En un lugar de animales evolucionados, bípedos de gran inteligencia, Sobek, un Cocodrilo de agua salada intenta adaptarse al mundo social de los mamíferos, siendo él un ser de sangre fría
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Capítulo 022
El tiempo pasó rápido en comparación con otras veces. Ya podía dar por olvidada mi etapa escolar. Nos mudamos a una casa mejor por decisión unánime, un lugar más grande y espacioso. Seguíamos haciendo trabajos de ese estilo; nos habíamos convertido en el equipo predilecto para ese tipo de tareas.
Mi habitación tenía el ventanal más grande de la propiedad, por donde entraba toda la luz solar al amanecer. La puerta nunca permanecía cerrada. Sobre uno de los muebles, todavía conservaba los accesorios que había comprado hacía unos años; con el dinero que ganaba ahora, había adquirido más baratijas similares, pero jamás me deshice de las viejas. En la superficie, el agua siempre se ve hermosa.
—¡Empaca tus cosas! —me interrumpió Giggles, entrando a mi habitación—. El jefe nos llamó. Nos quiere en la ciudad.
Parpadeé con lentitud, dejando que mi cuerpo terminara de entrar en calor bajo el sol. Contadas veces habíamos ido a la ciudad, y en ninguna de esas ocasiones me había cruzado con mi hermano.
—¿Por qué ahora?
—Problemas, al parecer. ¿Te ayudo a guardar la ropa?
Asentí en silencio.
Poco después, Jaxx encendía el motor de la camioneta mientras Giggles y yo acomodábamos las maletas y Bandit contrabandeaba bocadillos para el camino. El viaje por la carretera fue tranquilo; Jaxx era un conductor impecable.
—Tomen —dijo el chacal, repartiendo golosinas a cada uno. A mí me entregó, especialmente, una bolsa de mollejas de pollo.
Había veces en que Bandit demostraba ser generoso, pero solo lo hacía para asegurarse de que nadie le pidiera de sus propios bocadillos. Durante el trayecto, Giggles se concentró en su nueva consola, Jaxx escuchaba un audiolibro y Bandit dormía con la boca abierta. Yo simplemente recosté la cabeza contra la ventana, viendo el paisaje pasar.
Cuando por fin llegamos a la ciudad, descubrimos que nos sobraba tiempo, así que Jaxx nos dejó turistear un rato.
Giggles y yo fuimos a buscar ropa. Nos dirigimos al distrito más exclusivo; fuimos solo por mirar, porque la verdad es que ninguno de los dos era de presumir. Entramos a una tienda de zapatos. Mientras la hiena buscaba un par de su talla, yo me quedé estático frente a una de las grandes pantallas del local. El canal de noticias transmitía el bloque de deportes: hablaban sobre natación y presentaban a una gran estrella olímpica que acababa de ganar el oro.
La transmisión se detuvo a detallar el rostro del deportista. Entrecerré los ojos; se me hizo extrañamente familiar. Al escuchar su nombre, los recuerdos encajaron de golpe.
Balam, el jaguar de la escuela, era ahora un nadador olímpico. Ver su rostro en la televisión me ayudó a poner en perspectiva la enorme cantidad de tiempo que se me había escapado de las manos. Era impresionante verlo ahí, en las noticias. Cuando pasaron a otra nota informativa, despegué la atención de la pantalla.
Jugué un rato con mi celular y di un par de vueltas frente a la tienda, ya que la hiena se estaba tardando demasiado. Al pasar junto a una joyería vecina, algo me detuvo. Por el rabillo del ojo, vi a una mujer de espaldas. Tenía el cabello oscuro y largo, y una silueta esbelta.
Cuando se dio la vuelta, me quedé sin palabras.
Las piernas se me congelaron por completo. Guardé de inmediato el celular en el bolsillo, observando cómo ella miraba concentrada el mostrador. Desconfiando de mis propios ojos al verla solo de perfil, entré a la tienda a paso apresurado y levanté la mano para sujetarla del brazo.
Al obligarla a mirarme de frente, me topé con un rostro joven, pero que era casi la viva imagen que yo mantenía grabada en mis recuerdos.
—¿Mamá?
Ella me miró, completamente confundida. No era posible. Ella era demasiado joven...
Un guardia de seguridad avanzó de inmediato en su ayuda, lo que me obligó a soltarla, atrapado en la incredulidad.
—¿Quién eres? —preguntó ella, visiblemente disgustada.
Su voz era más fina y elegante que la que yo recordaba. ¿Era posible que existieran personas tan idénticas en el mundo?
Quise hacer muchas preguntas, ¿pero cuáles podría hacer? Ni siquiera sabía el nombre de mi madre. La llamada de Jaxx en mi celular entró de golpe, despertándome de la ilusión.
Salí de la joyería con la mente nublada, sin terminar de procesar lo que acababa de pasar. Me reuní con Giggles y fuimos de inmediato al encuentro de los demás para ir directo al grano. Ya dentro de la camioneta, cambiamos nuestra ropa civil por el uniforme de la Organización. Ante el resto del mundo, solo éramos trabajadores de una pequeña sucursal de provincia que venían a presentarse ante el secretario, el hombre que servía de intermediario entre el jefe y nosotros.
Con los dedos de una sola mano podía contar las veces que habíamos pisado este lugar en busca de instrucciones detalladas para casos de extrema gravedad.
Aguardamos en la oficina. Con unos minutos de retraso, el secretario entró, se disculpó amablemente y procedió a procesar nuestra tarea con la fría eficiencia de un burócrata. A diferencia de los grupos armados de otros distritos, nosotros éramos un equipo muy reducido pero con un suministro técnico impecable. Éramos especialistas. Esa era la forma bonita de adornar con palabras lo que realmente éramos: asesinos más limpios al trabajar. Por esa misma razón teníamos más flexibilidad, al no requerir la movilización de un gran despliegue de personal.
—Debido a insubordinación y traición, se ha puesto a estos hombres sobre la bandeja —explicó el secretario, entregándonos los expedientes—. No son figuras públicas, sin embargo, algunos poseen un gran respaldo de entes gubernamentales. Deben ser más precavidos de lo habitual.
Los documentos mostraban a hombres de mediana edad, dueños de pequeños hoteles y bares que recibían distribución de la Organización y que, recientemente, habían comenzado a desviar la mirada hacia un nuevo competidor.
A la contienda formal había entrado una corporación tecnológica que estaba asfixiando las salidas políticas de mi hermano y que llevaba tiempo invadiendo territorio ajeno.
Tras varios minutos de discusión, nos retiramos. Con la información de las próximas víctimas ya memorizada, me encargué personalmente de planear la emboscada para tomar la cabeza del objetivo menos problemático: un hombre que, a fin de cuentas, no era más que un delincuente común con un negocio próspero. Su bar tenía una ubicación excelente en la ciudad y era muy popular por albergar a clientes jóvenes de gran estatus social.
—Con los ingresos de ese lugar, yo viviría tranquilo en una casa acogedora lo que me resta de vida —recalcó Bandit, rompiendo el silencio mientras revisábamos los planos—. Pero parece que para algunos, eso nunca es suficiente.