Todo comienza con una amistad entre un chico y una chica que son mejores amigos. Ella guarda un secreto: está profundamente enamorada de él, pero él tiene novia. Cada vez que habla de ella, la chica siente celos, aunque intenta disimularlos para no perder su amistad. Él asegura amar a su novia y jamás imagina lo que ocurre en el corazón de su mejor amiga. Sin embargo, pasan cuatro años y sus sentimientos comienzan a cambiar. Poco a poco, descubre que siente algo especial por ella. Cuando finalmente comprende que está enamorado de su mejor amiga, quizá sea demasiado tarde.
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Capítulo 15 No la metan ahí, por favor
Al otro día, como a las ocho de la mañana, abrí los ojos.
La verdad, no sabía ni cómo había llegado a mi casa.
Estaba acostado en mi cama, con la ropa del día anterior y los zapatos todavía puestos. Tenía la camisa medio desabotonada y la cabeza me estaba explotando.
Me quedé mirando el techo.
—¿Cómo llegué acá?
No me acordaba prácticamente de nada después de haber salido del bar.
Solo tenía recuerdos sueltos.
El vaso.
La mesa.
Las lágrimas.
La foto de Valeria en mi celular.
Y después, nada.
Me había quedado dormido de tanto pensar.
Pero ese día no podía quedarme acostado.
Era el sepelio de mi princesa.
Me levanté lentamente. No tenía ni ganas de bañarme. Sentía el cuerpo pesado y todavía olía a alcohol.
Bajé las escaleras.
Mi papá estaba en la sala.
Me miró preocupado.
—Mijo, ¿cómo amaneciste?
—Mal.
—¿Tomaste?
No respondí.
Mi papá suspiró.
—Hoy es el sepelio, ¿cierto?
—Sí.
—¿Querés que te lleve?
—No.
—Steven…
—Yo voy solo.
Mi papá se quedó callado.
Después de unos segundos me entregó las llaves.
—Podés llevarte el carro, pero manejá con cuidado.
—Sí, pa.
Salí.
Antes de llegar al cementerio, me detuve y compré una botella de whisky.
Sé que lo que estaba haciendo no estaba bien. Después de haber tomado la noche anterior, todavía no estaba completamente recuperado, y manejar así era una irresponsabilidad que podía poner en peligro mi vida y la de otras personas.
Pero en ese momento yo no estaba pensando con claridad.
Abrí la botella y tomé.
No quería sentir.
No quería pensar.
Quería llegar al cementerio sin tener que enfrentar lo que estaba pasando.
Pero mientras avanzaba, el dolor no desaparecía.
Al contrario.
La cabeza me daba vueltas cada vez más.
Cuando finalmente llegué al cementerio, me bajé del carro completamente mareado.
Caminé hacia donde estaba la familia.
Había muchísima gente.
Familiares.
Amigos.
Compañeros del colegio.
Personas que habían conocido a Valeria.
Yo apenas podía caminar derecho.
Y entonces la vi.
El ataúd.
Me quedé quieto.
Sentí que el corazón se me partía otra vez.
—No…
Caminé hacia ella.
—Mi princesa…
Las piernas me fallaron y terminé cayendo de rodillas sobre el suelo.
Mi pantalón blanco se ensució inmediatamente.
Pero no me importó.
Eso se podía lavar.
El dolor que tenía adentro no.
Golpeé el suelo con las manos.
—¿Por qué te fuiste?
Las lágrimas comenzaron a salir.
—¿Por qué me dejaste solo, Vale?
Nadie respondió.
Solo escuchaba los sollozos de las personas alrededor.
—Vos me prometiste que ibas a estar bien.
Golpeé nuevamente el suelo.
—Me dijiste que me amabas.
Mi voz se quebró.
—¡Yo también te amaba!
Yuliana estaba unos metros más atrás, completamente destruida.
Cuando me vio, se acercó lentamente.
Yo seguía mirando el ataúd.
—No quiero que se la lleven.
Algunos familiares comenzaron a acercarse.
Era el momento de despedirla.
Yo negaba con la cabeza.
—No.
—Steven…
—No, por favor.
El ataúd comenzó a moverse.
—¡No la metan ahí!
Me levanté como pude.
—¡Por favor, no la metan ahí!
Yuliana llegó hasta mí y me abrazó por detrás.
—Tranquilo, mi hijo.
—¡No puedo!
—Estoy acá.
—No puedo, señora Yuliana.
—Llorá.
—No puedo dejarla ir.
Yuliana también estaba llorando.
—Yo tampoco quiero dejarla ir.
Me agarré de sus brazos.
—¿Por qué se tuvo que ir?
—No sé, mijo.
—Yo no puedo más.
—Yo sé.
—No puedo seguir fingiendo que estoy bien.
Yuliana me abrazó más fuerte.
—No tenés que fingir.
—Me duele demasiado.
—A mí también.
—Era mi princesa.
—Era mi hija.
Nos quedamos abrazados mientras el ataúd comenzaba a descender.
Yo cerré los ojos.
—Perdóname, Vale.
Las lágrimas me caían por la cara.
—Perdóname por no haber podido salvarte.
Yuliana me sostuvo con fuerza.
—No fue culpa tuya.
—Pero yo quería que vivieras.
—Ella sabía que la amabas.
—Yo quería más tiempo.
—Todos queríamos más tiempo.
El ataúd terminó de bajar.
Sentí que algo dentro de mí se rompía definitivamente.
—Adiós, princesa…
Yuliana apoyó su cabeza sobre mi hombro.
—Descansa, mi niña.
Yo no podía dejar de llorar.
Ese día entendí que despedirse de alguien no significaba dejar de amarlo.
Significaba aprender, aunque doliera, a seguir viviendo con una ausencia que jamás habíamos pedido.