Camila Fernández se despertó en la cama de un hotel con un hombre que intentaba matarla, acusándola de haberle tendido una trampa. Pero la realidad era peor de lo ella esperaba.
Su propio hermano había organizado todo con la intención de sacarle dinero a Mateo Vázquez, el hombre con quien paso la noche y cuando obtuvo lo que quería, desapareció.
Dos meses después Camila estaba sola con su abuela, sus padres se habían quitado la vida al irse a la ruina, su hermano estaba desaparecido y ahora ella, estaba embarazada de Mateo.
Cuando su hermano Nicolás regresa y descubre el embarazo, corre con la familia Vázquez para sacar provecho y ahora, Camila está atrapada en un matrimonio con un hombre que la desprecia.
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Capítulo 13
---¿En qué andás\, preciosa? ¿Esperando a alguien?
---Estoy esperando a mi novio ---contesté\, tratando de sonar firme.
---¿Novio? Vaya novio de mierda que te deja sola en la calle. Vení con nosotros\, que te vamos a tratar mejor.
Intentó pasarme el brazo por los hombros. Me aparté rápido.
---No se acerquen. Mi novio está por llegar.
El tipo se rio y estiró la mano para tocarme la cara. Antes de que me rozara, una mano grande le agarró la muñeca con fuerza. Se escuchó un crujido seco de huesos.
---¡Ahhh! ¡Soltame\, hijo de puta!
Mateo apareció de la nada. Le dio un empujón brutal al tipo, que voló varios metros y cayó en el cantero de plantas. Yo ni siquiera lo había visto llegar. De pronto estaba detrás de mí, cubriéndome con su cuerpo.
Los otros dos se pusieron agresivos.
---¿Quién carajo sos vos? ¡Vamos\, muchachos!
Se abalanzaron sobre Mateo. Él no se movió. En menos de un minuto los tres estaban en el suelo, quejándose. Mateo ni siquiera había sudado.
El rubio, que se había quedado tirado en el cantero, se levantó de repente. Tenía un cuchillo en la mano y corría directo hacia mí. Mateo se dio cuenta tarde. Me agarró del brazo y me tiró hacia un lado con fuerza. Al mismo tiempo levantó el otro brazo para parar el golpe. La hoja le cortó la piel del antebrazo. La sangre empezó a salir enseguida, manchando la manga blanca de su camisa.
Mateo le dio una patada en el pecho al tipo, que salió despedido otra vez. Después me miró.
---Mateo... ---murmuré\, viendo la sangre que no paraba de correr---. Estás herido. Dejame ver...
Le temblaban las manos mientras intentaba desabrocharle el botón de la manga. Saqué un paquete de pañuelos de papel del bolso y los apreté contra la herida, pero la sangre los empapó en segundos.
---Tenemos que ir a un hospital ---dije\, con la voz entrecortada.
Mateo ni se inmutó. Se arrancó la manga de la camisa de un tirón y se la ató alrededor del brazo con movimientos bruscos.
---¿En qué estabas pensando? ¿Por qué no gritaste pidiendo ayuda?
---Había poca gente en la calle... solo unos abuelos. Nadie se iba a meter.
Me miró un segundo más, como si no entendiera.
---Subí atrás ---ordenó\, y se metió en el auto.
Me senté en el asiento trasero. Durante todo el camino miré su brazo. La sangre había parado un poco, pero la herida era profunda. Él no dijo una sola palabra. Yo tampoco.
Cuando llegamos a la Finca Vázquez, Mateo bajó y entró sin esperarme. Corrí detrás, pero ya había desaparecido escaleras arriba.
---Señora\, ¿dónde está? ---le pregunté a la señora Marta apenas entré.
---Acaba de subir. ¿Pasó algo?
---Se hirió en el brazo. Hay que curarlo.
La señora Marta se alarmó.
---¿Cómo fue eso?
En ese momento apareció la abuela Mariana.
---¿Quién se hirió?
---Mateo\, abuela. Le cortaron el brazo. No es muy grave\, pero hay que atenderlo.
La abuela se llevó la mano al pecho.
---Jesús\, mi nieto... ¡Traigan el botiquín ya!
La señora Marta corrió a buscarlo. Las tres subimos rápido. La abuela abrió la puerta del dormitorio sin golpear.
Mateo salía justo del baño, con solo una toalla blanca alrededor de la cintura. El agua todavía le corría por los hombros y el pecho. Nos quedamos las tres paradas en la entrada, sin poder reaccionar.
Yo intenté no mirar, pero era imposible. Los hombros anchos, los músculos del pecho marcados, el abdomen plano y definido... todo él parecía tallado. Sentí que me ardía la cara y bajé la vista rápido.
---¿Qué hacen acá? ---preguntó Mateo\, molesto.
La abuela se recompuso primero.
---Camila me dijo que te lastimaste. Vení\, que te curamos.
Mateo me lanzó una mirada de reproche, pero se sentó en el sofá sin discutir.
---Señora Marta\, ¿el caldo que puse al fuego ya está listo? ---preguntó la abuela de repente.
---Ay\, es verdad\, casi se me quema. Voy a ver.
La señora Marta me puso el botiquín en las manos y salió casi corriendo. La abuela la siguió.
---Voy con vos\, no vaya a ser que se pase.
Se fueron y cerraron la puerta. Me quedé sola con Mateo, con el botiquín en las manos y el corazón latiéndome fuerte.
---¿Vas a quedarte parada todo el día? ---dijo él\, impaciente.
Me acerqué y me senté a su lado. Abrí el botiquín y saqué el antiséptico, las gasas y la venda. Le deshice el nudo improvisado que se había hecho con la manga. La herida volvió a sangrar un poco.
---Perdón... ---murmuré---. Esto puede doler un poco.
Le pasé el algodón con yodo despacio. Después soplé suavemente sobre la herida, como hacía mi abuela cuando yo era chica. Mateo se quedó quieto, mirándome. Sentí su mirada fija en mi cara, pero no levanté los ojos.
---Ya está ---dije cuando terminé de vendarlo.
Él se levantó de golpe.
---Para un rasguño tardaste una eternidad.
Se metió en el vestidor sin decir más. Yo me quedé ahí, con la gasa sucia en la mano y un nudo en la garganta. Había intentado ser cuidadosa y él solo me había tratado como una molestia.
Esa noche Mateo no salió. Después de la cena estuve buscándolo para hablarle de Nicolás. Lo vi cuando bajaba de su estudio.
---Mateo\, ¿tenés un minuto?
---Decí.
---Quería agradecerte por lo de esta tarde. Me salvaste.
---No te hagas ilusiones. Lo hice por el chico que llevás adentro.
---Lo sé. Pero igual... gracias.
Quiso seguir caminando. Lo detuve.
---Esperá. Hay otra cosa.
---Dos minutos.
---Es sobre Nicolás. Él me pidió que te hablara. Dice que lo estás destruyendo\, que no puede trabajar ni nada. ¿Podrías... dejarlo en paz?
Mateo soltó una risa corta y fría.
---Todavía respira. Debería agradecérmelo.
---Está desesperado. No tiene dónde ir.
---Se lo buscó solo.
Apreté las manos.
---Si seguís así\, va a contar todo. Lo de nosotros\, lo del hotel\, todo. Va a arruinarte la imagen delante de tu familia.
Mateo me agarró la muñeca con fuerza.
---¿Otra vez con amenazas? Vos y tu hermano son iguales.
---No es amenaza. Solo digo que si se entera tu novia de esta manera\, no va a ser lindo.
Mateo me soltó de golpe. Su mirada se volvió más oscura.
---Ella ni siquiera merece enterarse de tu existencia.
Se dio media vuelta y se fue por el pasillo.
Me quedé mirando su espalda hasta que desapareció. Por lo menos Nicolás no iba a molestar más a la abuela. Eso era lo único que importaba ahora.