Una noche de pasión desenfrenada. Un amanecer en completa soledad. Y un secreto que cambiará las reglas del juego.
Para Irina Duarte, una joven diseñadora gráfica de 24 años, lo que pasó en aquel hotel de Roma debía quedarse en el olvido. El hombre misterioso con el que compartió una química sexual devastadora se había marchado sin dejar rastro, dejando solo el recuerdo de su imponente mirada y un aroma que la perseguía.
La sorpresa llega esa misma mañana, cuando Irina se presenta a su primer día como pasante en la prestigiosa Textilera Galo. El hombre de la noche anterior no es un desconocido: es Damian Galo, el Alfa supremo del imperio textil, su nuevo jefe... un hombre frío, serio y completamente inalcanzable.
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Capítulo 3
La rabia comenzó a sustituir la humillación inicial que le había cerrado la garganta. Irina fijó la vista en la tableta gráfica, apretando el lápiz digital con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Un Alfa de hielo. Un hombre casado. El dueño absoluto del imperio donde ella pretendía construir su futuro. Toda la seguridad y la coquetería desinhibida que había desplegado la noche anterior en la barra del club se sentían ahora como una trampa orquestada por el destino para poner a prueba su cordura.
Pasó el resto de la jornada con la mente dividida entre el resentimiento y el orgullo profesional. No iba a permitir que Damian Galo la echara en su primer día, ni que usara su posición de poder para pisotear su talento solo porque compartían un secreto inconfesable. Se obligó a concentrarse, borrando el lienzo digital y rediseñando la propuesta desde cero. Cambió las tipografías comerciales por trazos mucho más limpios y vanguardistas, y sustituyó la paleta anterior por contrastes de tonos tierra, negros profundos y destellos dorados; una estética moderna, elegante y agresiva. Una estética que, muy a su pesar, evocaba la misma imponente presencia del hombre que la había criticado.
Cuando el reloj marcó las seis de la tarde, el departamento de diseño comenzó a vaciarse. Irina exportó el archivo final con un suspiro de cansancio, estirando los músculos de la espalda después de horas de tensión acumulada. Justo cuando se disponía a apagar su equipo, el supervisor se acercó a su cubículo con una carpeta digital en la mano y una expresión de disculpa en el rostro.
—Irina, lamento pedirte esto en tu primer día, pero el ala ejecutiva solicitó los ajustes de la campaña de otoño antes de que termine la noche. El señor Galo sigue en su despacho de la última planta y quiere revisar los portafolios corregidos en persona. Sube y déjalos en su escritorio. Si no está, se los dejas a su secretaria.
El corazón de Irina dio un vuelco violento contra sus costillas.
—¿Tengo que subir yo? —preguntó, intentando mantener la voz lo más neutral posible.
—Todos los diseñadores senior ya se han marchado y yo debo entregar un balance en contabilidad —replicó el supervisor de manera apresurada, entregándole la tarjeta de acceso al ascensor presidencial—. Solo es dejar el dispositivo de almacenamiento y salir. No te preocupes, lo más probable es que esté ocupado y ni siquiera te mire.
Irina tomó la tarjeta plástica, sintiendo que los dedos le temblaban levemente. Caminó hacia el fondo del pasillo, donde el ascensor privado esperaba en un silencio imponente. Al deslizar la tarjeta por el sensor holográfico, las puertas de espejo se abrieron de inmediato. Subió sola, observando su reflejo mientras el marcador digital avanzaba con rapidez hacia el último piso del rascacielos. Su reflejo le devolvía la imagen de una mujer joven, profesional, vestida con ropa de oficina formal, muy alejada de la chica audaz que se había deslizado en el taburete de un bar pocas horas atrás.
*Mantén la cabeza fría*, se repitió a sí misma en un susurro. *Es solo tu jefe. Solo un cliente exigente.*
Cuando el ascensor emitió un leve pitido e indicó que había llegado al piso ejecutivo, las puertas se deslizaron suavemente, revelando un pasillo inmenso, decorado con suelos de mármol oscuro y ventanales que ofrecían una vista panorámica espectacular de la Roma nocturna. El silencio aquí arriba era casi reverencial. La recepción de la planta estaba vacía; la secretaria de Damian ya se había marchado, dejando únicamente una tenue luz de cortesía encendida. Sin embargo, al fondo del pasillo, la imponente puerta de madera noble de la oficina principal estaba entreabierta, dejando escapar una línea de luz cálida.
Irina caminó a paso lento, tratando de amortiguar el sonido de sus tacones contra el suelo. Con cada paso que daba, el aire se volvía más denso, cargado de esa familiar e inevitable fragancia a sándalo y tormenta inminente que desafiaba cualquier intento de autocontrol. Al llegar al umbral de la puerta, se detuvo por un segundo para tomar aire y levantó la mano para llamar con los nudillos, pero la escena que vio en el interior la congeló en el sitio.
Damian Galo estaba de pie junto al inmenso ventanal que daba al Coliseo iluminado, de espaldas a la entrada. Se había quitado la chaqueta del traje y llevaba las mangas de la camisa blanca remangadas hasta los antebrazos, revelando la musculatura tensa que Irina había delineado con sus manos en la oscuridad del hotel. Sostenía un vaso de cristal con whisky en una mano, mientras que la otra la mantenía apoyada contra el cristal del ventanal.
—Sé que estás ahí —la voz de él irrumpió en el silencio de la oficina, un barítono profundo, rasposo y completamente desprovisto de la frialdad corporativa con la que la había destrozado por la mañana.
Irina tragó saliva, obligándose a dar un paso al frente para entrar en la imponente oficina, sosteniendo la carpeta digital contra su pecho como si fuera un escudo protector.
—El supervisor me pidió que le entregara las correcciones de la campaña, señor Galo —dijo ella, remarcando su apellido con toda la distancia profesional de la que fue capaz.
Damian no se giró de inmediato. Se tomó su tiempo, dándole un trago lento a su bebida antes de voltear el cuerpo con esa parsimonia letal de un Alfa que sabe perfectamente que tiene el control absoluto del entorno. Cuando sus ojos oscuros se clavaron en ella, Irina sintió que la temperatura de la habitación subía de golpe. Ya no había secretarios a su alrededor, ni diseñadores senior, ni miradas de lástima. Estaban completamente solos, aislados del mundo en la cima de la textilera.
—¿Señor Galo? —repitió él, con una sonrisa tensa y peligrosa asomando en la comisura de sus labios mientras acortaba la distancia entre ambos con pasos lentos—. Anoche no me llamabas así en la suite del hotel, preciosa.