Un brote biológico impredecible de origen desconocido transforma a la frenética ciudad de Bogotá en un Infierno claustrofóbico. Atrapados en la intersección entre la vida y la muerte —un complejo residencial contiguo al ala médica del Hospital San José—, Sofía y Mateo enfrentarán una pesadilla donde el peligro no solo proviene de infectados sedientos de sangre e implacables, sino de las mismas estructuras de un edificio surrealista que parece jugar con la lógica espacial y la gravedad. Separados por el azar, las decisiones apresuradas y el terror, su única salida será sobrevivir piso por piso en una odisea de 50 niveles de angustia, con el único fin de volver a sostener la mano del otro.
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LA CORREDOR CENTRAL Y EL RITO DE LA DISTANCIA
El golpe de viento frío que irrumpió en el pasillo central del piso 4 desplazó la bruma de medicamentos, polvo de yeso y aerosoles infectados como si fuera una cortina de humo arrastrada por un huracán en un túnel.
Mateo no esperó a que la visibilidad fuera perfecta. Salió del umbral del taller de ingeniería biomédica a una carrera frenética pero calculada, cojeando fuertemente de la pierna izquierda por la lesión del tobillo. Llevaba el martillo de bola asegurado en el cinturón de carnaza, la linterna de cabeza apagada y la mirada clavada en el extremo opuesto del corredor de cuarenta metros.
El suelo de vinilo blanco del pasillo central estaba sumamente resbaladizo, cubierto por una capa fina de rocío producto de la condensación del aire helado que las turbinas expulsaban desde la sala de máquinas.
A mitad del pasillo, la presión positiva del aire comenzó a arrastrar los cuerpos de dos infectados que yacían en el suelo. No estaban muertos: eran pacientes que habían perdido las extremidades inferiores durante el primer impacto del colapso del edificio. Al sentir la ráfaga de aire y el sonido de las botas de Mateo sobre el suelo, las criaturas comenzaron a arrastrarse con los brazos, impulsándose sobre el piso mojado como reptiles famélicos.
—¡No se acerquen! —gruñó Mateo entre dientes, midiendo el ángulo de sus zancadas.
Recordando la advertencia letal de los reportes del hospital, evitó cualquier intento de saltar directamente sobre ellos. Si tropezaba y caía al suelo en medio del charco de fluidos contaminados, la probabilidad de que una de las uñas rotas o las mandíbulas de las criaturas rozaran la piel de sus muñecas o su rostro era casi del cien por cien.
Mateo dio un paso en falso hacia la derecha, apoyó la bota contra el marco de metal de una puerta de habitación de descanso y usó el impulso para dar un salto lateral, esquivando las manos manchadas de sangre que buscaban la tela de sus pantalones.
Del otro extremo del pasillo, la puerta de la sala de máquinas se abrió con un impacto violento.
Sofía salió del recinto sosteniendo el cilindro de dióxido de carbono en el brazo derecho y la llave de expansión en el izquierdo. La Ráfaga de aire de la presión positiva le volaba el cabello castaño hacia atrás. Al ver a Mateo cojear a mitad del corredor, el corazón le dio un vuelco de alivio y pavor simulado.
—¡MATEO! —gritó, corriendo hacia él por el corredor central.
—¡SOFÍA! ¡NO TE DETENGAS! ¡MANTÉN LA DISTANCIA DE LAS PAREDES! —le advirtió Mateo con la voz rota por el esfuerzo, sin frenar el paso.
A menos de diez metros de reencontrarse en el centro del pasillo, la corriente de aire de las turbinas comenzó a perder fuerza. El acumulador mecánico manual de la sala de máquinas no estaba diseñado para sostener un flujo continuo prolongado; la aguja del manómetro cayó en picada hacia la zona roja de agotamiento.
Las dos puertas cortafuegos neumáticas del piso 4, al detectar la pérdida de diferencial de presión barométrica, emitieron un pitido electrónico de alarma y comenzaron a cerrarse lentamente desde las paredes, reduciendo la ventana de evacuación a escasos centímetros por segundo.
—¡Las puertas se están cerrando! —advirtió Sofía, acelerando el paso a pesar del dolor punzante en sus costillas.
Desde los pasillos laterales que daban al ala de urgencias, la bruma infectada comenzó a regresar, impulsada por el vacío que dejaba la caída del flujo del aire. Cuatro infectados —entre ellos una de las enfermeras con la mandíbula desencajada— salieron de las sombras de las habitaciones, atraídos por el pitido de las puertas mecánicas.
Mateo llegó al punto de cruce justo cuando las hojas de acero de la cortafuegos dejaban un espacio libre de solo sesenta centímetros. Se lanzó de costado, deslizándose sobre el vinilo mojado como un jugador de béisbol alcanzando la base.
Pasó al otro lado milisegundos antes de que el borde de goma de la puerta impactara contra el marco.
Sofía llegó al mismo punto desde la dirección opuesta, dejando caer el pesado extintor de dióxido de carbono justo en el umbral de la segunda puerta neumática para evitar que se cerrara por completo.
¡CLANG!
La puerta de acero chocó contra la botella de metal del extintor, dejando un espacio abierto de treinta centímetros entre ambos bloques del edificio.
Mateo se puso de pie torpemente, apoyándose contra el marco de concreto. Por primera vez en casi tres horas de pesadilla claustrofóbica, estuvo a menos de medio metro de Sofía.
Se miraron a los ojos. En la penumbra del pasillo iluminado solo por las luces de emergencia rojas, ambos vieron el rastro de la batalla en el rostro del otro: la sangre ajena seca en la barbilla de Sofía, el corte en el pómulo de Mateo, el hollín de las tuberías y la grasa de los ascensores cubriéndoles la piel.
Mateo estiró la mano derecha —la mano limpia de su guante de carnaza— con una vacilación casi sagrada. Sofía hizo lo mismo.
Los dedos de ambos se entrelazaron con una firmeza desesperada.
El contacto físico no trajo palabras inmediatas; solo una respiración entrecortada y compartida en medio del hedor del edificio. No había margen para el consuelo prolongado: del otro lado de la brecha de treinta centímetros del extintor, las manos de los infectados comenzaron a colarse, arañando la pintura de la puerta en un intento por palanquear el acero.
—Estás viva... —murmuró Mateo, pegando su frente a la de ella durante dos segundos insustituibles.
—Estamos vivos —corrigió Sofía, apretando su mano con toda la fuerza que le quedaba en los dedos—. Pero tenemos que salir del piso 4 ya. Las tuberías de vapor de las calderas están colapsando abajo; el aire se va a volver insoportable en minutos.