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Deseada por mi esposo y su enemigo

Deseada por mi esposo y su enemigo

Status: Terminada
Genre:Poli amor / Triángulo amoroso / Romance oscuro / Harén Inverso / Ella Mayor Que Él / Completas
Popularitas:11.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella



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Capítulo 4

Capítulo 4: Un ramo de girasoles

El Recodo no tenía letrero en la calle. Quien no supiera de su existencia pasaba de largo frente a la fachada de cantera, sin sospechar que detrás de aquella puerta de madera vieja se servían los mejores platillos de la ciudad a un puñado de comensales que reservaban con semanas de anticipación. Sebastián llegó primero. El dueño lo condujo al reservado de siempre, ese de la ventana que daba al patio interior, y no necesitó preguntarle qué quería: hacía años que su mesa se preparaba igual.

Lucas apareció diez minutos tarde, con esa lentitud calculada del que sabe que lo van a esperar. Traía el pelo un poco húmedo, como si afuera ya lloviznara, y una sonrisa fácil que no le llegaba del todo a los ojos.

—Llegas tarde —dijo Sebastián sin levantar la copa.

—El tráfico de esta ciudad, tío. —Lucas se dejó caer en la silla, estiró las piernas—. Uno se acostumbra a Florencia y luego vuelve y no reconoce nada.

Sebastián lo observó un momento. Había algo en él que ya no era el niño de catorce años que había mandado al otro lado del mundo, solo, con una maleta y un número de cuenta. Se había vuelto guapo de un modo peligroso, y sabía usarlo.

—Pediste la graduación adelantada —dijo Sebastián—. Cuatro años de carrera en menos. ¿Y ya te sientes hombre?

—Me sentí hombre a los catorce, cuando me pusiste en un avión.

El golpe cayó suave, envuelto en sonrisa. Sebastián no se inmutó. Sirvió el vino, primero la copa de Lucas, después la suya, y dejó que el silencio hiciera su trabajo.

—Te compré una gata entonces —dijo al fin—. Para que no estuvieras tan solo. ¿Cómo se llamaba?

—Lulú. —Lucas hizo girar la copa. La luz se quebró en el líquido—. Se murió, por cierto. El casero le puso matarratas en el plato. Dijo que maullaba de noche y no lo dejaba dormir. —Levantó la vista, y por un instante el brillo cálido desapareció por completo—. Uno se encariña con algo, y siempre viene alguien de más arriba a quitártelo. Cosas de la vida.

Sebastián sostuvo la mirada sin parpadear.

—El acuerdo sigue en pie —dijo, cambiando de terreno con la frialdad de quien firma un contrato—. Vuelves a Grupo Ferrer a los veintiuno, no antes. El fideicomiso cubre tus gustos mientras tanto. Lo demás lo pongo yo, como amigo que fui de tu padre. Nada ha cambiado.

—Nada ha cambiado —repitió Lucas, y sonrió otra vez, el sol de vuelta en la cara—. Soy un buen muchacho, tío. Obediente.

No mencionó el estudio. No dijo que dibujaba, ni dónde, ni para quién. Comieron casi en silencio, dos hombres que se medían por debajo de la mesa mientras arriba fingían una cena de familia. Cuando salieron, la llovizna se había vuelto lluvia de verdad, densa, tibia, de esas que en la Ciudad de México caen de golpe y encharcan las calles en minutos.

—Qué lástima —dijo Lucas en la puerta, subiéndose el cuello de la chamarra—. No conocí a Jenny esta vez. Dos años casado y sigues escondiéndola.

Sebastián lo miró un segundo de más.

—No tienes por qué verla —dijo. Y se metió al coche.

Lucas se quedó bajo la marquesina, viendo alejarse las luces traseras entre la lluvia. Cuando por fin subió a su propio auto, no encendió el motor. Metió la mano en la guantera y sacó un sobre. De adentro salió una hoja tamaño carta, impresa a color: el rostro de una mujer de ojos grandes y boca suave, sonriendo a una cámara que no la esperaba. Renata. La miró largo rato. El calor que había fingido toda la noche se apagó de su cara como una vela de un soplo, y lo que quedó debajo era otra cosa, algo paciente y filoso que llevaba mucho tiempo esperando.

—Ya nos vamos a conocer, reina —dijo en voz baja—. No te preocupes.

A la mañana siguiente Lucas llegó al Estudio Ocote con dos cafés y un desayuno que no le habían pedido, y encontró a Renata con los ojos hinchados como nueces.

—¿Quién se murió? —preguntó, dejando la bolsa en el escritorio.

—Nadie. —Ella se sorbió la nariz, digna—. Me quedé viendo "Larga Espera".

—¿La de Galo Rentería? —Lucas se enderezó de golpe, con un asombro que por una vez era genuino—. ¿El capítulo donde ella deja la carta en la estación y él llega tarde?

—Llega tarde —confirmó Renata, y se le quebró la voz—. Llega tarde, Lucas. Por dos minutos.

—Por dos minutos —dijo él, y se sentó frente a ella como quien se acomoda a velar un duelo compartido.

Resultó que los dos habían llorado con las mismas escenas, odiado a los mismos personajes, rebobinado los mismos finales. Renata se rió sin querer, todavía con la nariz roja, y algo se aflojó entre ellos, un hilo que antes estaba tenso. Cuando ella se levantó por más pañuelos, Lucas dejó en su escritorio, sin decir nada, unos lentes oscuros. Para los ojos, decía el gesto. Para que nadie te vea así.

Renata no dijo gracias. Se los puso, y trabajó toda la tarde detrás de ellos, y él fingió no darse cuenta de que sonreía.

La bonanza duró poco. La serie estrella del estudio, la que habían apostado para pelear el ranking en Nébula, aguantó una semana en los primeros lugares y luego se desplomó. Las visitas cayeron como piedra. Faltaban días para el puente de Muertos y las cuentas, otra vez, no iban a cerrar.

—No es la historia —dijo Lucas, revisando las gráficas por encima del hombro de Ximena—. Es la temporada. Cerca del puente los estudios grandes sueltan sus obras a destajo y les meten tráfico propio, comprado. Nadie compite con eso. La caída no dice nada de la calidad.

Ximena asintió, medio convencida, y a media tarde recogió sus cosas.

—Yo ya no doy más, me voy —dijo—. ¿Vienes, Jenny?

—Al rato. Cierro yo.

Se quedó sola en el estudio a oscuras, con la pantalla encendida y el número rojo de las visitas parpadeando como una acusación. Y ahí, sin nadie que la viera, Renata se dobló sobre la mesa y lloró de verdad, no como con la telenovela, sino con esa rabia sorda de quien necesita demostrar algo y no lo logra. Demostrar que no era solo la esposa de alguien. Que no era una mantenida. Que valía por su trabajo, por su mano, por lo suyo.

Afuera arreciaba la lluvia.

La puerta de cristal se abrió. Lucas entró empapado, sin paraguas, con una sudadera beige clara pegada al cuerpo y el pelo escurriendo. Y en los brazos, envuelto en papel mojado, un ramo enorme de girasoles y rosas color champán.

—Se me olvidó revisar unos detalles del arte —mintió, sin molestarse en mentir bien.

Renata se limpió la cara a manotazos.

—Estás empapado.

—Está lloviendo. —Se acercó, dejó las flores sobre la mesa, entre ella y la pantalla acusadora—. Girasoles. Significan fe, y que siempre buscan la luz aunque el día esté horrible. Y las rosas champán florecen mucho tiempo. Aguantan. —Se encogió de hombros, como restándole importancia—. Me pareció que hoy te venían bien las dos cosas.

—Lucas...

—Una buena historia no se entierra, Jenny. —La miró, y por una vez pareció que decía la verdad—. Yo soy tu fan número uno, ¿sabes? Tu obra me acompañó en una época muy oscura. De las peores. Así que de mí no te vas a deshacer fácil.

Le pasó un pañuelo. Ella lo tomó con las manos temblando.

—Hoy vine sin lentes oscuros —añadió él, y sonrió—. Los tuyos ya no te hacen falta.

Y Renata, que no sabía de la hoja guardada en la guantera de un auto, ni del rostro que él había mirado bajo la lluvia con los ojos apagados, sintió que algo tibio le crecía en el pecho por primera vez en mucho tiempo. Afuera el agua golpeaba los cristales. Adentro, un muchacho empapado la miraba como si fuera lo único que valía la pena mojarse.

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yeshua
Hola, es primera vez que leo algo así de bueno, seguiré leyendo cuando pueda/Smile//Smile//Applaud//Applaud/
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