Separados al nacer en canastas para salvarlos de una masacre, los gemelos de la estirpe real de Blood Moon crecieron sin saber el uno del otro. Cinthya pasó su infancia en el orfanato de una manada, conociendo y dominando desde pequeña la ferocidad de su loba interna. Al cumplir la mayoría de edad, deja el centro sin haber sido adoptada, momento en el que la directora le entrega una carta de sus padres biológicos y una caja misteriosa. Fiel a su promesa, Cinthya se muda al mundo humano y no abre el legado hasta el día en que se gradúa de la universidad. Es en ese instante cuando la verdad se revela, dando inicio a la búsqueda de su hermano gemelo.
Su hermano, Alexei, fue dejado en otro orfanato lejano antes de ser adoptado por los líderes de la poderosa manada Shadow Fang, creciendo junto a Paul como su hermano adoptivo y sin saber que sus padres adoptivos son los alfas de la manada en la que vive.
El hilo del destino guía los pasos de Cinthya hasta la ciudad donde vive Alexei. Allí, el vuelco de su existencia es total: no solo se reencuentra de forma emotiva con su gemelo Alexei, sino que el lazo la golpea al ponerla cara a cara con Paul, el imponente futuro Alfa de la manada y hermano adoptivo de su hermano. La conexión entre Paul y Cinthya es inmediata, feroz y despiadadamente posesiva. Mientras su amor se consolida, Alexei encontrara a su pareja destinada en la hija del Beta.
Unidos por la sangre y respaldados por la fuerza absoluta de sus mates, los hermanos deberán coordinar a sus soldados para adentrarse en las profundidades de las minas olvidadas del norte. Allí, donde sus padres biológicos languidecen encadenados con plata pura por la tiranía de su cruel tío Lionel, se librará una guerra despiadada y sangrienta. La estirpe real ha regresado para purificar sus tierras de origen. ¿Podrán derrocar al dictador y reclamar el imperio indestructible que les pertenece, o la traición consumirá el legado de Blood Moon para siempre?
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CAPITULO 19. CONSUMACION BAJO LA TORMENTA
Regresamos a la mansión a toda prisa, arrastrados por la inminente señal de alerta que Paul me había transmitido a través de nuestro lazo mental. En el gran despacho, el Alfa Michael nos confirmó las peores sospechas: los espías de la frontera habían detectado a tres rastreadores del tío Lionel merodeando sospechosamente en los límites del territorio de Shadow Fang. Sabían que estábamos cerca. Tras una intensa reunión donde se duplicó la guardia y se trazaron los perímetros de defensa, Michael nos ordenó descansar. Mañana empezaría la verdadera cacería, pero esta noche necesitábamos estar listos. Y para mi loba y para mí, estar lista significaba una sola cosa: consumar el lazo por completo.
En cuanto la puerta de la habitación de Paul se cerró a nuestras espaldas, la tensión acumulada por la amenaza exterior se transformó en una corriente de deseo salvaje y puro. El silencio de la noche se rompió únicamente por el sonido de la tormenta que comenzaba a golpear los cristales.
Paul se giró hacia mí. Sus ojos ambarinos brillaban en la penumbra con una fijeza animal que me cortó el aliento. Sin decir una sola palabra, acortó la distancia entre nosotros y me atrapó contra su cuerpo. Sus manos, grandes y cálidas, subieron por mis muslos hasta aferrar mi cintura con una posesividad arrolladora, pegando mi pelvis contra la suya. Pude sentir la rigidez de su hombría presionando contra mi vientre, un recordatorio ardiente de que su lobo estaba tan desbocado por mí como él mismo.
—No puedo esperar más, Cinthya —gruñó contra mis labios, con una voz ronca que vibró directo en mi centro—. Siento los rastreadores cerca, y necesito saber que eres mía en todos los sentidos antes de derramar sangre. Necesito marcarte el alma.
—Soy tuya, Paul —respondí en un susurro, jadeando cuando sus labios descendieron sedientos por mi cuello.
Con una urgencia nacida del instinto lobuno, Paul se deshizo de mi túnica blanca en un solo movimiento, dejándola caer al suelo. Mis ojos devoraron su torso desnudo, musculoso y perfecto, surcado por las cicatrices de sus entrenamientos. Nos metimos en la cama en un torbellino de sábanas y caricias hambrientas. Paul se posicionó entre mis piernas, recorriendo cada centímetro de mi piel con sus manos y su boca, haciéndome arquear la espalda de puro placer. Su lengua delineó mis curvas imperfectas con una devoción que borró cualquier inseguridad en mí; para mi macho, yo era perfecta.
El calor en la habitación se volvió sofocante. La tensión mística de la marca en mi hombro comenzó a pulsar, exigiendo la unión definitiva. Paul atrapó mis manos por encima de mi cabeza, entrelazando sus dedos con los míos, mientras sus ojos dorados me devoraban.
Cuando finalmente se impulsó hacia adelante y penetró mi cuerpo en una estocada firme y profunda, dejé escapar un grito ahogado que fue sepultado por sus labios. El dolor inicial de la entrega se disipó de inmediato, sustituido por una oleada de fuego líquido que nos caló hasta los huesos. Cada uno de sus movimientos dentro de mí era potente, rítmico y salvaje, una danza de pura dominación y entrega que me hacía perder el sentido de la realidad. Tanja aullaba de gozo en mi mente, completamente fusionada con el lobo negro de Paul, celebrando que el apareamiento era finalmente real.
Nos entregamos a la pasión durante horas bajo el rugido de los truenos, alcanzando juntos el clímax en una explosión de chispas y adrenalina que selló nuestras almas para siempre. Cuando nos separamos por fin, exhaustos y sudorosos, Paul me estrechó contra su pecho protector. A través del lazo mental, ahora perfectamente consumado, sentí su amor incondicional y su fuerza duplicada corriendo por mis propias venas. Estábamos unidos para la eternidad. Que vinieran los rastreadores de Lionel; ahora éramos una fuerza imparable.