Han Seo-yeon está acostumbrada a vivir rodeada de lujos, pero nunca le interesó formar parte del grupo de estudiantes más populares de su instituto.
Kang Ji-ho es todo lo contrario: rico, popular, frío y aparentemente imposible de alcanzar. Tiene fama de mujeriego y está acostumbrado a conseguir lo que quiere.
Cuando ambos se conocen por casualidad, apenas se prestan atención. Sin embargo, una apuesta cambia las cosas.
Los amigos de Ji-ho están convencidos de que Seo-yeon es la única chica que no caerá ante sus encantos. Él acepta demostrarles que están equivocados: hará que ella confíe en él y termine enamorándose.
Lo que Ji-ho no esperaba era que, mientras fingía acercarse a ella, comenzaría a sentir algo real.
Pero detrás de sus familias perfectas existe un secreto que lleva años oculto. Un secreto relacionado con la muerte de la madre de Ji-ho y con la familia de Seo-yeon...
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Capitulo 2: La apuesta
El último timbre del día sonó y los estudiantes comenzaron a abandonar el aula.
Seo-yeon guardó sus libros lentamente. Había pasado casi todo el día intentando ignorar al chico que se había sentado unas filas detrás de ella.
Kang Ji-ho.
Había escuchado su nombre demasiadas veces.
Hijo de una de las familias más poderosas de Seúl. Popular. Inteligente. Rico. Y, según los rumores, bastante problemático cuando se trataba de chicas.
—¿No vienes? —preguntó Min-ah desde la puerta.
—Sí, espera.
Seo-yeon cerró su mochila y salió.
En el pasillo, varios estudiantes rodeaban a Ji-ho. Él estaba apoyado contra una ventana, hablando tranquilamente con tres chicos.
Lee Min-jae era el que más hablaba. Park Do-yun permanecía en silencio, observándolo todo. Y junto a ellos estaba Choi Ha-rin, elegante y sonriente.
Seo-yeon pasó junto al grupo sin detenerse.
—¿Esa es Han Seo-yeon? —preguntó Min-jae.
Ji-ho siguió con la mirada a la chica que se alejaba.
—Sí.
—¿La conoces?
—Nos chocamos esta mañana.
Min-jae sonrió.
—¿Y ni siquiera te pidió disculpas?
Ji-ho soltó una pequeña risa.
—No.
—Interesante.
Ha-rin miró a Ji-ho.
—No empieces, Min-jae.
—¿Qué? Solo digo que ella no parece impresionada por Ji-ho.
—Mejor así —respondió Do-yun.
Min-jae se cruzó de brazos.
—No estoy de acuerdo.
Ji-ho lo miró.
—¿Qué estás pensando?
Min-jae sonrió.
—Una apuesta.
Ha-rin dejó de sonreír.
—No.
—Ni siquiera sabes qué voy a decir.
—Te conozco.
Min-jae ignoró el comentario.
—Apuesto a que no puedes conseguir que Seo-yeon se enamore de ti.
Ji-ho arqueó una ceja.
—¿Eso es todo?
—No. Tiene que confiar completamente en ti primero.
Do-yun negó con la cabeza.
—Esto va a terminar mal.
—¿Tienes miedo de que pierda? —preguntó Min-jae.
Ji-ho se incorporó.
—¿Qué gano?
—La satisfacción de demostrar que tenías razón.
Ji-ho miró hacia el pasillo.
Seo-yeon ya había desaparecido.
—Acepto.
Ha-rin lo observó con una expresión difícil de interpretar.
—¿Y qué pasa si ella termina lastimada?
Ji-ho la miró.
—No va a pasar.
Pero Do-yun notó algo en la mirada de su amigo.
Una seguridad demasiado grande.
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Al día siguiente, Seo-yeon llegó temprano al instituto.
Cuando entró al aula, encontró a Ji-ho sentado en su lugar.
Él levantó la mirada.
—Buenos días.
Seo-yeon dejó su mochila.
—Buenos días.
—¿Siempre llegas tan temprano?
—Normalmente.
Ji-ho señaló el asiento de al lado.
—Siéntate.
Ella lo miró confundida.
—Ese es mi asiento.
—Ya lo sé.
Seo-yeon se sentó.
—Entonces no entiendo la pregunta.
Ji-ho sonrió ligeramente.
—Solo quería hablar contigo.
—¿Por qué?
—Porque somos compañeros.
—Ayer ni siquiera sabías mi nombre.
—Ahora sí.
Seo-yeon lo observó durante unos segundos.
—¿Siempre eres así?
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras acostumbrado a conseguir lo que quieres.
Ji-ho sonrió.
—Normalmente funciona.
—Conmigo no.
Ella abrió su libro.
Por primera vez, Ji-ho no supo qué responder.
Desde el otro lado del aula, Min-jae levantó discretamente el pulgar.
Ji-ho negó con la cabeza.
La apuesta acababa de comenzar.
Pero ninguno de los dos sabía que aquella simple apuesta terminaría convirtiéndose en algo mucho más complicado.
Porque mientras Ji-ho intentaba hacer que Seo-yeon se fijara en él...
Seo-yeon empezaba a preguntarse por qué aquel chico, que parecía no necesitar a nadie, había decidido acercarse precisamente a ella.