Un amor de adolescentes que a pesar de los años sigue pendiente
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Una amistad diferente
Las semanas fueron pasando y, poco a poco, Mateo dejó de sentirse como el alumno nuevo.
Ya conocía los caminos del pueblo, sabía qué profesores dejaban más tareas y hasta había descubierto cuál era la tienda donde Camila y Valeria compraban dulces después de clases.
Pero había algo que todavía le gustaba especialmente.
Pasar tiempo con Valeria.
Al principio habían sido simples compañeros. Después comenzaron a convertirse en amigos. Y sin que ninguno se diera cuenta, empezaron a buscar cualquier excusa para estar juntos.
—¿Terminaste la tarea? —preguntó Mateo una mañana.
Valeria negó con la cabeza.
—No.
—Perfecto.
—¿Perfecto?
—Así podemos hacerla juntos.
Ella sonrió.
—Tú solo quieres copiar.
—No es cierto.
—La semana pasada copiaste tres ejercicios.
—Porque tú los haces mejor.
—Eso se llama copiar.
Mateo comenzó a reír.
Desde el otro lado del salón, Camila los observaba.
Cuando Mateo se alejó, se acercó a Valeria.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Ya sé qué vas a decir.
—¿Ah, sí?
—Que Mateo y yo estamos demasiado juntos.
Camila sonrió.
—Exactamente.
Valeria bajó la mirada.
—Solo somos amigos.
—Por ahora.
—Camila...
—Está bien, está bien.
Pero aquella palabra, amigos, comenzaba a quedarse pequeña para describir lo que estaba ocurriendo entre ellos.
Mateo conocía cosas de Valeria que casi nadie sabía.
Sabía que le encantaban las tardes lluviosas, que odiaba las matemáticas y que soñaba con algún día conocer el mar.
Valeria, por su parte, sabía que Mateo quería estudiar una carrera después de terminar la escuela, que le gustaba jugar fútbol y que tenía una relación complicada con su padre.
Una tarde, mientras estaban sentados bajo el viejo árbol detrás de la escuela, Mateo le preguntó:
—¿Alguna vez has pensado en irte de este pueblo?
Valeria miró hacia el cielo.
—Sí.
—¿A dónde?
—A una ciudad grande.
—¿Y qué harías?
—Estudiaría. Trabajaría. Conocería lugares nuevos.
Mateo sonrió.
—Entonces yo también me iría.
Valeria lo miró.
—¿Tú?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque no quiero quedarme aquí toda la vida.
Ella sonrió.
—Quizá algún día los dos terminemos viviendo en la misma ciudad.
Mateo la miró fijamente.
—Eso me gustaría.
Valeria sintió que el corazón le latía más rápido.
Apartó la mirada.
—¿Sabes qué?
—¿Qué?
—Me alegra que hayas llegado.
Mateo sonrió.
—A mí también me alegra haberte conocido.
El silencio que siguió fue diferente.
Ninguno sabía qué decir.
Pero tampoco querían levantarse.
Mientras tanto, en casa de Mateo, sus padres comenzaban a preocuparse.
Su madre había notado que su hijo hablaba cada vez más de Valeria.
—¿Otra vez estuvo con esa muchacha? —preguntó una tarde.
—Sí —respondió su padre.
—No me gusta.
—A mí tampoco.
—Tenemos que hablar con él.
Su padre permaneció unos segundos en silencio.
—Todavía son adolescentes.
—Precisamente por eso. Si dejamos que esto continúe, después será más difícil.
—Mateo no va a entender.
—Entonces tendremos que hacer que entienda.
No conocían los sentimientos que estaban creciendo entre los dos jóvenes.
Pero sospechaban que aquello podía convertirse en algo más.
Y estaban decididos a evitarlo.
Los días continuaron.
Una tarde, Mateo acompañó a Valeria hasta su casa.
Antes de despedirse, sacó algo de su bolsillo.
Era una pequeña pulsera de hilo.
—La hice yo.
Valeria la miró sorprendida.
—¿Para mí?
—Sí.
—¿Por qué?
Mateo se encogió de hombros.
—Porque quería darte algo.
Ella extendió la mano y él le colocó la pulsera.
—Gracias.
—No te la quites.
Valeria sonrió.
—No lo haré.
Mateo comenzó a caminar, pero después se volvió.
—Valeria.
—¿Sí?
—Nos vemos mañana.
—Mañana.
Ella entró a su casa con una sonrisa enorme.
Esa noche miró la pulsera durante varios minutos.
Sabía que era algo sencillo.
Pero para ella significaba mucho.
Por primera vez empezó a preguntarse si lo que sentía por Mateo era realmente amistad.
La respuesta comenzó a aparecer poco a poco.
Le gustaba cuando él la buscaba.
Le gustaba escucharlo hablar.
Le gustaba caminar junto a él.
Y, sobre todo, le dolía imaginar que algún día pudiera dejar de formar parte de su vida.
Unos días después, Mateo le pidió que lo acompañara al río.
Se sentaron sobre una piedra mientras escuchaban el sonido del agua.
—Tengo que decirte algo —dijo él.
Valeria se puso nerviosa.
—¿Qué?
Mateo respiró profundamente.
—Creo que me gustas.
Ella se quedó inmóvil.
Por un instante no supo qué responder.
—¿Como amiga? —preguntó finalmente.
Mateo negó con la cabeza.
—No.
Valeria bajó la mirada.
—A mí también me gustas.
Mateo sonrió.
—¿De verdad?
Ella asintió.
Fue entonces cuando ambos comprendieron que algo había cambiado.
No hicieron grandes promesas.
No hablaron de matrimonio ni de un futuro lejano.
Eran demasiado jóvenes.
Solo querían estar juntos.
Querían disfrutar de aquel sentimiento nuevo que había llegado sin pedir permiso.
Pero aquella felicidad tendría un precio.
Porque mientras ellos comenzaban su pequeña historia de amor, en la casa de Mateo sus padres comenzaban a preparar la manera de terminarla.
Y ninguno de los dos adolescentes imaginaba que las personas que más podían influir en su futuro ya estaban observando cada uno de sus pasos.
El amor apenas había comenzado.
Y el primer obstáculo ya estaba en camino.