergüenza.
Sin ocultarlas.
Porque ya no le importaba.
—Estás vivo...
Loretta comprendió inmediatamente que no hablaba solo del bebé.
Hablaba de ambos.
Del niño.
Y del futuro.
Carter apoyó la frente contra su vientre.
Cerró los ojos.
Y por unos segundos simplemente permaneció así.
La multitud guardó silencio.
Incluso los soldados más veteranos parecían emocionados.
Porque conocían a su comandante.
Sabían quién era.
Sabían lo difícil que era para él mostrar sentimientos.
Y verlo de aquella forma era algo que ninguno olvidaría.
Finalmente Carter besó suavemente el vientre de Loretta.
Una vez.
Luego otra.
Y cuando levantó la vista, sus ojos estaban completamente brillantes.
—Gracias.
Loretta sonrió entre lágrimas.
—¿Por qué me das las gracias?
—Por salvarnos.
Ella sintió un nudo en la garganta.
Porque entendía perfectamente el significado de esas palabras.
Salvar al bebé.
Salvarlo a él.
Salvar su hogar.
Salvar aquella familia.
Carter se puso de pie lentamente.
Luego la atrajo hacia él.
Con cuidado debido al embarazo.
Y apoyó la frente contra la suya.
—Ya terminé de luchar lejos de casa.
Loretta sonrió.
—Eso espero.
—Lo prometo.
Ella soltó una pequeña risa.
—Prometes demasiadas cosas.
—Y las cumplo.
—Eso parece.
—Loretta.
—¿Sí?
Carter observó su rostro durante unos segundos.
Como si quisiera memorizar cada detalle.
—Te amo.
La respiración de Loretta se detuvo.
Porque aquellas palabras llegaron simples.
Exactamente como él era.
Y precisamente por eso tuvieron más valor que cualquier discurso.
Las lágrimas volvieron a aparecer.
—Yo también te amo, Carter.
El conde cerró los ojos unos segundos.
Y por primera vez desde que regresó, pareció completamente en paz.
Porque la guerra había terminado.
Los traidores habían caído.
Su esposa seguía junto a él.
Y el pequeño hijo que había llorado en otra vida ahora crecía sano bajo el corazón de Loretta.
Finalmente estaban donde siempre debieron estar.
Juntos.