Por amor, la Princesa Vivianne lo entregó todo. Se casó con Alexander, el hijo de un barón, creyendo en sus falsas promesas. ¿Su recompensa? Ser humillada, traicionada por su mejor amiga, desterrada por su propio padre y, finalmente, asesinada en un callejón oscuro.
Pero la sangre del Emperador esconde un secreto. En su último aliento, la magia de Vivianne despierta, haciéndola retroceder en el tiempo hasta la noche en que todo comenzó.
De regreso en el palacio, Vivianne ya no es la joven ingenua de antes. Ha jurado proteger a su padre, salvar su imperio y destruir a quienes la pisotearon. Aunque deba ensuciarse las manos y volverse despiadada, esta vez ella ganará la guerra. Pero lo que no sospecha es que un par de intensos ojos rojos vigilan cada uno de sus movimientos desde las sombras... ¿Un nuevo enemigo o el aliado que necesita para su venganza?
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Capítulo 6: Los ojos del lobo y el eco del abismo
Vivianne terminó de girarse por completo, con la mano aún presionada contra el pecho, sintiendo cómo el calor de su propia sangre mágica disminuía hasta convertirse en un zumbido constante. Sus ojos escanearon la penumbra del ala oeste del salón, apartada del bullicio de los músicos y de las copas de cristal que chocaban.
Allí, de pie contra una de las monumentales columnas de mármol negro, estaba él.
El hombre no formaba parte de la masa de nobles que se empujaban sutilmente por conseguir la atención de la corona. Estaba completamente solo, envuelto en un aura de peligro tan densa que los sirvientes daban un rodeo instintivo para no pasar cerca de su espacio. Era alto, de hombros anchos y porte militar, vestido con un uniforme de gala oscuro que llevaba bordados en hilo de carbón, sin las medallas ostentosas que tanto gustaban en la capital. Su rostro estaba cubierto por una máscara de cuero negro azabache, lisa y desprovista de adornos.
Pero lo que hizo que el aire se congelara en la garganta de Vivianne no fue su vestimenta. Fue su mirada.
A través de las aberturas de la máscara, dos ojos de un color rojo carmesí brillante, intensos como carbones encendidos en mitad de la noche, la miraban con una fijeza absoluta. No había respeto cortesano en sus pupilas, ni el brillo de la codicia que Vivianne ya sabía identificar. Aquellos ojos la observaban con una profundidad analítica, como si estuvieran leyendo directamente las cicatrices invisibles de su alma.
Una mezcla de intriga y alerta máxima espoleó el orgullo de la princesa. En lugar de apartar la vista o retroceder hacia la seguridad que le brindaban los guardias de su padre, Vivianne acomodó la cola de su vestido azul medianoche y caminó directo hacia él, manteniendo un paso lento pero firme. Cada centímetro que acortaba la distancia hacía que la tensión magnética entre ambos se volviera más pesada, casi asfixiante.
*«Stefan»*, pensó el nombre con un vuelco en el estómago mientras lo reconocía.
El Gran Duque Stefan del Norte. En su primera vida, Vivianne solo había escuchado su nombre en los susurros temerosos de las damas de la corte o en los informes de guerra que su padre leía en el consejo. Lo llamaban "el monstruo de las tierras heladas", un hombre implacable que gobernaba las fronteras con puño de hierro. En el pasado, Vivianne jamás cruzó una sola palabra con él; durante ese mismo baile, ella había estado demasiado ocupada dejándose arrastrar al jardín por las mentiras de Alexander como para notar la existencia de aquel titán norteño.
Al detenerse a escasos pasos de él, Vivianne esperó la habitual reverencia, el protocolo estricto que cualquier noble le debía a la heredera del trono. Pero Stefan no se movió. Permaneció apoyado contra la columna, sosteniéndole la mirada con una audacia que bordeaba la traición.
Rompiendo el espacio que los separaba, Stefan dio un paso al frente. Su cercanía física obligó a Vivianne a inclinar ligeramente la cabeza hacia arriba para no perder el contacto visual. Cuando él habló, su voz fue un barítono profundo, rasposo y tan bajo que solo ella pudo percibirlo, provocándole un estremecimiento involuntario que le recorrió la espina dorsal.
—Una hermosa velada para celebrar el solsticio, Su Alteza —susurró el duque, y una sutil vibración en su tono pareció despertar de nuevo la energía en la sangre de la princesa—. Aunque... resulta sumamente curioso. Su cuerpo camina con gracia por este salón de baile, pero sus ojos... sus ojos parecen los de alguien que ya ha visto el final de este mundo.
Vivianne se quedó estupefacta, sintiendo cómo la sangre se le helaba por un instante. Sus labios se abrieron levemente bajo la máscara de plata, pero ninguna palabra logró salir de su boca.
El pánico y la sospecha se encendieron en su mente como una llamarada. ¿Cómo era posible? ¿Cómo podía un hombre que jamás la había tratado notar el cambio drástico en su ser con solo mirarla una vez? En los ojos de Stefan no había la confusión de Alexander o la rabia de Lucia; había una certeza absoluta, una comprensión que resultaba aterradora.
*«¿Acaso él sabe algo?»*, se preguntó Vivianne, sintiendo que el corazón le latía con violencia contra las varillas del corsé. *«¿Conoce el secreto de la línea de sangre del Emperador? ¿O es que el norte esconde una magia de la que mi padre nunca me habló?»*.
Stefan no apartó los ojos carmesí de ella. Había una sombra de fría diversión y peligro implacable en su postura, como un depredador que acababa de encontrar una criatura igual de letal en medio de un rebaño de ovejas.
Vivianne apretó los puños ocultos entre los pliegues de su falda, sosteniendo la mirada del duque con toda la fuerza que su nueva vida le exigía. No iba a mostrar debilidad. No ahora que acababa de empezar su juego de venganza. En medio del salón lleno de música y máscaras falsas, la conexión entre la princesa del imperio y el señor del norte quedó sellada con un pacto silencioso y gélido. Stefan no era un peón más en el tablero; se había convertido, en un solo segundo, en su aliado más poderoso... o en el enigma más peligroso que tendría que destruir para sobrevivir.
felicidades por tus novelas.