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El Hombre Que No Conocí En París

El Hombre Que No Conocí En París

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Amor eterno / Romance
Popularitas:4.3k
Nilai: 5
nombre de autor: N. Garzón

Valentina Montenegro tenía una vida perfecta en París, hasta que una noche se dejó llevar por un desconocido que le robó el corazón… y desapareció a la mañana siguiente.

Meses después, tras sobrevivir a un atentado, su padre la obliga a regresar al país y le asigna un escolta.

Gael Santoro.

El hombre que Valentina reconoce como aquel desconocido de París.

Solo hay un problema:

Gael nunca estuvo en París.

Ahora, escondida en una finca que guarda más secretos de los que imagina, Valentina tendrá que convivir con el hombre que asegura no conocerla.

Pero mientras intenta descubrir quién le mintió aquella noche, podría terminar enamorándose del hombre equivocado… otra vez.

NovelToon tiene autorización de N. Garzón para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 3

Gael

Salí de migración arrastrando mi maleta y lo primero que vi fue a mi hermano apoyado contra una camioneta.

Thiago levantó una mano al verme.

—¿Qué tal el vuelo?

—Bien.

Dejé mi maleta en el suelo y lo miré.

—¿Qué haces aquí?

—El viejo fastidioso te necesita.

Rodé los ojos.

—¿Y no puedes resolverlo tú?

Thiago soltó una carcajada.

—No.

—Qué conveniente.

—No, esta vez hablo en serio. Augusto fue muy claro. Dijo que quería que fueras tú.

Tomé mi maleta.

—¿Por qué?

—Porque eres más atento a los detalles.

Lo miré de reojo.

—Eso es una forma elegante de decir que eres un irresponsable.

—También.

No pude evitar sonreír.

Thiago siempre había sido así. Podía meterse en los peores problemas y aun así encontrar la manera de hacer un chiste.

Nos subimos a la camioneta.

—¿No vienes?

—No.

—¿Por qué?

—No quiero verle la cara.

Fruncí el ceño.

—¿A Augusto?

—¿A quién más?

—¿Qué hiciste ahora?

—Nada.

Lo miré fijamente.

—Thiago.

—Te juro que nada.

—Cuando dices “nada” es cuando más preocupado debería estar.

Se rio.

—La señorita Montenegro ha estado muy fastidiosa últimamente.

—¿La hija de Augusto?

—Esa misma.

—¿Y qué tiene que ver ella contigo?

Thiago se encogió de hombros.

—Nada. Solo que está enojada.

—No es asunto mío.

—Ahora sí.

—Perfecto.

Thiago abrió la puerta.

—Yo me voy en taxi.

—¿En serio?

—Sí. Tengo mejores cosas que hacer.

Lo observé alejarse.

Algo en su actitud me pareció extraño.

Pero no tuve tiempo de pensar demasiado.

Encendí el motor y me dirigí a la oficina de Augusto.

---

Apenas entré al edificio pude notar que algo no estaba bien.

Había voces elevadas detrás de una de las puertas.

Una mujer estaba discutiendo.

El asistente de Augusto me vio y se acercó.

—Señor Santoro, puede pasar.

—¿Qué está sucediendo?

—El señor Montenegro se lo explicará.

Entré.

Lo primero que vi fue a una mujer joven de pie frente al escritorio.

Estaba visiblemente molesta.

Era hermosa, aunque en ese momento parecía más interesada en asesinar a alguien con la mirada que en causar una buena impresión.

Augusto estaba detrás de su escritorio.

—Gael —dijo—. Gracias por venir.

Asentí.

—¿Qué ocurre?

Augusto señaló a la mujer.

—Ella es mi hija, Valentina.

La miré.

Ella también me miró.

Nuestros ojos se encontraron apenas unos segundos.

No sentí nada.

Ni reconocimiento.

Ni familiaridad.

Nada.

Para mí era simplemente una desconocida.

Una mujer demasiado bien vestida para encontrarse en medio de aquella discusión.

Augusto volvió a hablar.

—A partir de ahora estará bajo tu protección.

—¿Por cuánto tiempo?

—Hasta que considere que el peligro ha pasado.

Me entregó una carpeta.

La abrí y revisé rápidamente los documentos.

Fotografías.

Informes.

Amenazas.

El atentado en París.

Un arma de fogueo.

Una lesión en el hombro.

Mi expresión se endureció.

Aquello no parecía un simple intento de robo.

—¿Quién está detrás?

—Todavía no lo sabemos.

Levanté la mirada.

—¿Y qué quieres exactamente de mí?

—Que la mantengas con vida.

Miré nuevamente el expediente.

—Entendido.

Valentina intervino.

—Yo no necesito que nadie me cuide.

Augusto la miró con paciencia.

—Valentina...

—Estoy perfectamente bien.

—Te atacaron hace unos días.

—Y ya pasó.

—No ha pasado nada.

Ella apretó los labios.

—Mi carrera está en París.

—Puedes continuarla desde aquí.

—No es tan sencillo.

Augusto suspiró.

—No voy a discutir esto otra vez.

Ella cruzó los brazos.

—Pues yo sí.

Observé la escena en silencio.

No necesitaba conocerla demasiado para entender que aquella mujer estaba acostumbrada a salirse con la suya.

Hija única.

Consentida.

Y, aparentemente, con bastante carácter.

Augusto volvió a mirarme.

—Necesito que la escondas.

Valentina abrió los ojos.

—¿Qué?

—No.

—No tienes alternativa.

—¡Claro que la tengo!

Augusto ni siquiera levantó la voz.

—No mientras estés bajo mi responsabilidad.

La forma en que lo dijo me llamó la atención.

Parecía una conversación entre un padre preocupado y su hija, pero había algo más debajo.

Control.

Mucho control.

—¿Qué significa esconderme? —preguntó Valentina.

—Significa que nadie debe saber dónde estás.

—¿Y mi trabajo?

—Se manejará.

—¿Y mis amigos?

—Podrás comunicarte con ellos.

—¿Y mi apartamento?

—Se quedará cerrado.

Valentina soltó una risa incrédula.

—Esto es absurdo.

Augusto me miró.

—Llévala contigo.

Fruncí el ceño.

—¿A dónde?

—A tu casa.

Parpadeé.

—¿A mi casa?

—Sí.

—Señor Montenegro, con todo respeto, mi casa no es un hotel.

—Lo sé. Precisamente por eso es el lugar perfecto.

No me gustaba la idea.

Mi casa era mi espacio.

La finca era el único lugar donde podía olvidarme de todo aquello.

La había comprado años atrás sin que casi nadie lo supiera y había pasado demasiado tiempo reconstruyéndola como para permitir que alguien alterara mi tranquilidad.

Mucho menos una mujer como ella.

—Puedo conseguirle un apartamento en el centro —propuse.

Augusto negó con la cabeza.

—No es seguro.

—Entonces contrata otro lugar.

—Confío en ti.

Suspiré.

—De acuerdo. La llevaré.

Una sonrisa satisfecha apareció en el rostro de Augusto.

—Eso imaginé.

Se acercó a su hija y la abrazó.

—Todo estará bien, princesa.

Ella permaneció rígida unos segundos antes de devolverle el abrazo.

—No quiero irme.

—Es lo mejor.

Después me la entregó como si estuviera confiándome algo extremadamente valioso.

Y, para ser sincero, eso era exactamente lo que estaba haciendo.

Valentina se despidió de sus padres a regañadientes y salió.

La seguí.

---

Nos subimos a la camioneta.

Ella ocupó el asiento del copiloto.

Durante varios minutos ninguno dijo nada.

Encendí el motor.

—¿Cómo te llamas?

Giró lentamente la cabeza hacia mí.

—¿Es en serio?

—Sí.

—Valentina.

—Gael. Mucho gusto.

Me miró de arriba abajo.

Después sonrió.

Pero aquella sonrisa no tenía absolutamente nada de amable.

—Mucho gusto.

Se colocó el cinturón.

Pensé que Dios iba a necesitar darme mucha paciencia.

Y eso que apenas llevábamos cinco minutos juntos.

—Escucha —dije—. Lo que voy a decirte es importante.

—Te escucho.

—En mi casa nadie puede saber quién eres.

—¿Por qué?

—Porque si alguien descubre que estás allí, dejará de ser un lugar seguro.

Ella frunció el ceño.

—¿Y qué quieres que haga?

—Vas a hacerte pasar por una empleada.

Giró la cabeza de golpe.

—¿Qué?

—Una empleada.

—Estás loco.

—Es la manera más sencilla de mantenerte escondida.

—Soy modelo.

—Lo sé.

—No sé hacer ese tipo de cosas.

—Entonces aprenderás.

Se cruzó de brazos.

—¿Y qué voy a usar?

Miré su ropa.

Era evidente que no podía presentarse en la finca vestida así.

—Ropa sencilla.

—¿Qué tan sencilla?

No respondí.

Decidí averiguarlo.

La llevé a una tienda de segunda mano.

Era pequeña, antigua y bastante alejada del centro.

Valentina se bajó de la camioneta y miró el lugar con una expresión de absoluto horror.

—No pienso entrar ahí.

—Entra.

—Gael...

—Elige lo que necesites.

Entró.

Yo la seguí.

Comenzó a revisar la ropa.

—Esto es horrible.

—Es ropa.

—Esto tiene agujeros.

—Entonces no compres eso.

—Todo aquí parece tener agujeros.

Seguí caminando.

Entonces noté que Valentina se había quedado mirando una esquina.

—¿Qué sucede?

Ella señaló un montón de cajas viejas.

Algo se movió entre ellas.

Valentina palideció.

—¿Viste eso?

—Sí.

—¿Qué era?

Me acerqué.

—Probablemente una rata.

Ella retrocedió.

—¿Una rata?

—Si lo es, deberías estar acostumbrada. París está llena de ellas.

Me lanzó una mirada asesina.

—Eres un idiota.

Y salió de la tienda.

La seguí, conteniendo una sonrisa.

Al final tuvimos que ir a otro lugar.

Compró ropa más sencilla y algunas cosas que necesitaría para los próximos días.

Yo pagué.

Durante el camino de regreso, no dijo una sola palabra.

A los pocos minutos se quedó dormida.

La observé de reojo.

Dormida parecía completamente diferente.

Ya no era la mujer furiosa que había discutido con su padre.

Parecía cansada.

Vulnerable.

Aparté la mirada.

No era asunto mío.

Solo tenía que protegerla.

Nada más.

---

Llegamos a la finca cuando ya había oscurecido.

Apagué el motor.

—Valentina.

No respondió.

—Valentina.

Nada.

Suspiré.

Abrí mi puerta y cerré la camioneta con fuerza.

Ella despertó sobresaltada.

—¿Qué?

—Llegamos.

Me miró con los ojos entrecerrados y luego salió del vehículo.

Tomó sus bolsas.

Eran demasiadas.

—¿Necesitas ayuda?

—No.

Perfecto.

—Como quieras.

Entramos a la casa.

—Martha.

Una mujer salió de la cocina.

—¿Sí, Gael?

—Ella es Valentina.

Martha la miró con curiosidad.

—Mucho gusto.

Valentina sonrió.

—Mucho gusto.

—Desde mañana comenzará a ayudarte.

Martha levantó las cejas.

—¿Ella?

—Sí.

—Es nueva en todo esto.

Valentina volvió a sonreír.

—Puedo aprender.

Martha pareció contener una sonrisa.

—Claro que sí, muchacha.

—Enséñale todo con paciencia.

—Lo haré.

Martha tomó algunas de las bolsas.

—Ven, muchacha. Debes estar hambrienta.

Valentina la siguió.

—Gael —me llamó Martha—. ¿Vas a comer?

—No, gracias.

—Pero preparé...

—No tengo hambre.

Subí las escaleras.

Entré a mi habitación, cerré la puerta y me quedé unos segundos en silencio.

Había sido un día largo.

Demasiado largo.

Me duché y me acosté.

Pero el sueño tardó en llegar.

Miré el techo mientras pensaba en lo ocurrido.

Las amenazas.

El atentado.

Augusto.

Y ahora ella.

La hija de uno de los hombres que más detestaba.

Había aceptado protegerla porque era mi trabajo.

Nada más.

Eso era lo que me repetía.

Sin embargo, había algo que no podía sacarme de la cabeza.

La manera en que Augusto había insistido en llevarla hasta mi finca.

Demasiado conveniente.

Demasiado preciso.

Y yo había aprendido hacía mucho tiempo que, cuando Augusto Montenegro hacía algo...

siempre había una razón detrás.

Gael Santoro, 29 años.

1
Liliana Torres
😡😡 que triste saber que tienes un papá asi de 🐀
Yadira Alvarez
cambiaste la portada ?
Isabel Balbuena
yo digo que Thiago está detrás de todo esto
Isabel Balbuena
ya vaya que lo hace es millonario y trabaja como custodio eso es raro algo esconde muy grande
Viviana Maldonado
solo espero a Valentina se quede con Gael
Viviana Maldonado
el padre de Valentina duerme con alejandra.est tratará de destruir a Valentina al igual q su padre,son dos basura ellos
Viviana Maldonado
me juego es el padre q favorece la amiga de ella
Liliana Torres
ese enemigo es muy muy cerca
Yadira Alvarez
hayyyy en la mejor parte me quede enganchada 🤦
Liliana Torres
Se va a complicar todo 😡😡
Isabel Balbuena
sospecho que es Thiago el que estubo contigo en París y que es el quien está queriendo hacerle daño a tu y Agus padres
Yadira Alvarez
me.encanta 🥰
Liliana Torres
se esta armando el rompe cabeza
Liliana Torres
se está armando
Mariela Alejandra Gonzalez
mmmm!!! para mí que don Augusto está metido en algo turbio y debe algo y para cobrarle quieren. a valentina.nose me parece a mí.
Ichuu
Es muy raro que sepa exactamente donde están siempre es alguien muy cercano
Liliana Torres
me gusta
Viviana Maldonado
buenísimo!! comenzar a leer y quiero más de esta historia
👑🖤📚
wry cuando esta mujer le va a reclamar lo de PARIS!???
Mariela Alejandra Gonzalez
pero con mucho gusto dejo que me cuides!!!!
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