El jefe mafioso más temido de España, Damon Burgos, conocido como el Padrino, gobierna con puño de hierro y sin piedad. Christine, una brillante cirujana, carga con un odio profundo hacia él: fueron los hombres de su banda quienes acorralaron a su madre hasta llevarla al suicidio. Damon la ha observado durante meses, deseándola con una intensidad que lo consume, y exige que ella le dé el heredero que su imperio necesita. Christine se niega, y para escapar de su destino, acepta casarse con un hombre que cree que la protegerá. Pero Damon no permite que nadie le quite lo que es suyo. Irrumpe en la boda, la lleva a su fortaleza y la encierra. Cuando un enemigo de Damon la droga para atacarlo a través de ella, él pierde el control y hará cualquier cosa, destruir ciudades, matar ejércitos, con tal de salvarla. Y entre el odio y el peligro, arde un deseo que ninguno de los dos puede apagar.
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Capítulo 15 — Confesiones a Medianoche
La medianoche envolvía la habitación en una penumbra suave, rota solo por la luz tenue de una vela y el resplandor de la luna que se filtraba por las cortinas de seda azul. Christine estaba recostada entre las almohadas de plumas, su cuerpo aún débil, pero su mente clara, más clara que en mucho tiempo. Damon permanecía sentado al borde de la cama, sin quitarse la ropa, sin dormir, con la mirada fija en ella como si cada segundo que pasaba mirándola fuera un regalo que no merecía. El silencio entre ellos ya no era pesado; era un silencio lleno de cosas pendientes, de verdades que llevaban demasiado tiempo calladas, de secretos que pesaban más que cualquier veneno.
—Si no te duermes, no te recuperarás —dijo él suavemente, rompiendo la calma, aunque su voz revelaba que él tampoco tenía intención de descansar.
—No puedo —respondió ella, con voz baja y serena—Hay cosas que necesito saber, Damon. Cosas que nunca me has dicho. Y ahora, siento que si no las digo, se quedarán atascadas en mi pecho para siempre.
Él asintió lentamente, como si hubiera estado esperando esas palabras desde mucho antes de que ella las pronunciara. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, entrelazando las manos con fuerza.
—Pregúntame lo que quieras. No te ocultaré nada. Ya no.
Christine lo miró a los ojos, buscando en ellos la verdad que anhelaba.
—Empieza por el principio —pidió—. Cuéntame de tu infancia, de quién eras antes de ser el Padrino. Quiero conocerte a ti, no al hombre que todos temen.
Damon guardó silencio unos instantes, mirando la llama de la vela como si en ella viera pasar los años que nunca hablaba con nadie.
—Nací en un barrio donde la ley no existía —empezó, con voz grave y pausada, como si cada palabra le costara arrancarla de un lugar profundo—Mi padre era violento, cruel. No recuerdo una sola noche en que no hubiera gritos o golpes. Mi madre, ella era dulce, demasiado dulce para ese mundo. Intentó protegernos, a mí y a mi hermana, pero no tenía poder. Cuando tenía doce años, él la mató. Delante de mis ojos. Por una discusión sin sentido. Y desde ese día, aprendí que la debilidad se paga con la vida. Aprendí que si no te haces fuerte, te destruyen.
Christine sintió que el corazón se le encogía. Se levantó con cuidado hasta quedar sentada, y tomó su mano, notando cómo los dedos de él se tensaban bajo los suyos.
—Lo siento mucho, Damon, no sabía que llevabas todo eso dentro.
—Nadie lo sabía —continuó él, sin levantar la vista— Me convertí en lo que soy para sobrevivir. Cuando mi padre murió tres años después, no sentí dolor. Sentí alivio. Pero su imperio no desapareció. Sus enemigos vinieron por nosotros, y yo tuve que tomar el mando siendo apenas un niño. Tuve que endurecerme, matar antes de que me mataran, dejar de sentir para poder seguir adelante. Y lo logré. Construí un muro tan alto que nadie pudo cruzarlo. Hasta que llegaste tú.
Levantó la vista entonces, y sus ojos estaban brillantes, llenos de una emoción que rara vez dejaba ver.
—Tú no temiste al muro. Tú golpeaste en él hasta que se abrió. Me viste cuando yo mismo ya me había olvidado de que existía algo más allá de la oscuridad.
—¿Y mi madre? —preguntó ella con suavidad—. ¿Qué pasó realmente el día que ella murió? Sé que dijiste que no fue tu culpa, pero necesito saber la verdad completa. Cada detalle.
Damon respiró hondo, como si estuviera a punto de desgarrar una herida que nunca había sanado.
—Ese día, Marco envió a dos de sus hombres para amenazarla. Sabía que ella era la única persona que yo respetaba, y quería usarla para obligarme a cederle territorio. La acorralaron en su casa, le dijeron que si no te alejabas de mí, te harían daño a ti. Ella estaba enferma, Christine, luchaba contra una depresión profunda desde hacía años. Y cuando se vio acorralada, creyó que no tenía otra salida. No fue mi orden. No fui yo quien la empujó. Pero yo cargué con la culpa durante años, porque si no hubiera sido por mí, por mi mundo, ella seguiría viva.
Las lágrimas recorrieron las mejillas de Christine, pero no eran lágrimas de rabia, sino de comprensión y alivio. Todo encajaba ahora. Todo lo que había creído saber era una mentira tejida por la crueldad de un hombre que buscaba destruirlos separándolos.
—¿Por qué no me lo dijiste antes? —susurró ella—¿Por qué dejaste que te odiara todo este tiempo?
—Porque no tenía pruebas que pudieras ver con tus propios ojos —respondió él con sinceridad—. Y porque sabía que si te lo decía yo, pensarías que era una excusa. Quería que me conocieras primero, que vieras quién soy realmente, antes de darte la verdad. No quería que te quedaras conmigo por lástima. Quería que te quedaras por elección.
Christine se acercó lentamente y lo abrazó, rodeándole el cuello con los brazos, sintiendo cómo su cuerpo rígido se relajaba contra el suyo, cómo él la rodeaba con fuerza, como si ese abrazo fuera la única cosa que lo mantenía entero.
—Te perdono —le susurró al oído—Te perdono por lo que callaste, y por todo lo que cargaste solo. Y ya no lo llevas tú solo. Ahora lo llevamos los dos.
Damon la abrazó con más fuerza, escondiendo el rostro en su cuello, y por primera vez en su vida, el llanto que contenía salió, suave y liberador, contra su piel.
—Eres mi salvación —dijo entrecortadamente—. No sé qué hice para merecerte, pero te juro que dedicaré el resto de mi vida a ser digno de ti.
Se quedaron así, abrazados, mientras la medianoche se convertía en madrugada, compartiendo secretos que pesaban demasiado para ser guardados, entregándose el uno al otro no solo el cuerpo, sino la historia, el dolor, la verdad desnuda sin máscaras ni muros. Ya no había secretos entre ellos. Ya no había barreras. Solo dos almas que habían caminado en la oscuridad y que, al confiar el uno en el otro, habían encontrado la luz.
...La verdad los liberó y los unió más fuerte que cualquier juramento....
...CONTINUARÁ ...
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