Isabella necesita salvar a su familia y Alexander necesita una esposa. La solución parece sencilla: un matrimonio por contrato durante un año.
Solo hay una regla que no pueden romper: no enamorarse.
Pero vivir juntos, compartir secretos y enfrentar enemigos hará que aquello que comenzó como un acuerdo se convierta en algo mucho más real.
¿Podrán cumplir el contrato sin perder el corazón en el intento? 💗
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Capítulo 8 — El secreto del pasado
Isabella permaneció inmóvil frente a la cama, sosteniendo la fotografía entre sus dedos.
No podía dejar de mirar a los dos hombres que aparecían en ella.
Su padre.
Y el padre de Alexander.
Parecían jóvenes, felices y completamente ajenos a todo lo que ocurriría años después.
Volvió a leer la frase escrita detrás.
“Antes de casarte con un Blackwood, deberías descubrir qué pasó entre nuestras familias.”
Un escalofrío recorrió su espalda.
¿Quién había dejado aquella fotografía?
¿Y por qué?
Isabella guardó rápidamente la fotografía en el sobre cuando escuchó pasos en el pasillo.
La puerta se abrió.
Era Alexander.
—¿Qué haces?
Isabella se giró demasiado rápido.
—Nada.
Él la observó con atención.
—¿Segura?
—Sí.
Alexander entró en la habitación.
—Estás pálida.
—Solo estoy cansada.
Él permaneció en silencio unos segundos.
—¿Pasó algo mientras yo no estaba?
Isabella dudó.
Podía enseñarle la fotografía.
Podía preguntarle directamente.
Pero algo dentro de ella le decía que todavía no.
—No.
Alexander asintió lentamente.
—Está bien.
Se dirigió hacia la puerta.
—Alexander.
Él se giró.
—¿Sí?
—¿Tu padre conocía al mío?
La expresión de Alexander cambió inmediatamente.
Fue apenas un segundo.
Pero Isabella lo notó.
—Sí.
—¿Eran amigos?
Alexander tardó en responder.
—Trabajaron juntos.
—¿Y qué pasó?
—No lo sé.
Isabella frunció el ceño.
—¿No lo sabes?
—Era muy joven cuando ocurrió.
—Pero debe existir una historia.
Alexander bajó la mirada.
—En mi familia no hablamos de eso.
Aquella respuesta solo consiguió aumentar las dudas de Isabella.
—¿Por qué?
—Porque algunas historias es mejor dejarlas en el pasado.
Alexander salió de la habitación.
Isabella esperó hasta escuchar sus pasos alejarse.
Entonces volvió a sacar la fotografía.
Ahora sabía que Alexander ocultaba algo.
Pero no sabía si lo hacía porque conocía la verdad o porque su familia le había prohibido hablar del tema.
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Esa noche, Isabella bajó a la biblioteca.
Recordaba que Alexander le había dicho que era su lugar favorito.
Quizás allí encontraría alguna respuesta.
Encendió una lámpara y comenzó a revisar los estantes.
Había cientos de libros.
Historia empresarial.
Biografías.
Documentos antiguos.
Isabella caminó hasta una sección donde había varias carpetas.
Encontró una con el nombre Blackwood Corporation.
La abrió.
Informes.
Contratos.
Fotografías.
Hasta que encontró un documento fechado veinte años atrás.
Lo leyó rápidamente.
El nombre de su padre aparecía varias veces.
Isabella sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.
—¿Qué haces aquí?
La voz de Alexander la sobresaltó.
Ella cerró la carpeta.
—Yo…
Él se acercó.
—Te hice una pregunta.
—Estaba buscando un libro.
Alexander miró la carpeta que tenía entre las manos.
—Eso no es un libro.
Isabella sostuvo su mirada.
—Tu padre y el mío trabajaron juntos.
—Sí.
—¿Por qué terminaron su relación?
Alexander guardó silencio.
—No lo sé.
—No te creo.
Él frunció el ceño.
—Isabella.
—Encontré documentos donde aparecen nuestros padres.
Alexander tomó la carpeta.
—No deberías estar revisando esto.
—¿Por qué?
—Porque no sabes lo que estás buscando.
—Precisamente por eso estoy buscando.
Alexander respiró profundamente.
—Te prometo que si descubro algo, te lo contaré.
Isabella lo miró.
—¿Me lo prometes?
—Sí.
Por un instante, ambos quedaron en silencio.
Entonces Alexander dejó la carpeta sobre la mesa.
—Pero tú también tienes que prometerme algo.
—¿Qué?
—Si recibes otra amenaza o encuentras algo extraño, me lo dices inmediatamente.
Isabella recordó el sobre.
El corazón le dio un vuelco.
—De acuerdo.
Alexander se marchó.
Isabella esperó unos segundos antes de volver a mirar la fotografía.
Había mentido.
No le había contado nada.
Pero quizás todavía no estaba preparada para hacerlo.
Porque había algo que no podía dejar de preguntarse:
¿Y si el matrimonio entre ella y Alexander no había sido una coincidencia?