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Mamá por contrato: El secreto de los gemelos del magnate

Mamá por contrato: El secreto de los gemelos del magnate

Status: En proceso
Genre:Niñero / Padre soltero / Madre por contrato / La Vida Después del Adiós / Reencuentro
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: lulu

Ximena Rosales despertó de un largo coma sin recuerdos, sin familia y con una montaña de deudas. Cuando recibe una oferta para convertirse durante tres meses en la “mamá por contrato” de dos gemelos, no puede darse el lujo de rechazarla.
Leo y Luna, los pequeños herederos del poderoso Dante Nocedal, han ahuyentado a todas las mujeres que intentaron cuidarlos. Sin embargo, desde el momento en que conocen a Ximena, se aferran a ella como si llevaran toda la vida esperándola.
Dante no confía en aquella desconocida que ha conquistado tan rápido a sus hijos. Pero cuanto más intenta mantenerla a distancia, más difícil le resulta ignorar la atracción que crece entre ellos.
Entonces comienzan las amenazas, aparecen documentos falsificados y los recuerdos de Ximena regresan en forma de pesadillas: una noche en el hospital, dos bebés llorando bajo la lluvia y unas manos que se los arrancan de los brazos.
Alguien le robó su identidad, su pasado y cinco años de vida.
Pero el secreto más cruel duerme todas las noches bajo el techo de Dante Nocedal.

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Capítulo 14

Los ojos vendados

La mañana había empezado como cualquier otra: los niños en el jardín jugando a las traes, yo sentada en una banca cercana revisando el calendario de vacunas mientras vigilaba de reojo cada movimiento entre los arbustos, un hábito que ya se había vuelto automático. El sol pegaba fuerte, uno de esos días de cielo tan azul que parecía pintado, y por un momento, solo por un momento, me permití relajar los hombros y disfrutar del calor sin pensar en amenazas ni en nombres que me helaban la sangre. Hasta el aire olía distinto, a pasto recién cortado y a la menta que Leo insistía en regar todas las mañanas.

Fue entonces cuando lo vi. Un hombre desconocido —según Don Simón, un supuesto vendedor que había pasado la reja sin autorización, colándose entre los repartidores de la mañana— se acercó demasiado a Leo y Luna en el jardín, con una insistencia que no me gustó desde el primer segundo, una sonrisa que no encajaba con sus ojos, unos ojos que no dejaban de recorrer el jardín como si estuviera calculando distancias, rutas de escape.

—Niños, aléjense de él —ordené, interponiéndome de inmediato, el cuerpo tensándose sin que yo lo decidiera.

—Solo quería preguntarles algo —dijo el hombre, con una sonrisa que no llegaba a los ojos, mientras intentaba tomar a Luna del brazo con un movimiento demasiado rápido.

No lo dejé terminar la frase. Le sujeté la muñeca, le doblé el brazo tras la espalda con una llave que ni yo sabía que conocía, un movimiento seco y calculado que salió de algún rincón de mi memoria muscular, y lo dejé de rodillas sobre el pasto antes de que los guardias llegaran corriendo desde la caseta, sus radios chisporroteando órdenes cruzadas.

Desde la terraza, Dante había presenciado toda la escena, inmóvil, con las manos aferradas a la baranda hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Cuando bajó, no dijo nada sobre el intruso —eso quedaba para Don Simón, que ya lo interrogaba con voz baja y filosa, la libreta lista—; en cambio, me miró con una expresión que mezclaba sorpresa y algo parecido a la admiración.

—¿Dónde aprendiste eso?

—No tengo idea. —Y era la verdad, dicha sin adornos—. Mi cuerpo simplemente lo supo, como siempre que alguien se acerca demasiado rápido a alguno de los dos.

Leo y Luna, ajenos por completo a la gravedad del momento, ya habían vuelto a sus juegos, saltando alrededor del hombre reducido en el pasto igual que si fuera parte de una obra de teatro montada especialmente para ellos.

—¡Le dobló el brazo como en las luchas! —narraba Leo, entusiasmado, para quien quisiera escucharlo—. ¡Zaz! ¡Directo al piso!

—Leo, no es momento de festejar —lo reprendí, aunque el corazón todavía me latía a mil por hora—. Alguien se acercó a lastimarlos. Eso no se celebra.

—Pero tú lo detuviste —dijo Luna, con una simpleza que me desarmó por completo—. Eso sí se celebra.

—Voy a reforzar la seguridad de la reja principal esta misma tarde —anunció Don Simón, cerrando su libreta con un chasquido decidido—. Y voy a pedir que revisen las cámaras de las últimas dos semanas. Esto no me huele a casualidad.

—Tampoco a mí. —Dante se pasó una mano por la mandíbula, la mirada perdida hacia el jardín donde, minutos antes, había estado el hombre de rodillas—. Primero el auto que nos siguió, después Silvia en el súper, y ahora esto. Alguien está probando cuánto puede acercarse antes de que alguien lo detenga.

—¿Y si el que lo detiene siempre soy yo? —dije, con más ligereza de la que sentía—. A este paso van a tener que ponerme cinturón negro en el currículum.

Dante no sonrió, pero algo en su expresión se suavizó, un destello breve de gratitud que no necesitó palabras. Se acercó un paso, como si fuera a decir algo más, y por un instante pensé que iba a tocarme el hombro, un gesto simple, de agradecimiento; en cambio, se contuvo, cerrando el puño a medio camino, y volvió a hablar con Don Simón sobre los turnos de guardia, dejándome con la sensación extraña de haber presenciado algo que él mismo no se permitió terminar.

—◆—

Esa noche, para distraer a los niños del susto, jugamos "adivina la cara con los ojos vendados", un juego absurdo que Luna insistió en inventar sobre la marcha, con reglas que cambiaba cada dos minutos según le convenía. Le tocó a Dante que le vendaran los ojos con un paliacate de cocina, mientras Leo lo giraba tres veces y lo empujaba hacia el centro de la sala entre risas descontroladas.

—Toca una cara y adivina de quién es —ordenó Luna, muerta de risa, tapándose la boca con las dos manos.

Dante extendió las manos, tanteando el aire con torpeza fingida, y en lugar de tocar a uno de los niños, que se habían apartado a propósito riendo bajito, cómplices en su pequeña travesura, sus dedos encontraron mi rostro.

Se quedó quieto. Sus dedos recorrieron mi mejilla, mi pómulo, con una lentitud que ya no tenía nada de juego, que se volvió deliberada, casi solemne, y aunque yo podría haberme apartado, no lo hice, sintiendo cada centímetro de ese roce como si el resto de la sala hubiera desaparecido, igual que si Leo y Luna, la casa entera, hubieran quedado suspendidos en algún lugar muy lejos de ese instante.

—Ximena —dijo, en voz baja, como si no necesitara la venda para saberlo, como si sus dedos hubieran leído mi nombre directamente en la piel.

Se quitó la tela de los ojos despacio, y por un momento largo, incómodo y a la vez imposible de romper, nos quedamos mirándonos así, su mano todavía sobre mi rostro, los niños olvidados en algún rincón entre risas que ya no oíamos, el mundo reducido a esa distancia mínima entre los dos.

—Voy a… —balbuceé, dando un paso atrás, sintiendo el calor subirme por el cuello—. Voy a ver si los niños necesitan bañarse.

—Ximena —repitió él, más bajo aún, igual que si el nombre solo tuviera sentido dicho de esa manera, casi en secreto—. Espera.

No esperé. No pude. Salí casi corriendo. Dejé a Dante parado en medio de la sala, la mano todavía en el aire donde había estado mi cara, con una expresión que no me atreví a interpretar antes de huir hacia el pasillo, el corazón golpeándome las costillas como si quisiera escaparse también.

Me encerré en el baño de mi cuarto y abrí la llave del agua fría, dejando que me corriera por las muñecas hasta que el pulso se me calmó un poco. En el espejo, mi propio reflejo me devolvió una pregunta que no supe responder: ¿desde cuándo un simple juego de niños podía sentirse como el borde de un precipicio? Cerré los ojos, y ahí, en la oscuridad detrás de los párpados, todavía sentía sus dedos sobre mi mejilla, ese peso ligero y deliberado que no tenía nada que ver con la venda ni con el juego.

Me sequé las muñecas con la toalla y me quedé un rato más apoyada contra el lavabo, respirando hondo, tratando de convencerme de que aquello solo había sido un juego que se salió un poco de cauce, nada más. No terminó de funcionar. Cuando por fin bajé, media hora después, encontré a los niños ya en pijama, discutiendo sobre qué cuento querían que les leyera, empujándose el uno al otro por el libro. Dante no estaba en la sala. Alguien —seguramente Don Simón— había recogido el paliacate y lo había dejado doblado sobre la mesa, como si nada hubiera pasado ahí esa noche. Solo yo parecía cargar todavía con el peso de esos segundos, guardándolos en algún rincón del pecho donde ya no cabía fingir que no significaban nada, y esa noche, mientras leía en voz alta un cuento de dragones que ninguno de los dos niños terminó de escuchar antes de quedarse dormidos, seguí sintiendo el eco de esa mano en mi mejilla, tan presente igual que si todavía estuviera ahí.

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Isabella Varela
Lulú que novela tan larga nada de momentos de amor ,solo tragedia tras tragedia muy cansona no me gustó.
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