Claudia (26 años) es la implacable CEO de Índigo Gastronómica, un imperio culinario de más de cien restaurantes. Para ella, el amor es una pésima inversión con retorno negativo; prefiere los negocios limpios y los encuentros carnales sin ataduras. Héctor (30 años) es el arrogante y codiciado líder de una constructora multimillonaria, un mujeriego empedernido convencido de que jamás sentará cabeza.
Ninguno imaginó que una fría traición familiar los encerraría en un crucero de lujo por las Bahamas. Tras una noche de alcohol, juego y choques de ego, despiertan con una resaca monumental y una farsa legal: están casados ante la ley internacional por un plan maquiavélico de sus padres.
Incomunicados en alta mar, firman una tregua para salvar sus acciones. Pero de regreso a la ciudad, la convivencia forzada en el ático, un rival desquiciado buscando venganza y un inesperado embarazo de esa noche salvaje destruirán todas sus reglas. ¿Podrá el orgullo resistir al deseo?
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CAPITULO 9. EL SABOR DE LA TREGUA
El primer amanecer en el ático de Héctor no trajo la paz que tanto necesitaba, sino el recordatorio constante de que mi vida se había enredado con la de un desconocido. Me desperté a las seis de la mañana, antes de que el sol terminara de iluminar los rascacielos de la ciudad. La suite de invitados era cómoda, impecable y lujosa, pero no era mi cama. Me duché rápido, me puse un traje de sastre color azul marino que había traído en mi maleta de mano y me recogí el cabello en una coleta alta, tirante y perfecta. Mi armadura para el día de trabajo estaba lista.
Cuando salí al pasillo principal con mi laptop bajo el brazo, dispuesta a escabullirme hacia el ascensor para ir directo a las oficinas centrales de Índigo Gastronómica, un aroma intenso y delicioso me detuvo en seco. Oler café en una casa ajena es normal; oler un café con notas de avellana, tostado a la perfección y extraído a la temperatura exacta, era otra cosa. Como dueña de una franquicia culinaria premium, mi nariz no se equivocaba.
Caminé hacia la cocina y me encontré con una escena que no encajaba para nada con el perfil de "mujeriego superficial" que tenía de Héctor. Estaba de espaldas, vistiendo solo un pantalón de sastre gris y una camisa blanca sin abotonar, mostrando su pecho esculpido. Tenía tres pantallas encendidas sobre la barra de granito con gráficos de la bolsa de valores y presupuestos de obra civil. Lo que me llamó la atención fue que no estaba usando una cafetera automática de lujo. Estaba usando una prensa francesa manual, midiendo el tiempo de infusión con el cronómetro de su teléfono.
—El café comercial de máquina es un insulto para el grano colombiano, por si te lo estabas preguntando —dijo Héctor sin girarse, rompiendo el silencio del ático con su voz grave mañanera.
—Me sorprende que sepas lo que es una prensa francesa, de la Vega —respondí, caminando hacia la barra y dejando mi laptop a un lado—. Pensé que hombres como tú solo consumían lo que su asistente les dejaba en un termo.
Héctor se giró lentamente, dedicándome una mirada gris que carecía de la arrogancia de la noche anterior. Tenía unas sutiles ojeras que delataban que había pasado la noche en vela analizando números, igual que yo.
—Sé mucho más de lo que crees, Claudia —dijo, sirviendo el líquido oscuro en dos tazas de cerámica negra. Deslizó una de ellas hacia mí—. Pruébalo. Sé que tu paladar de hostelería es exigente. A ver si paso la auditoría.
Lo miré con desconfianza, pero el aroma era demasiado tentador. Tomé la taza y le di un pequeño sorbo. El sabor era espectacular. Equilibrado, sedoso, con el amargor justo. Tuve que hacer un esfuerzo mental sobrehumano para no cerrar los ojos de placer ante él.
—No está mal —mentí, manteniendo mi rostro inexpresivo mientras dejaba la taza en la encimera—. Un siete de diez. Podrías trabajar en la barra de desayunos de mis locales si tu constructora quiebra.
Héctor soltó una risa ronca, corta, y por primera vez no sonó forzada para las cámaras. Era una risa real. Se apoyó contra la encimera, mirándome fijamente mientras le daba un sorbo a su propia taza.
—Un siete de ti es como un diez de cualquier mortal, así que lo tomaré como un cumplido —respondió, entornando los ojos—. He estado revisando los mercados. El anuncio de la boda que filtraron nuestros padres ya está en todos los portales financieros. Las acciones de nuestras dos empresas subieron un tres por ciento en la apertura de la bolsa. El mercado cree que somos el matrimonio perfecto.
—Un matrimonio de papel, Héctor. Que quede claro —le recordé, cruzando los brazos—. Mis restaurantes siguen siendo míos. Ni tu padre ni tú van a poner un pie en la administración de Índigo. Yo gobierno mi imperio sola.
—Y yo el mío, de eso no tengas duda —el tono de Héctor se volvió firme, corporativo, recordándome que detrás del rostro de revista había un tiburón implacable—. Mi constructora maneja proyectos de miles de millones. No necesito que nadie me diga cómo poner un ladrillo. El plan de los viejos de fusionar las empresas se va a quedar en un bonito deseo de ancianos. Cumpliremos con la farsa pública de vivir juntos, asistiremos a los eventos necesarios del brazo para mantener las acciones estables, pero de la puerta de nuestras oficinas hacia adentro, cada quien manda en su territorio.
Nos quedamos en silencio, midiéndonos con la mirada sobre las tazas de café. En ese instante, una extraña corriente cambió en el ambiente. Ya no era solo la rabia del engaño; era un respeto mutuo que empezaba a florecer de forma inconsciente. Claudia vio a un hombre que se tomaba su trabajo tan en serio como ella; Héctor vio a una mujer que no se achicaba ante nadie y que defendía su independencia con garras de acero. La vulnerabilidad del cansancio mañanero los hacía parecer humanos, reales, despojados de sus armaduras de CEO.
—Tengo que irme —dije, rompiendo el hechizo táctil del momento y tomando mi laptop—. Mi director de finanzas me espera a las siete y media. Hay que revisar la apertura de la nueva sede en la zona norte.
—Yo también salgo en cinco minutos —Héctor dejó su taza y se abotonó la camisa con movimientos lentos, sus ojos grises siguiendo cada uno de mis pasos—. El chofer te dejará en tu torre corporativa y luego me llevará a mí. Recuerda llevar puesto el anillo. Hay paparazzis en la salida del estacionamiento.
Miré mi mano derecha. El anillo de oro brillaba bajo la luz de la cocina. Me costaba respirar con ese peso, pero sabía que era necesario.
—No lo olvido —respondí, caminando hacia el ascensor privado.
Justo cuando las puertas de acero se iban a cerrar, Héctor dio un paso al frente y detuvo el sensor con la mano. Se inclinó levemente hacia el interior del ascensor, quedando a milímetros de mi rostro. Su perfume a madera y el calor de su cuerpo me envolvieron, haciéndome contener el aliento de golpe.
—Que tengas un buen día en el imperio, esposa —susurró con una sonrisa ladina, una chispa de diversión y algo más profundo bailando en sus ojos.
Las puertas se cerraron, dejándome sola con el corazón latiendo un poco más rápido de lo normal. Apreté los puños, furiosa conmigo misma por haber reaccionado a su cercanía. El amor era una mala inversión, me lo repetía como un mantra. Pero mientras el ascensor bajaba los cuarenta pisos, el sabor del café de avellana seguía en mi boca, y por primera vez, el futuro no se sentía tan amargo.